Las escapadas (I)

“Deberías ir a Hangzhou. Es muy bonita. Tiene un lago”

Una vez llegas, es muy fácil dejarse engullir por la rutina de una gran ciudad. Especialmente, por la rutina de esta gran ciudad. Pero cuando te asientas y miras un poco alrededor, ves (aparte de las millones de cosas que hay que ver, claro), primero, que, como en Madrid o Barcelona, muy pocos (muy orgullosos, eso sí) son realmente de aquí; y también, que se puede viajar a cualquier parte del país con dos duros y un paquete de fideos envasados.

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la estación de Shanghai Sur.

Shanghai, aparte de incitar al vicio, a la perversión, a las compras compulsivas y al uso de artículos kawaii,  cuenta con nada menos que tres estaciones de tren, dos aeropuertos y de autobuses mejor no preguntar porque con los interurbanos ya tengo suficiente para el resto de mi vida. Y es tan fácil como ir a la estación dos días antes, sin prisas ni agobios (aquí como vayas con prisas o agobios estás perdido) y, si el mandarín no da para tanto, elegir el mostrador english-friendly con la señorita que te asusta farfullando un “no seat” cuando lo que quiere realmente decir es que tu tren no tiene asientos numerados….

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estaba el tren rápido, el normal y el roñoso.

No voy a viajar sola. Viajar solo es un rollo. Menos mal que Elena, que estudia en Nanjing, que fue anfitriona mía allí y se dejó acoger por mí en Shanghai, piensa lo mismo. Para esta escapada conjunta lejos del traficazo y el ruido, elegimos una ciudad cualquiera, cercana y con un nombre que nos suena tan parecido a los de las otras ciudades y provincias como a un chino le sonarían Cataluña y Calatayud.

Creo que es la segunda o la tercera vez que oigo hablar de esa ciudad (más o menos las mismas que mis alumnos las provincias españolas) pero según dicen, es muy bonita y además, tiene un lago.

El tren lento, con sus asientos cubiertos de tapicería de colchón, tarda dos traqueteantes horas. No es mucho, si tenemos en cuenta que ha costado 29 yuanes…

Llueve en Hangzhou cuando al fin el tren se para. Al ritmo del “fapiao fapiao” de los revendedores de billetes, busco un YonHe King (una especie de McDonald’s especializado en leche de soja y porras, sí, porras) con wi-fi desde el que esperar con un té caliente a Elena, que  me ha llamado hace poco para decirme que llega con retraso. Ha sido una suerte conocerla. Ambas somos capaces (ella más que yo) de regatear por un souvenir, de mentarle a la madre a algún pesado o de chapurrear un poco sobre el fútbol, los toros o lo mal que está la cosa en España. No tengo que esperar mucho hasta que los veo aparecer, a ella y a su mochila. Nos pegamos un abrazo ante la sorpresa del grupo de universitarios que merendaba en ese momento y nos soltamos a cotorrear como si nos hubieran dado cuerda.

Protegidas bajo mi paraguas transparente comprado en un “todo a diez yuanes”, nos hacemos con un mapa, preguntamos aquí y allá y damos con el autobús correcto. Son las ocho de la tarde cuando llegamos al hostel, dejamos las cosas en la habitación mixta con ocho literas y nos vamos a por unas cervezas.

El fin de semana no ha hecho más que empezar.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

One Response to Las escapadas (I)

  1. Que manera de joder con el cliffhanger, colega!

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