¿Y ahora qué?: La inercia del estudiante

-¡Ahora, a seguir! ¡como siempre! ¡Aún queda mucho por delante!

Para Amadís G. (nombre supuesto) no hay dudas a la hora de decidir su futuro después de su licenciatura. “¡Si en realidad no sé nada!” añade, sonriente.

“No es que no me hayan enseñado, que me han enseñado, y mucho, todos los buenos profesionales que ejercen en esta institución, no sólo todo lo que he aprendido de la materia elegida, sino también a cuidar mi lenguaje y a ser mejor persona (aunque eso no me haya ayudado con “ella”, ¡ay!) pero necesito más. Y quizá me apunte a algún idioma… aunque eso me recuerde a ¡ay, “ella”!. Pero al fin y al cabo, es conocimiento también…”

Amadís G. tiene la apariencia melancólica del eterno héroe romántico. Como tal, vive fuera de su tiempo. Pero si bien el héroe romántico se adelantaba al suyo y chocaba con unos valores caducos, él encarna, hoy en día, esos valores quijotescos e idealistas que enternecen a quien le observa hablar, a unos y a otros, de los divinos saberes, de las hermosas damas o de la sublime música, en la que, por cierto, afirma no estar muy ducho: “aunque últimamente he descubierto a Brahms, ¡qué gozada para el espíritu!”

No es un alumno brillante en cuanto a inventiva, pero sí en cuanto a tesón: sus calificaciones y esfuerzos le valieron, el año siguiente a su licenciatura, la medalla de Mérito al Madrugón Extremo: “el récord estaba en 4:30 a.m. Resulta que en mi pueblo, donde me retiro a estar solo con mis pensamientos y mis, jeje, amigos los libros, el sol sale un poco antes, unos cinco minutos. No tiene mucha más historia. Pero reconozco que las 4:25 puede asustar a cualquiera.” dice quitándose importancia mientras saca brillo al metal.

A Amadís G. no le afectan salvo los rasgos más periféricos del síndrome del licenciado. No tiene con quién desarrollarlo. Su caso es una desviación extrema denominada la inercia del estudiante que afecta más a hombres que a mujeres y que se deriva en la búsqueda de la soledad total, en el afán del conocimiento denominado “universal”, en la idealización de las artes más punteras de finales del siglo XIX y en la focalización de los esfuerzos físicos, mentales y sexuales en la materia considerada por él intelectual.

Anexo. La inercia del estudiante

La llamada “soledad histriónica”, o exacerbada defensa de esta: el afectado suele proclamar “dejadme solo” tanto en su entorno habitual como, más frecuentemente, en las redes sociales. Asimismo, suele explicar sus prolongadas ausencias (normalmente de no más de dos días) con un elocuente “necesitaba estar solo”.

Focalización del conocimiento en un solo campo.  Mientras que el afectado por la ansiedad cultural nunca tiene suficiente con las quinientas materias a investigar y sufre en su propio pellejo la ruina física y económica de la multidisciplinariedad extrema, el afectado por la inercia del estudiante elige una materia a la que consagra su vida. Llamará a esta, sea quien sea, su “amor”, normalmente, en caso de hombres, con un apodo femenino.

Ausencia de vida amorosa y sexual. Normalmente se debe a una incapacidad emocional de descentrar el hilo del diálogo del discurso propio. En ocasiones llega a darse el encumbramiento o la divinización del objeto de alguna aventura amorosa frustrada, que pasará a ser considerada “musa” o “bruja”, según el tiempo transcurrido.

Inseguridad extrema. El afectado muestra una preocupación in extremis por la imagen proyectada al exterior. Es frecuente que intervenga en las conversaciones con frases del tipo “no es el primero que me llama x o me dice y, espero que no penséis lo mismo.”

Risa nerviosa ante los temas que no domina y exacerbación histriónica de la propia ignorancia.

Falta de interés por nada que a) no pertenezca a un canon aceptado socialmente o tachado de “quijotesco” b) avance más allá de la mitad del siglo XX.

Generalmente, estos rasgos suelen provocar en el afectado una apariencia física melancólica, con grandes ojeras (fruto de los madrugones) y hombros caídos, delgadez nerviosa y, en contraste, una sonrisa beatífica que no hace sino ocultar un profundo tormento interior.

Por el momento, el mal se considera crónico. Nunca desaparece del todo puesto que el afectado no abandona nunca el hábito. En casos leves, el afectado podrá entrelazar su monólogo con el de otros tras la asistencia a los múltiples cursos y conferencias gratuitas en fundaciones y museos.

En casos muy extremos, puede llegarse al ejercicio de una cátedra universitaria.

Ahora que ha terminado su licenciatura,   Amadís G., a punto de terminar un tercer ciclo y con vistas a un máster de especialización, no tiene claro su futuro. Lo que sí tiene claro es que quiere seguir estudiando. No sabe qué.

“Quizá, algún día, transmita todo lo que sé. Pero me siento muy torpe aún. Debo seguir, seguir. Como siempre.”

Y mientras sus fuerzas se lo permitan, el caballero andante del conocimiento decimonónico continuará levantándose con el sol para besar la pálida faz de sus mejores y más fieles amigos: los libros.

  

Hostal Proust Magazine, Especial Verano 2012 (extracto)

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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