Cómo va eso, Laoshi?

Siempre pensé que llegaría antes al paro que a la docencia. Es verdad que ser profe de universidad es lo más parecido a un oficio que aprendemos en la carrera. Pero me he encontrado con muy pocos catedráticos que tuvieran en cuenta esa maravillosa capacidad humana que es la de comunicar, transmitir y contagiar, y que es lo que, para mí, importa más de la enseñanza, más que los usos del se o la vida y milagro de Gustavo Aldolfo Bécquer.

Ahora, llevo dos meses poniéndome un mínimo de tres horas al día delante de treinta y pico personas y la verdad es que tampoco me he muerto. De hecho, si no se me cambian mucho de sitio, hasta me sé los nombres de todos. De los sesenta y seis. No, sesenta y cuatro. Bueno, que si no se cambian mucho de sitio no necesito el croquis que me hicieron el primer día y hasta puedo mirarles directamente a la cara.

La empatía nunca es fácil. Aquí menos. Para empezar, porque lo primero que hay que lograr, con clases como la mía, es hacerse entender. Por supuesto que han estudiado: este es su tercer año de español. Y no tienen mal nivel. De hecho, a veces les exigen un vocabulario bastante más específico que el que pueden exigirle a un estudiante de grado de Economía. Pero es como mucho la segunda vez en sus vidas que tienen un profesor extranjero que se dirige a ellos sólo en español. Y después está el contenido, sin ilustraciones, y en un registro que calificaríamos no ya de formal o ceremonioso sino directamente de viejuno. 

Así está el tema. Y cuando, después de lo que consideras una intervención gloriosa sobre el sexo de los ángeles, miras sus caras y ves un mar de bocas entreabiertas y entrecejos fruncidos. Casi se pueden intuir un montón de tiempos verbales y palabras con las consonantes cambiadas centrifugando en sus cabezas. Y entonces es cuando hay que tomar aire, decir “de acuerdo” y volver a repetir, más despacio, con cuidado, dándote cuenta de cuánto hay de cultural en todo esto y de que es jodidamente difícil explicar a quién llamamos Fulanito o qué significa que hoy es tu santo. Y aún no hemos hablado de gramática.

Ahora que soy yo la que está de pie, diciendo chorradas, dejándome la cabeza en buscar ejemplos y obligándoles levantar la cabeza del cuaderno para responder, me doy cuenta de por qué tantos profesores eligen la vía de la lectura monacal de apuntes apolillados. De por qué a tantos profesores se la suda si sus alumnos aprenden o no. Y me acuerdo de cuántas veces he sido de esa clase de alumnos  que miran al cuaderno e ignoran manifiestamente las preguntas del profesor como un mexicano una pelusa gigante en el desierto de Sonora.

Llevar una clase como la mía es intentar convencer a un grupo de cachorros tímidos de que en ese camino que tanto les asusta no hay ningún peligro. Es intentar convencerles de que avancen aun cuando cada piedrecita les hace agachar la cabeza o cuando cada tramo largo les hace desear echarse la siesta al borde. Y estar al frente, entre una pizarra que exuda polvo y una especie de proyector retrofuturista que carga mi USB cuando le apetece, es duro.

Yo también sufro los lunes. Y sufro a mitad de la semana, cuando estamos rodeados de tareas que no nos apetece una mierda hacer, ni a ellos ni a mí. Y antes de las clases de la tarde, cuando les veo llegar justo después de comer, con algún zumo o algún refresco de té, casi me dan ganas de decirles que nos vayamos al parque a hablar de cualquier cosa menos del Trienio Liberal. Me jode verles cansados porque yo, ahí delante, no me lo puedo permitir, y a veces me da envidia verles bromear entre ellos porque sé que estoy inevitablemente al otro lado. Sufro mis días malos sin que se me note más que en alguna palabrota que aún no me cogen y ya empiezo a tener mis propias muletillas.

Intento vencer su pereza fingiendo que yo carezco de ella. Intento enseñarles, aunque yo no tenga ni idea aún de cómo se hace. Tiro de intuición. De los (pocos) buenos maestros que he tenido. Del bendito Internet. Y por supuesto, del chino. Tiro de mi acento infame con el mandarín para que pierdan el miedo a equivocarse. Les pregunto por equivalentes en su propia lengua. Y a veces descubrimos juntos que hay un personaje en su literatura que es clavado a Celestina, o que tenemos expresiones, refranes y dichos prácticamente calcados. Yo también estoy aprendiendo.

No ocurre todos los días, pero hay veces que todos, o casi todos, atienden, o lo intentan. Días en que deslizo una broma y algunos la captan y se les entornan y les brillan los ojos. Hay otros en que, cuando les cuento algo, despacio, prestando atención a cada palabra, a cada acento, a cada maldito detalle de lo que sea,  soy de repente tan consciente que me dan ganas de llorar, quién sabe por qué. Y les miro, tan serios, tan atentos de repente, que tengo que disimular y beber agua, joder, que soy la profesora, y quién me mandaría empezar a hablar de la muerte de García Lorca.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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