Blanca palidez y sustos

Miércoles, 8:30 de la mañana.

-Chicos, no me encuentro bien.

Analizo mentalmente el cacho de eufemismo que acabo de soltar: no es que no me encuentre bien: es que me estoy mareando un huevo. Y se me ocurre de repente que no tengo ni idea de cómo se dice mareo en chino, aunque algo me dice que lo voy a aprender ésa y otras palabras a marchas forzadas. Se me ocurre de repente también que no tengo ni idea de cómo funciona el sistema sanitario aquí y que lo voy a saber de la peor de las maneras. Y tengo reunión con mi jefe a mediodía.

Salgo de clase en una especie de nube tambaleante dejando a mis treinta y pocos esforzados chavales preocupados y contritos. Leo, el delegado de clase, me acompaña a la enfermería y además, me lleva el bolso. Dentro de lo que desde fuera parece una casita de muñecas, una amable señora con cofia y bata me toma la tensión, carraspea y dice muchas cosas a Leo entre las que capto una de las primeras palabras que se aprenden en El Chino de Hoy I.

-Profesora, vamos al hospital. Ah, genial. Si no estuviera tan jodida, esto parecería una excursión extraescolar con vocabulario específico.  Margarita, otra de mis alumnas más adelantadas, me toma del codo, por si acaso;  Leo me sigue llevando el bolso, y tomamos uno de esos autobuses a tope de gente y en el que hasta que no han pasado quince minutos no nos hacemos con un asiento. El hospital está en mi barrio, en Pudong, lo que significa que no está tan lejos como todo en Shanghai, pero aun así, no tardamos menos de media hora. Comienzo a entender lo de las siestas en el transporte público y hago lo propio hasta que el sonido de mi móvil despierta: mis alumnos, tan hipercomunicativos como cualquier adolescente con whatsapp, me desean vía sms que me mejore pronto.

10:00 de la mañana. 

El hospital no  parece un hospital. Primero, por las escaleras mecánicas. Más bien parece una mezcla entre estación de autobuses y centro comercial y no lo digo sólo por las plantas de plástico. La gente se agolpa ante las ventanillas del dispensario para comprar medicinas y nadie parece tener muy claro para qué sirven esos letreros luminosos que parecen haber robado del departamento de llegadas de un aeropuerto. De vez en cuando, huele a infusiones, imagino que de alguna medicina china, pero yo ya no presupongo nada no vaya a ser que me pinchen.

Me hacen rellenar un papel y pagar diez yuanes por el guahao, me dan una tarjeta (aquí todo funciona por tarjetas) y me mandan con un numerito a medicina interna. Se me ha olvidado decir que sí, que aquí, la sanidad se paga. Mis alumnos me preguntan que si quiero un médico que hable inglés. Y cuando me dicen el precio les pregunto que si no les importa traducirme si tengo algún problema, que ya he aprendido cómo se dice mareo y quiero aprovechar para practicar mi mandarín.

En la consulta, una señora parece confesarse con un médico que parece tomárselo todo a guasa. Una anciana blande unas recetas escritas en algo que no parece chino y que es, efectivamente, ese idioma infernal en que escriben los facultativos de todo el mundo. El caso es que me estoy sintiendo mucho mejor. Intercambiamos unas palabras e incorporo muy orgullosa la palabra mareo malestar general a mi vocabulario. Me llevan a una máquina para que me tome la tensión. Huy, huy, qué baja la tiene, dice la señora que espera detrás su turno y que cotillea mis resultados sin ningún tipo de pudor. Que coma algo, ¿ha desayunado? les pregunta a mis alumnos. Y yo ya aquí me empiezo a reír.

Después de proponerme sin éxito que me haga un ¡escáner! (¿he dicho ya que aquí todo es de pago?), el doctor me prescribe unas cápsulas de medicina china que por sesenta yuanes se presentan milagrosas. Luego nos vamos a comer. Delante de mi cuenco de fideos con pollo y setas, esas setas que mis alumnos aborrecen de tanto como las ha comido a lo largo de sus vidas y que yo es la primera vez que puedo comer frescas, empiezo a sentir algo parecido al alivio.

Han pasado varios días. No sé si ha sido por las pastillas milagrosas, por el caldo de fideos o porque he empezado a descansar en serio, pero estoy bien. Hasta he conseguido entregar a tiempo para mi sección Libro de Notas y ponerme con lo que andamos preparando en 9th. Sólo ha sido un susto.

El viernes, eso sí, volví a sentir cierto mareo. Por diferentes y placenteros motivos.

Desde lo alto de ese edificio en forma de aguja con bolitas rosas.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

4 Responses to Blanca palidez y sustos

  1. Carmen Hercas says:

    Madre mía, linda, menos mal que al final solo fue el susto. ¡Un besote desde España!

  2. Elise says:

    Cuídate mucho. Nos has asustado. Besitos desde la (¡lluviosa!) Madrid.

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