Lo que quiero es flotar

Oh! Qué feliz soy
porque en la tarde de hoy
con esta gente elegante
subo al Cabaret Flotante

Ayer estuve en una de esas cosas que podrían contar perfectamente como anécdota de un viaje al extranjero. Una de esas cosas que, por vistosas y por extravagantes, además de por su calidad, se nos antojan más propias de una ciudad idealizada, desde París a Berlín pasando por alguna de Europa del Este o de la América que vio nacer el jazz.

Podría ser una anécdota con la que sorprender a quien quiera escucharlo. Esa tarde de domingo en que vas paseando por la orilla de un lago y de pronto, te encuentras con una tropa de músicos, coristas y curiosos liderados por una dama vestida de rojo y un violinista de zapatos rutilantes, ambos tocados con chisteras, que parecen haberse escapado de un cuadro de Tolouse-Lautrec.

Y todos, músicos, damas, niños, amables gondoleros, se hacen con la pequeña flota, embarcan los instrumentos, las sombrillas y hasta una tabla de claqué, y allí, en medio del lago, se marcan una maravillosa actuación, plagada de canciones, de risas, de coros, de amigos, de laralás y salpicaduras de agua que desafían al sol del flamante verano.

La barca de Carmen Hache, la fotógrafa oficial del evento, con su elegante gondolero y dos adorables marineritas. Por Borja Suárez Lázaro Galdiano.

Y es que a veces somos un poco gilipollas. No pensamos que este tipo de iniciativas puedan tener lugar en nuestra propia ciudad, gracias al esfuerzo de unos pocos y a la participación de otros muchos.

Pía Tedesco, Raúl Márquez, Celia Bañón y demás han demostrado que es posible. Que se puede montar en Madrid un sarao como este Cabaret Flotante, que ya lleva cuatro ediciones y se le auguran muchas más.  Convocaron código de vestimenta. Presentaron, unos días antes del evento, el himno que sonaría varias veces esta tarde de domingo y compartieron las partituras con todo el que quisiera acudir. 

Y ahí que acudieron músicos de toda clase y condición. La bella Luisa, de la Troupe de la Merced, marcándose en una barca, megáfono en mano, una versión de La vie en rose. Por allí andaban también los Variedades Azafrán, que terminarían, ya en la jam session que se desplegaría en tierra, haciéndonos corear a todos Ti vuo’l fa l’americano. Y así, muchas más. Una tras otra.

El desembarco de Pía. Casa de Campo.

Ninguno cobramos un duro por todo esto. Pero lo pasamos en grande.  Al final, además de a música, nos convidaron a brownie, ya cuando, a la caída de sol, cansados pero contentos, empezábamos a dispersarnos.

Y todo esto sucedió en la Casa de Campo, una tarde de domingo, a pleno sol. Sí, en Madrid. Qué cosas.

Estén atentos. En cualquier momento, el Cabaret Flotante podría celebrarse otra vez. Que les pille bien vestidos.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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