Libros en pantallas

Esto va especialmente dedicado a los sectarios del papel. A los que defendéis el libro objeto por encima de todas las cosas y podríais pasar horas aspirando el olor de las páginas. A los que miráis por encima del hombro a los lectores de e-book como si ya por ese formato estuvieran condenados a las metáforas baratas del best-seller.

Que sepáis que me encantaría regalaros, a todos vosotros, un traslado de un año a alguna ciudad de China.

Me encantaría que, a la hora de hacer una maleta con restricciones de peso, os vierais obligados a elegir entre todos esos hijos que habéis ido adoptando con el paso de los años hasta que casi os habéis tenido que salir de vuestra propia casa.

A ver qué tal se os daba sacrificar unos en favor de otros que luego, igual, no merecen tanto la pena, y todo esto, sabiendo que cada decisión será irrevocable y que os acordaréis meses después de aquella novela que dejasteis con todo el dolor de vuestro corazón en la estantería de un piso con Internet decente en Madrid, Barcelona o Vilagarcía de Arousa. Hagáis lo que hagáis, os vais a arrepentir. Vais a dejar más de lo que os llevéis en esa maleta a rebosar de cosas que nunca serán suficientes. Y sí, leer en inglés está bien, pero la lengua materna tira y no hay nada como una novela para alegrar un viaje en transporte público y a ver qué hacéis ahora sin apenas una librería en toda la ciudad donde poder ojear las novedades editoriales.

Aquí, en Shanghai, nadie lee en el metro. Nadie lee libros, quiero decir. Nadie tiene las narices a llevarse la versión china de la última conspiración de logias milenarias camino al trabajo por la sencilla razón de que ese viaje le puede llevar fácilmente tres horas. Y con un mamotreto de ese calibre en un vagón abarrotado no se puede maniobrar para conseguir un asiento. Muy pocos son los que sacan, si acaso, un cuaderno, y las novelas de bolsillo parecen estar extintas. Aquí el papel es un lujo. Pero sí se lee. Se lee en los tablet, en los Ipad y, sobre todo, en el móvil.

No sólo chatean, ven videoclips o capítulos de series, juegan al Angry Birds o se sacan fotos a sí mismos como si la pantalla fuera el espejo mágico de Blancanieves: también leen novelas. El bolsilibro busca su formato y lo ha encontrado en esas pantallas minúsculas sobre las que inclinarse (y abstraerse) en una historia de artes marciales durante un largo trayecto entre empujones.

Gracias a ese cacharro que me regalaron hace unos meses, me he sumado, casi más por necesidad que por otra cosa, al carro de los que pasamos páginas a toquecitos de índice. Y menos mal. Porque yo también era como vosotros, como esos que usáis como argumento que el papel huele bien. Ya sé que huele bien. Ya sé que los libros son objetos, maravillosos, cálidos, con peso y tacto y alma, y nada me hizo más ilusión que encontrarme con El héroe de David Rubín en la Biblioteca Cervantes de aquí porque ha sido lo más decente que ha caído en mis manos después de las redacciones de mis alumnos.

Y sí, claro que me gusta el papel. Pero también me gusta saber que puedo consultar mi parada de metro en el propio soporte donde leo. Me gusta tenerlo todo ordenado en un sólo rectángulo de bordes redondeados. Me gusta meterme bajo el edredón con una colección de cómics en formato digital y pasarme las noches, aquí tan tempranas, a la luz de la pantalla, pasando páginas a toques nerviosos porque quiero saber cuanto antes cuál es la próxima aventura de Jesse Custer. O en la vuelta a casa en autobús, una vez asegurado el asiento (que os prometo que no es nada fácil), arrellanarme y en ese trayecto que me sé ya de memoria, abrir en medio de esta lejana ciudad de China nada más y nada menos que los cuentos completos de Manuel Rivas.

Que yo antes era muy de papel, de cartoné y de rústicas. Y lo sigo siendo. Pero aquí, esta es la única manera de poder leer la colección entera de Hellboy en inglés. Y ya que es la única manera de acceder a ellos, no puedo esperar a que salga la versión electrónica de los bolsilibros de Memento Mori.Mientras, voy haciendo una lista de libros para la vuelta. O para hacer decidir a los valientes que me visiten. Que se fastidien.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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