Por si alguna vez fuimos Kyung Seo

Hace cosa de un par de semanas, preparando una ponencia para la facultad sobre la mujer oriental en la cultura popular occidental, mi asistente en tebeos hizo caer en mis manos Novia por Correo (Ponent Mon). Se salía un poco de mi muestrario de fantasmas vengadores femeninos armados hasta los dientes de los que hablaré otro día. Pero esta novela gráfica maravillosa que me duró una mañana tiene, además, esa rara virtud que poseen algunos libros o películas y que, aparte de dejarme pensativa y taciturna durante varios días, es la de generarme una empatía que me termina jodiendo viva. 

A veces llevo gafas y sonrío. Y leo cómics. Más lo primero y último que lo segundo, por cierto.

Kyung Seo, la preciosa coreana que se agencia que el tendero y coleccionista Monty Wheeler, encarna, ataviada con el traje regional de una patria de la que intenta escapar en vano, todas las fantasías alimentadas durante años por revistas y estereotipos. Kyung Seo parece al principio una muñeca más de las que se acumulan en esa tienda de tebeos que está destinada a ser su hogar, su escaparate y su cárcel, una muñeca que escancia té a ancianos amables que (“son los mejores amigos, no compiten”) hablan de artrosis y achaques, o que sonríe condescendiente ante las confusiones que provoca su origen en una ciudad pequeña de Canadá. Qué más da coreana que vietnamita o japonesa. Todas son, para el imaginario occidental de las fantasías de Wheeler, hogareñas, calladas, tradicionales. Todas son la imagen que se tiene de ellas. Según va avanzando el argumento, los intentos de rebeldía de Kyung Seo, que pasan por matricularse en Bellas Artes, posar desnuda en una fábrica, probar el tabaco o planear un viaje con la amiga que encarna para ella de una libertad soñada y muy lejana, van desasosegando tanto como el espectáculo de danza al que  Kyung asiste en la facultad y en el que la desnuda bailarina termina anulada en flecos negros. Como ella. 

Es inevitable plantearse cuántas veces hemos tenido que explicar ante un rostro serio y obstinado por qué eso que hemos hecho no es tan malo como le parece. Cuántas veces nos hemos plegado a una imagen dulce por cobardía, por inercia, por simple miedo a perder un lugar, aunque sea precario y sucio, en este mundo que parece darnos de patadas a cada paso que damos. El trazo fino y elegante de Kalesniko que da vida a ese rostro de muñeca triste y mirada infinita provoca nudos en la garganta y dobleces de corazón.

Se puede ser Kyung Seo sin haber nacido en Corea. Con dieciocho años, o veinte, o treinta y cinco, y una larga lista de complejos e inseguridades. El traje tradicional que excita a Wheeler tanto como su melena de oriental puede traducirse perfectamente en una falda de colegiala, un rol asumido o una actitud complaciente. Una máscara, a fin de cuentas, que oprime el rostro, el cuerpo, la vida entera, y termina en un grito ahogado o en porcelana hecha añicos. El problema es cuando eso se asume. Cuando se acepta un lugar incómodo a falta de más opciones. Kyung Seo se define cobarde. Ella misma se crea su propio lastre. Por eso la lectura de Novia por Correo es tan jodida: porque, con una estrcutura perfecta y una narrativa impecable te recuerda que, efectivamente, se necesita valor para cambiar. Para cortarse la melena corta, muy corta, y desnudarse sin culpa ante una cámara. Para elegir una pasión y entregarse a ella como si fuera lo último que se va a hacer en la vida. Para encontrar un lugar en el mundo que conquistar y hacer propio y poblarlo de vecinos inquietos y curiosos. Se necesitan valor y confianza para ser uno mismo y no el ideal de otra persona.

Manda huevos que a veces tenga que ser un puñado de dibujos lo que venga a recordártelo.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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