El segundo que es un primero

Tiene gracia: he pasado la carrera viviendo en casa de mis padres, con la universidad a cinco minutos caminando, y hasta que no me he venido aquí no he sabido lo que es un campus.

Aunque vistas las diferencias con lo que entendemos nosotros por campus y lo que entienden ellos, no me gustaría vivir aquí como una estudiante local. Primero, porque compartiría habitación con otras tres muchachas. De acuerdo, no es un drama. El drama viene cuando te cortan Internet, ese Internet amurallado, a medianoche o incluso antes, cuando no tienes aire acondicionado ni calefacción en el cuarto o cuando para ir a ducharte tienes que desplazarte a otro edificio con la toalla y la cestita de los champús. En invierno creo que juegan a ver a quién se le queda más escarcha en el pelo. 

Dormitorio de los muchachos, separado por un riachuelo y un puentecito del de las muchachas.

Por suerte, este no es mi caso. Pero saber todo esto me ayuda a apreciar lo que tengo.

Yo vivo en el edificio de los profesores, en lo que aquí es un tercer piso pero que en realidad es un segundo: la planta baja viene a ser la primera. Me di cuenta cuando, por inercia y sin mirar el número de habitación, intenté durante diez minutos abrir una puerta que no era la mía. Y eso que tengo un distintivo maravilloso que me ayuda a distinguir mi hogar del de cualquiera, incluso con la mayor melopea de la Historia:

Les presento al cerdo-percha.

Un cuarto igual de grande que el mío lo comparten mis dos colegas chinas, Olivia y Elena. Yo tengo ese mismo espacio para mí sola.

Detalles que no pesan y que hacen hogar.

Y un baño occidental, con algo remotamente parecido a un plato de ducha y calentador de agua.

Pequeños detalles chapuza que me hacen sentir como en casa.

Cuento con nevera, dispensador de agua para hacerme café soluble y tés (aún no me atrevo a seguir la costumbre local y beber pura agua caliente), televisión que ya yace en el suelo apagada y mustia, y todo el Internet que quiera, por cable y sin censura. En mi mismo piso, hay unas cuantas lavadoras de las que me fío de dos, y una fila de secadoras que en la primera semana confundí con lavadoras.

Nevera (detalle) con pegatinas monas, noguerazo y tarjeta de telesushi.

Te elijo a ti, lavadora más pequeña y con menos botones.

Otros lujos son las cintas de correr y la bici estática en que me machaco todos los días en el primer piso(ya he dicho a qué planta equivale, ya está bien), y los bidones de agua mineral para los dispensadores. Aquí, el agua del grifo es puro heavy metal.

Al fondo, las máquinas.

En el quinto, o sea en el cuarto, tenemos una cocina compartida, y ya estoy pensando en las cacerolas y sartenes que voy a comprarme con mi primer sueldo. Echo de menos hacerme mis propias sopas y salteados asquerosamente sanos e inocuos libres de glutamato monosódico, aunque aquí, la verdad, la comida es muy barata, sabrosa y variada, ya hablaremos de eso. Puedo comprar comida en la calle y también me han dado una tarjeta que puedo usar en cualquier comedor  y en las tiendas de suministros del campus. La universidad pone el dinero equivalente a una comida al día. Y yo se lo agradezco, en serio. Me gustan los brotes de soja, los muslitos de pato, el arroz, el tomate con huevo, la berenjena al estilo Yuxiang. Lo que no me gusta es comerlos todos los días. Y me voy a pasar aquí el tiempo suficiente como para no querer aborrecer la comida china tan pronto.

Aunque aquí también tengo el equivalente a un abuelo preocupado. Sí, esos que te presionan y te echan dos cazos de sopa porque sí. Mi director Ignacio Chen  me ha recomendado hoy amable pero tajante que me acostumbre a almorzar en el comedor a la hora convenida porque es gratis y cortesía de la universidad, todo muy sonriente y muy ceremonioso. No he sabido cómo responder a ese venerable académico que para mí, las once de la mañana son horas de tomar, como mucho, un café.

Pero usos y costumbres deben ser contados en otra ocasión. De momento, ayer me encontré con un cuarto lleno de trastos pertenecientes a antiguos profesores, a disposición de quien los encontrara.

Nunca pensé que me haría tanta ilusión una plancha. Quizá porque no se puede confundir con ninguna otra cosa.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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