Vacaciones en otoño

A nosotros, que nos pasamos la vida haciendo más puentes que en el juego de la Oca, nos parecería rarísimo que nada más empezar el curso, nos dieran una semana entera de vacaciones como la que me ha caído del cielo, nada más cobrar, en la primera luna llena del otoño.

Con otoño me refiero a un otoño de verdad. En Shanghai, el otoño no tiene nada que ver con esos veinte días de tregua que se disfrutan en Madrid antes de que la lluvia y al mal tiempo se encarguen de anegar los ánimos. El otoño aquí es tan cálido que aún se ven chanclas por la calle y nadie lleva nada de más abrigo que una chaqueta o un pañuelo. El sol pega fuerte desde bien temprano y nos obliga a llevar sombrilla (sí, aquí también me miran por eso, aunque por motivos distintos). Parece que estamos en una especie de primavera intemporal que está acabando con mis ganas de trabajar. Y después de haber cobrado, lo que más apetece, con la ruin excusa de “ay, necesito” es, aunque sea un poco, gastar.

Y de eso, Inés sabe.

Inés tiene veinte años y es shanghainesa, como la mayoría de mis alumnos. Dice siempre que su cara es demasiado grande y que su español no es bueno, y no tiene razón ni en lo uno ni en lo otro.
Los fines de semana, Inés trabaja en uno de los miles de 星巴克 (Starbucks) de Shanghai por 13 yuanes la hora y sabe pronunciar single espresso como una auténtica camarera mal pagada. Ahora mismo, para mí, es como una prima más pequeña con la que hacer cosas de chicas.

A Inés le gustaría ir a España, aunque le da un poco de miedo. Aliviada cuando le digo que me gusta la comida china, me lleva a comer cosas ricas de Shanghai, . El día antes, muy apurada, me advierte: los restaurantes aquí son un poco ruidosos, a lo mejor tenemos que estar muy cerca de desconocidos…. No se imagina lo que es un bar en España, pienso, mientras le digo que no, que el KFC no me parece el súmmum de lo occidental, antes de entrar a un restaurante que luce una réplica de una silla de manos en su puerta. Nos sentamos frente a una pareja que sorbe fideos de una forma muy elegante mientras un bebé duerme en el regazo de la madre. Cuando nos ponen los cubiertos, Inés me ofrece un cuchillo y un tenedor de plástico color verde Starbucks, por si acaso no... Le sonrío. Trae para acá esos palillos, mujer.

小笼包, rellenos de sopa que si no sorbes bien cuando muerdes, sale disparada y A MÍ NO ME PASÓ ME LO HAN CONTADO.

Mientras mastica su yue bing de carne, un niño mira con los ojos muy abiertos cómo pruebo una empanadilla . Soy la única occiental de todo el restaurante, que bulle de clientela. Es el Día Nacional. Las familias comen juntas. Las amigas van de compras. Todo está buenísimo. Y por supuesto, Inés se empeña en pagar.

Después  de una larga jornada que se merece entrada aparte y del café cortesía de la casa que todos sabemos, decidimos pasar por el Bund.

Metro City, o una bola gigantesca que esconde (qué raro) un centro comercial.

No es una manifestación, es que aquí salen a la calle así.

Caminamos Nanjingdonglu abajo junto con otros cinco millones de familias chinas a las que se les ha ocurrido, qué raro, la misma idea que nosotras. Compramos castañas que nos calientan los dedos en el fresco de la noche junto al río. Las familias llevan diademas luminosas de Minnie Mouse, orejas de conejo con lucecitas, cuernos de demonio y banderolas.

Cuando, ya sola y después de esquivar a tres universitarios que me sacan fotos, consigo cruzar a la otra orilla camino a mi parada de metro , alguien enciende un farolillo de papel, que se eleva por encima de las cabezas de la multitud. Es el mismo ambiente familiar, bullicioso y festivo que el de la Plaza Mayor en plena Navidad. Hoy retransmitían en las pantallas del autobús y del metro la gala televisiva de ayer, con sus idílicos escenarios de cartón piedra, sus cantantes guapas con trajes de satén y sus fuegos artificiales.

Pese a los temores de Inés, nos parecemos más de lo que pensamos. Sobre todo, cuando se trata de hacer el hortera.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

One Response to Vacaciones en otoño

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