Me abro el pecho,Coriolano

¿Pero vosotros sabéis a quién habéis dado vuestros votos?

La trama política, como demostró el poco éxito de Coriolano entre el público isabelino (eso cuentan los que estuvieron allí, yo no tuve el placer), no suele gustar ni sobre tablas. En su versión, que se pasó este fin de semana en el Festival de Clásicos de Alcalá después de su paso por el Lliure, Álex Rigola lima personajes y discurso hasta mostrar, en una caja vacía y más negra que el presente que nos viene, ocho personajes y hora y diez de parlamento casi estático. Y cuesta disfrutarla, pero se disfruta.

Tengo a Rigola por un director valiente. Ya se ha atrevido con una novela de novelas, con una obra de obras y ha demostrado que la ya solicitadísima Irene Escolar puede encarnar a una maravillosa y tierna ninfómana.

Aquí vacía la caja escénica y sólo deja, además de las sillas blancas en la boca del lobo, un letrero de neones con un DEMOCRACY bien grande que arroja más sombras que luces. Porque la democracia, efectivamente, es lo de menos. Apuesta además por un texto cuidado pero denso, que en ocasiones vacila en boca de unos actores que sirven (por desgracia, eso sí) de poco más que para destacar a un Joan Carreras que ilumina a su Cayo Marcio de odio, soberbia y tensiones.

Coriolano. Fotografía de Rubén Gámez.

A Coriolano le mueven sus venganzas, sus destinos de casta, y la toma de la ciudad que le va a dar sobrenombre le importa para su patria tanto como a nosotros. A él le importa no dejar nunca de buscar los golpes de sangre que llueve por todas partes de la escena en forma de  guantes de boxeo.  Ama más la ciudad del enemigo que la propia. No es de extrañar que los traicione a todos.

La obra se aprecia como el proceso de un trazo de caligrafía. Es limpia, lenta, muy fluida en movimientos, especialmente los de las coreografías que evocan la ceremoniosidad de una lucha de artes marciales, y se esboza y se intuye más que se explica. Se echan en falta quizá personajes, quizá más profundidad en las relaciones entre Coriolano y su rival ausente que relega en un segundo una carga dramática que se termina perdiendo.

Pero es en la escena desnuda, en el texto que se lanzan como estocadas los plebeyos, los patricios y los volscos donde radica la esencia. Esa esencia que rebosa en el momento en que el Five Years de David Bowie inunda la escena, atronador, al tiempo que el letrero gigantesco de neón gira, implacable, sobre las cabezas de unos y de otros. De los ediles de la plebe que están más pendientes de discutir con los otros que de solucionar unos pleitos que terminan dejando a medias. De los cónsules que nadie ha elegido y que no hacen otra cosa que velar por sus propios intereses mientras el pueblo asiste a su propia desgracia.

Nadie sabe a quién han, hemos, terminado votando. No sabemos cuándo se va a pasar al enemigo. Lástima de espadas, aquí estilizadas katanas de kendo.

Lástima que sólo los antihéroes de una tragedia isabelina sean los únicos capaces de aceptar, con un tajo certero, una inminente derrota.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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