Mientras tanto, en la ciudad

Es un domingo por la tarde. Los obreros que te han despertado a las seis de la mañana siguen ahí, dando unos golpes infernales mientras convierten el camino de acceso a tu edificio en un pedregal de cemento.

Resumamos.

Los primeros días en un país nuevo son pura euforia. Una vez superado el choque de la diferencia horaria, la temperatura y la gente, todo es la hostia. Todo es precioso, alucinante, increíble. No paras de sacar fotos hasta a la última mierda seca.

Luego toca armarse de paciencia. Las cosas aquí llevan su ritmo y no siempre es el que nos gustaría. Ir a un banco y explicarle a la señorita que te habla inglés con voz de robot que quieres abrir una cuenta. O decirle a esa misma señorita que  el número de control que te han dado tus padres para que recibas dinero no le funciona en su ordenador porque es tonta. O llegar a un hospital de la otra punta de la ciudad para que te hagan un examen médico en el que ves sudar a mares a las dos enfermeras, DOS, que no saben cómo pincharte en ese brazo de alfeñique que tienes. O pasarte una hora esperando para que tíos vestidos de policía de Playmobil te hagan una foto con una webcam y se lleven tu pasaporte hasta nueva orden. Son trámites. Son aburridos, son tediosos, y minan el ánimo cuando las cosas, por lo que sea, se tuercen.

Las primeras semanas son para habituarse a las rutinas. Para ver cómo funcionan o dejan de funcionar las cosas aquí (más lo segundo que lo primero). Y es fácil desfallecer. Es fácil porque las rutinas engullen. Porque de pronto necesitas urgentemente cocinar tú y no encuentras vinagre de vino para aliñar ensaladas en ningún lugar cercano o porque de repente todo el mundo parece tener muchísimo trabajo que efectivamente no te incluye. Porque te gustaría enseñar tantas cosas a esos sesenta y pocos alumnos que cuando el proyector decide no funcionar te dan ganas de emprenderla a patadas con él, con los libros y con el dispensador de agua del pasillo.

Y luego empieza a llover.

Normalmente llueve poco.

Excepto el día en que se te ocurre ir a hacer la compra a la Tierra Prometida del producto Occidental (en adelante, Carrefour) y cuando sales bien contenta con tu preciado vinagre descubres que sigue lloviendo a cántaros, que el autobús no se decide a venir y que darías lo que fuera por teletransportarte hasta un lugar donde el café no sea un lujo ni un robo y cascarte un cuenco sopero con una mantita en los pies y un buen libro entre las manos. En vez de eso, sigues tiritando bajo la marquesina con tus latas de lentejas italianas y tus vinagres caros mientras a tu lado una madre intenta sostener y consolar al bebé más gordo que has visto en tu vida.

Después de semanas así, llega el domingo y te encuentras cansada, harta, sin pasaporte porque te están tramitando el permiso de residencia, con un ojo en la tarea pendiente y otro en los libros de clase y sin saber qué hacer mientras los obreros te machacan. Y te das cuenta de que como sigas así vas a tener que aprender de forma muy drástica cómo se dice en chino Ibuprofeno, Lexatin y Valium.

Eso, por suerte, son sólo algunos días.

Y también por suerte, terminan bien.

Sólo hace falta tomar el metro para llegar a otro mundo.

Y esto no ha hecho más que empezar.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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