De pandas y cobras

No sé si lo he dicho ya, pero mis alumnos son unos cielos.

Puestos a elegir, por mucho que me meta con ellos, prefiero mil veces su timidez asustadiza al descaro perezoso de otras nacionalidades que mejor no mencionar. Además, a la nada que se les implica, son trabajadores, curiosos, y, viendo el contenido de sus exámenes, tremendamente imaginativos.

Donde me vean, y aunque se hayan despedido de mí hace cinco segundos,  me saludan agitando la mano con una sonrisa, antes de que suene la sirena les puedes ver trotando con su desayuno hacia la puerta si no es que están ya sentaditos bien formales, y a la salida de clase, siempre me rodea un grupito entre admirados y orgullosos de poder charlotear informalmente con la que llaman “profesora” mientras el resto del mundo universitario de este lado del Huangpu nos miran y remiran a nuestro paso.

Siempre están dispuestos a hacer cosas por mí. Ya sea ayudarme a configurar Internet, comprar un par de botas por Taobao, enseñarme dónde está la mejor piscina del distrito o descubrirme al peluquero más estiloso del barrio, sólo hace falta insinuarlo para tener una, dos y hasta tres guías sonrientes y solícitas que siempre se empeñarán en invitar a todo.

Lo malo es que tanta atención cansa. Después de cuatro días a jornada completa usando un español docente, didáctico y carente de toda ironía y doble sentido, lo que menos me apetece durante mi tiempo libre es verles las caras y escuchar paciente sus voces vacilantes en las personas verbales, y lo que más, una conversación en la que interrumpir al otro las veces que me venga en gana y poner a caldo (venenoso) a todo bicho viviente. Me apetecen trayectos silenciosos en metro durante los que ordenarme la cabeza y, sobre todo y en defitiniva, me apetece hacer lo que me salga de las narices sin que me vea nadie de lo que, a fin de cuentas, no deja de ser mi lugar de trabajo.

Y eso implica tener que pasar buena parte de mi tiempo poniendo diplomáticas y elaboradas excusas a todos los alumnos que me proponen actividades extraescolares para poder compartir cuanto más mejor con su joven y atareada profesora. Y yo necesito mis horas a solas. Sin ellos. Sin esa admiración o esa cortesía servil que roza el peloteo y esa sorpresa casi asustada cuando mi fin de semana, a diferencia del suyo, no ha consistido en dormir o navegar por Internet y se me ocurre comentar que he ido a un concierto o a una exposición, que fui y me volví sola y que no me perdí en el metro ni me asaltaron los hombres malos.

Ahora, ya intento callarme las cosas. Porque las concesiones y las confidencias tienen las mismas consecuencias que en cualquier otro sitio. La principal se llama pagafantismo.

El otro día, uno de esos alumnos detallistas, que conoce mis gustos, me comentó que había comprado vino y queso. Por Internet. Porque aquí todo lo compran por Internet, desde la ropa al papel del váter. Y que si estaba libre por la tarde. Mis tardes son mías, para pensar y criticar y blasfemar mentalmente en mi bendito idioma libre de ataduras didácticas, pero acepté porque, lo reconozco, la imagen de un bodegón de uvas, pan, queso y vino tinto me tocó la vena nostálgica en medio de las Tsingtao de medio litro, el tofu de la casa y el arroz hervido.

Va, venga, quedamos en el comedor de mi edificio, le digo.

Y llegan las seis y media y le veo aparecer con su mochila, mirada huidiza, sonrisa nerviosa.

Pues, pedimos un par de platos y luego subimos, me dice el colega.

Subimos, a dónde, le respondo, lo siguiente a mosqueada, aunque aquí ya hasta cuando me mosqueo sonrío.

Y me señala al techo como si ahora yo fuera la alumna y hubiera que explicármelo todo. Claro, a tu cuarto.
Aquí yo ya me parto de risa.

O sea, que mi querido y avispado alumno se estaba autoinvitando a mi cuarto a beber vino en lo que ya pasa de ser una muestra de cortesía a una especie de cita que yo, a saber por que clase de subterfugio mental, estaría obligada a aceptar igual que he aceptado pasteles de luna o dulces típicos de la ciudad natal de Fulanito Chen. Lo dicho, para partirse.

Le digo que no bebo en mi cuarto. Que si quiere, la abrimos en el comedor, y que si no, naranjitas de la China. Y claro, se me cortocircuita. A quién se le ocurre, beber vino en el comedor, qué dice esta loca, con lo bien que estaríamos en su habitación a la luz de sus velas del IKEA, imagino que piensa.

Pues mira, pipiolo, por ahí no paso. Como nadie te ha pedido que compres Rioja por Internet, o hacemos lo que digo o te lo bebes tú solo. Porque la única persona que puede traspasar el umbral de mi cuarto con motivos etílicos es mi novio, que por cierto, viene en enero y es el doble de grande que tú . Y no se si te has dado cuenta de que no paro de hablar de él a ver si todos os coscáis de que, por ese y otras razones, todo lo que os voy a enseñar en profundidad  va a ser el uso adecuado de los pronombres demostrativos.

Esto último, claro,  me lo callo. Me callo porque yo también he tenido veinte años, porque soy una mujer educada y porque no sé si comprendería la palabra pipiolo.

Lo dicho. Angelitos. Menos mal que la cobra, por suerte, no es especie autóctona.

 

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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