En la luna o los recuerdos de mi padre

No pertenezco a esa generación, que, como mi padre, vio morir a un dictador. Esa generación de niños cuyo entorno no supo en un momento dado si alegrarse o acojonarse.

Me sé distante de esa generación de adultos que crecieron antes de tiempo pero no tanto como sus padres, y que homogeneizan la media de edad del público que abarrota el teatro esta tarde de domingo.

En la luna, de Sanzol (1972), que en coproducción con el Teatre Lliure viene al Corral de Comedias después de un paso triunfante de crítica y público por La Abadía, me es, en principio, casi completamente ajeno.  Me sé joven entre un público que sí lo ha vivido. Siento que de primeras me falta bibliografía.

Porque los sucesos de la Transición a que se hace referencia en el texto de Alfredo Sanzol pertenecen, para mí, al pasado impreciso de las fotografías de hemeroteca, las imágenes filmadas de documental, los recuerdos de mis padres y las vaguedades de una clase de Historia en la que no sé si por falta de tiempo o por falta de coraje en abordar una época poco menos que difícil, nunca llegábamos más allá de los setenta. Y es que parecía que, en su cromática entre el blanco y negro y los colores apagados, no era Historia sino un limbo indefinible por tan reciente, tan ajeno y tan cambiante. Y ese limbo, tan parecido a la infancia, podría estar, como en la obra de Sanzol, en la luna. Entre una bandera americana y un ventilador que solo podría mover un esclavo y con la Tierra recortada contra un cielo sin estrellas. Poblado de unos personajes que visten ropa de época. De esa otra época que no nos pertenece.

En apariencia.

Porque en casi dos horas que se hacen muy cortas asisto a la puesta en escena, impecable, de una infinidad de situaciones que encajan limpiamente unas con otras, a la velocidad de un giro de abrigo o de (en una de las secuencias más plásticas y brillantes) un cochecito de bebé que vuela en círculos lentos, como si flotara, ingrávido, en esa atmósfera lunar con música de Fernándo Velázquez.

El mosaico que conforman las escenas en ese páramo desértico y gris, entre la agudeza verbal y la comicidad de las situaciones (impagable el cumpleaños de Nagore o el juego con el telescopio indiscreto) en las que campan niños maliciosos, lobos y corderos de cuento infantil o  representantes de cargos caducos, provoca que de cuando en cuando se nos hiele la sonrisa.

Porque en ese otro mundo que parece  estar a años luz se habla de pronto de muertos que no descansan. De quien detenta aún la autoridad y abusa de ella. De mentiras y de crisis. De lobos con piel de cordero. De corderos que deciden sacrificar a uno de los suyos a esos lobos. De heridas que no se cierran. De los miedos. Del miedo.
Y todo está medido de tal forma que no se recrea en las llagas. Que no sobra ni falta nada en uno de los textos más brillantes de la producción teatral del pasado año y que encarna un elenco (Luis Moreno, Juan Codina, Jesús Noguero, Lucía Quintana, Palmira Ferrer y Nuria Mencía) que dibuja de verdad una caricatura cierta que toca y conmueve.

Con el culmen alcanzado en la escena final es imposible no enternecerse: los nervios mal disimulados de ese hombre que holla en círculos la superficie gris de esa sala fría de hospital donde van a decirle que su mujer está bien y que acaba de ser padre. La emoción y la ternura que se diluye en aplausos y bravos hacen que mire de soslayo al mío, que aplaude a mi lado. Hacen que le agradezca el regalo de una tarde compartida en la que nos hemos visto un poco mejor, de más cerca, lo que somos y lo que seguimos siendo.

Y quizá lo que nosotros, los de mi generación, los que parecíamos tan ajenos, podamos superar. Algún día.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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