Casi invierno aunque aún otoño

Ya ha quedado atrás una vorágine de varias semanas en las que mis chicos se han enfrentado a su primer examen, y ha habido que corregir, sumar, aprobar y suspender entre gestos de incredulidad y puras risotadas (algunos tienen mucha imaginación y unos conocimientos geográficos entre lo aleatorio y lo fatídico), sesenta y cinco pares de sábanas de papel reciclado que contienen lo que para ellos es motivo de temor, preocupaciones e insomnios y para mí, insomnio, a secas.

En este trance, mis superiores, amantes del autoaprendizaje, han preferido no explicarme absolutamente nada del funcionamiento del sistema de exámenes, que, por supuesto, está completamente en chino, para que yo misma mejore al tiempo mi mandarín, mi capacidad de reacción en situaciones límite y mi paciencia infinita cuando las cosas no funcionan.

En este tiempo, también aproveché para ponerme enferma otra vez (aquí hay muchas bacterias nuevas que estaban deseando conocerme) y para descubrir que en la parte sur de China el Gobierno no permite que en las casas haya calefacción central: el hilo musical de nuestro invierno shanghainés serán las toses, los estornudos y el runrún del aparato de aire acondicionado que va resecando ojos y garganta con el paso de las horas. Podría ser peor. Mi cuarto podría dar al norte.

Aún no hace frío, de todas formas. No del todo. Y aquí, en Pudong, a casi treinta minutos del mar por un lado y a cuarenta y cinco del río, el aire se vuelve niebla cuando se pone el sol. La noche se te posa en la cara como una caricia de escalofrío y hasta las pitadas de los coches o los megáfonos de los vendedores de fruta parecen venir de otro mundo. Los carricoches de comida se siguen apostando, como cada noche, a la puerta de la universidad, y poco a poco, los vendedores han ido añadiendo capas de ropa a sus delantales para seguir ofreciendo durante varias horas y por muy poco dinero sopa de arroz, tallarines, empanadillas, takoyaki, tofu, un amplio surtido de dulces y miles de cosas más con nombres mucho menos atractivos que en esos caracteres de colores brillantes que atraen a todos los universitarios y, a veces, a alguna que otra profesora curiosa. En lo más crudo del invierno imagino que seguirán ahí, helándose los dedos de los pies y pelándose la nariz con ese frío húmedo que tienen las ciudades encima del mar.

No llueve mucho. No tanto como me imaginaba. Llueve cuando tiene que llover, persistente y fina, como si el cielo estuviera triste de verdad y no pudiera parar. Los autobuses se llenan aún más y salimos de ellos con las piernas húmedas de los paraguas de otros.

Salgo por ahí. Al teatro, a tomar algo, a no hacer nada, que ya es mucho. Conozco a gente. Complico mi agenda. Me cuelo en conciertos. Sonrío en tres idiomas. Hago de anfitriona por primera vez.

Shanghai, a veces, nos regala días así. Días claros, con luz ya de invierno, en los que el sol invita a un paseo silencioso entre el bullicio reposado del mediodía. Me abro una cerveza. Llevo tres meses aquí y no conozco apenas la ciudad, pero ya me ha calado bien dentro. Como la niebla del río.

Y estoy, con una Suntory bien fría y unas botas nuevas, deseando compartirla.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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