Huerfanitos de cariño

No sé si hay mayor placer que, en un momento dado, puntual, dar rienda suelta a ese lado cabrón que todos tenemos dentro y solazarse con las desgracias ajenas. Las desgracias de alguien que no nos va ni nos viene, que conocemos de pasada, que nos parece un patán idiota y que cuanto más canutas le vengan más gracia nos va a hacer.

Quizá sí que lo haya: que lo cuenten bien. Que lo cuenten como lo cuenta Santiago Lorenzo.

Los huerfanitos, la última novela del autor de la breve Los millones y publicada (en papel ligerísimo) por Blackie Books, es una descacharrante e hiperbolizada serie de desdichas narradas con mucho humor y grandes dosis de veneno y mala leche.

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La papeleta que les cae a los tres hijos de un empresario teatral que ha encontrado el mismo placer en joderles la infancia que en el faranduleo es de órdago: porque cuando el padre decide palmarla no les deja otra opción para salvar su economía y su dignidad que la de reflotar el teatro que ha sido la fuente de sus pesadillas y traumas más ocultos.

Y con esta excusa, la voz narradora que elige Santiago Lorenzo va enredando a los personajes en una red de putadas que se van hilando muy fino para hacerles tropezar a cada paso que se atreven a dar entre el polvo y las bambalinas. Sin ningún tipo de compasión. Porque ninguno la merece. Ni la boba de la cuñada, con su voluntad y afición al mundo del espectáculo, ni el director en horas bajas, ni la caterva de tramoyistas que apestan a vejez decrépita, a babas y a esputos, ni los sedientos y declamantes actores.

Ni, por supuesto, a pesar de sus traumas infantiles o sus canciones para llorar (impagables todas) se merece compasión ninguno de los Susmozas, que van pasando, según avanza la trama, de los codazos a las zancadillas. Aunque eso no haga más que perjudicarles a ellos mismos en su desesperada lucha por tapar ese agujero heredado de varios cientos de miles de euros y que les amenaza no precisamente desde un más allá, sino desde un doloroso y acuciante aquí y ahora.

A lo largo de la trama, asistimos a los denodados y absurdos intentos de unos hermanos que han jurado no tener nada que ver con el mundo teatral por montar un espectáculo que funcione en un tiempo récord. No es un argumento nuevo, no es algo que no hayamos visto en cine o no nos hayan contado con mayor o menor pericia.

Pero es precisamente eso, el “mira que te cuento lo que les pasó a estos desgraciados” lo que más atrapa una vez se abre la novela. Y entonces quieres saber más. Quieres saber cuál es la nueva chincheta que les han puesto en medio del pasillo y lo que les pasa es que les cae un cubo de pintura: en un manejo perfecto de los hilos de la narración, Santiago Lorenzo consigue que, en el afán por seguir la progresión de lo que puede ser una hermosa redención pero que siempre apunta a irremisible caída, de pronto salte un resorte que te deje con más cara de bobo que sus protagonistas.

Porque su estilo te alude directamente. Es cercano, es fresco, es cáustico. Es una maravillosa invitación al humor más gamberro. Y claro, después de reírte de esos Susmozas durante más de trescientas páginas, entre lágrimas de pitorreo y carcajadas, hasta les terminas cogiendo un poquito de cariño. 

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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