Panóptica: Max-visión.

La exposición que permanecerá hasta el 13 de mayo en el Instituto Cervantes de Madrid es algo más que un homenaje a un autor que es algo más que un dibujante, o que no es nada más ni nada menos que eso mismo. Francesc Capdevila pertenece a esa categoría de artistas con trazo y discurso propio desde Antes de la Novela Gráfica. Esa época borrosa de cuando los cómics se llamaban tebeos, tenían las tapas blandas, no pesaban un quintal y no costaban medio hígado.

Francesc Capdevila, Max, es uno de esos inquietos tempranos, uno de esos que empezó muy joven a mover pluma y cabeza y a juntarse con los amigos que te miran desde esas fotografías a las que no parecen estar acostumbrados. Esa generación que tampoco parece terminar de creerse el triunfo de la viñeta y que más que dibujar combate. Las fotos son lo de menos. Los ejemplares de los libros encerrados en vitrinas apenas permiten que el visitante se asome a las portadas y se admire de la magnitud de su obra. Que, por cierto, es ingente. , mantiene una coherencia asombrosa y  provoca ganas de preguntarse con una envidia muy grande por qué a ciertas personas les cunden tanto las horas.

Lo que supone un regalo para los sentidos en Panóptica es poder pararse a leer. Es atravesar las cuatro décadas de esos trazos que dieron vida a Peter Punk, a Bardín, al bibliófilo Turpín y a las canciones de Radio Futura o Pascual Comelade. Es estremecerse con ese acercamiento al horror que fue Nosotros Somos Los Muertos (y ríase ud. de Maus). Es acariciar bosques plagados de ninfas, cabalgar sobre caballos de cuencas vacías y costillas salientes y sonreír con una mezcla de ternura y melancolía cuando el personaje de la canción de Los Planetas juega con su corazón en la arena. Es ver lo que Max ve. Lo que le nutre. Desde el underground al surrealismo, pasando por iconografía japonesa o la siempre recurrente mitología glosada por Robert Graves. Es pasear por el mundo de la mano de un amigo que lleva, como Turpin, gafas de visión distinta.

Y, como el protagonista de una de sus últimas historias, solo apetece quedarse allí, en las escaleras del Instituto Cervantes, por ejemplo,esperando que vuelva con más ese pájaro inquieto. Cueste lo que cueste.

De momento, le tenemos mañana en una mesa redonda con otros figuras. Y completamente gratis.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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