Yo tampoco sabía que tenía a Lois Pereiro

Ni mi buena amiga y colega Carmen, ni aquella canción de Diadermin, ni esa frase de Manuel Rivas calificándole como “el clásico que tenía la literatura gallega sin saberlo”, ni mi afición a todo lo que viene de esa zona de la que soy medio oriunda más por cabezonería que por genética.

Ni siquiera la primera lectura de ese Poesía última de amor y enfermedad que compré por puro flechazo con su retrato de la portada en que, sobre fondo rojo, me lanzaba un reto de melancolía.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida sin enterarme del todo de que estaba allí. No me imaginaba que estaba vivo, tan vivo, ni que terminaría haciendo tan míos sus poemas y sus aristas de cristal y arena y veneno al óleo, o que sus referencias se llevaban tan bien con las que yo he ido atesorando celosa y avarienta a lo largo de estos años en que me lo he cruzado mil veces sin más atención que la que se presta a un desconocido.

Hablo de Lois Pereiro.

Lois Pereiro, fantasma en vida, es soplo de niebla y humo. Es también música rock, versos oscuros, garitos, se erizan las venas, Bernhardt, Poe, trenes, perennes lentes de sol y meses robados a la Parca. Es la extrañeza de estar vivo.

Ojeras. O arenilla.

El acercamiento, más que biografía, que Jacobo Fernández Serrano firma para Sins Entido, es de lo mejor que he leído en meses. Sobre todo porque ha conseguido traducir a la viñeta la imagen bruta, cerval, de la poesía. Los acontecimientos de una vida marcada sin recrearse en la sordidez. El cómic transpira frescura y humor, y conforma, en las líneas sencillas del trazo y en su baile organizado de viñetas, un completo elogio al vitalismo.

Es imposible no encogerse, no temblar, no reconocerse en esa figura que por fisonomía pareció ganarse las simpatías de la muerte, que maldito sin quererlo buscó en los lugares de su panteón de escritores un lugar donde quedarse, nunca demasiado tiempo.

Vuelvo, ahora bien adrede, a Poesía última de amor y enfermedad con las magníficas visiones con que el dibujante y guionista le rinde tributo al final de Breve encuentro, surrealistas y oníricas y tan bellas que no sabes si llorar sonriendo o sonreír llorando. Me llevo, clavadas en la garganta, las palabras de amigos (Rivas, siempre). Me llevo sus sombras, sus pliegues, las letras de sus versos relucientes como gritos en la noche del papel.

>Me aferro a ellas como a un amuleto de calma antes de cerrar los ojos.

Joder, Lois. 

Por muchos años.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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