Hey, hola, soy extranjera, qué pasa

Yo fui una gótica adolescente y sé lo que es que te miren por la calle. De hecho, es lo menos que puede ocurrirte cuando pasas más de dos horas pintándote arabescos en los ojos. Y no te pasas al lado oscuro si no lo sabes, lo aceptas y hasta lo disfrutas cuando, en la cola de un concierto, la gente se para frente esa caterva de damas difuntas, espantapájaros electrocutados y morcones del infierno y se pregunta de qué agujero habrán salido. De toda la vida, la gente se para a mirar lo que no ve habitualmente, lo que le resulta extraño o diferente, ya sea una sombrilla, un tocado o una cresta. Que se persignen ya es otra historia.

Shanghai es una ciudad grande y cosmopolita. El metro en las zonas centrales, los lugares turísticos y la Concesión Francesa están plagados de extranjeros.

Pero si entro a una peluquería de mi barrio, se va a armar el revuelo padre. Si estoy esperando al autobús y pasa alguno, probablemente alguien se asome desde una ventanilla y se me quede mirando hasta que el conductor doble la esquina. Desde los puestos callejeros, van a llamar mi atención con un hallo! porque suponen, los pobres, que todos los extranjeros hablamos inglés. En los restaurantes, señalan torpemente las fotos, si las hay, e intentan decir en inglés el ingrediente principal, antes de cortocircuitarse cuando les pido, vacilante, un plato de la carta que he leído en puros caracteres.

En la universidad donde doy clase ocurre más o menos lo mismo. Mis alumnos ya me tienen más vista que el tebeo, pero el primer día que entré en clase, me miraban como si acabara de aterrizar desde Marte. Y todavía, cuando paseo por el campus, veo cómo los universitarios se dan codazos y me siguen con la mirada, como si no se creyeran lo que les acaba de pasar al lado. Tanto ellos como ellas, y más las segundas que los primeros. Porque ellas, en grupos y en parejas con las que caminar del brazo, son mucho menos tímidas, más zalameras y mucho más espontáneas.

Lo gracioso es que aunque siga hablando mandarín como una afásica hay cosas que sí entiendo, y me río por dentro cuando les pillo un piropo, un comentario o una elucubración sobre mi país de origen sin que ellos lo sepan. Sé que no es maldad sino una especie de admirada curiosidad por los que venimos de fuera. Que aquí lo diferente no es la ropa o el peinado sino el rostro, el pelo, los ojos, esos ojos que algunas chicas redondean a fuerza de cosmética porque envidian el párpado occidental.

Eso parece un eye-liner, pero es PEGAMENTO.

Lo malo de esto, que puede resultar divertido, es que no siempre estás de humor para sonreír hasta que te duelen los músculos de la cara, o para decir “xiexie” (“gracias”) o “nali nali” (“qué va, hombre, qué va”). Un día, en el ferry que cruza el Huangpu desde el Bund al malecón de Lujiazui, tres universitarios me pidieron (oh sorpresa, ¿seré ya una estrella?) que me sacara una foto con ellos. Y uno (me río yo de cultura de no contacto) me abrazaba como si se hubiera encontrado un Furby especialmente mono. Y a todo el mundo le parecía completamente normal.  Otra vez, en el autobús, dos chicas me acosaron literalmente porque querían hablar inglés. Y con el yuar sooou biutiful de por medio, parece que no te puedes tirar un pedo ni rascarte el culo sin que haya un grupo de chinos mirándote mientras parecen preguntarse “aaah, así que así es como lo hacen ellos.”

De todo esto, que ya es parte de mi vida diaria, me consuelan dos cosas. Una, que más de una vez  por la espalda me han confundido con china. La otra es que, aunque siempre sea para ellos una curiosa extranjera, este es uno de los sitios donde, a día de hoy, me siento más en casa que en ningún otro lugar del mundo.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

3 Responses to Hey, hola, soy extranjera, qué pasa

  1. Carmen Hercas says:

    Bueno, pero yu ar soooooooooooou biutiful siempre, ¡no lo olvides!

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