Proverbial calidez ibérica

Conocí a Saiketa hace unos meses, en el Instituto Cervantes. Ella acababa de volver de estudiar un año en España y tenía la boca llena de Albaicín y la cabeza mareada de horas de vuelo. Nos intercambiamos los teléfonos y, por esto de borrar mensajes a lo tonto, terminé perdiendo el suyo.

El día de Nochevieja, recibí un mensaje. Era ella, me invitaba a una fiesta. Yo tenía ya planes, pero me alegré de haber recuperado el contacto de aquella shanghainesa alegre y ya contaminada sin remedio del sol y del acento granaíno que parece salirle del alma cuando dice, por ejemplo, mercao. Quedamos ayer, con la excusa de intercambio chino-español, para beber vino blanco en uno de esos sitios tranquilos, elegantes y tremendamente pijos de los que está plagada Shanghai, y me alegré aún más de tener otra vez su número en la agenda.

Le conté lo que me había pasado, le di las gracias por llamarme.

No es nada, dijo ella. Sé lo que es estar sola en una ciudad.

Qué gracia, pensé. Qué gracia que me digas esto, Saiketa, cuando prácticamente todos los españoles que he conocido aquí, aparte de ser una panda de gilipollas integrales que se quejan de no encontrar fácilmente materia prima para un buen cocido madrileño, no hayan mostrado un mínimo interés por los recién llegados más allá del dinero que hacen, de la zona en la que viven o de las copas que se hayan tomado en el sitio más de moda del Bund.

Qué gracia, precisamente, cuando el otro (y único) profesor español de mi propia facultad, un floreciente e intachable hombre de negocios, no haya tenido la decencia de invitar a un café siquiera a la nueva profesora que viene de nuevas y sin conocer a nadie. Al menos, cuatro meses después, se le ocurrió, eso sí, enviar un mensaje de texto a ver qué tal iba todo.

En mi cabeza pasaron fugazmente las horas transcurridas con ese grupúsculo de expatriados de la piel del toro que bebían cerveza china en el café estilo parisiense y que parecían estar tan a gusto juntos, en gueto y compañía, que se les habían quitado las ganas de conocer a más inmigrantes forzosos y que miraban por encima de su visado de trabajo en un implacable “y tú de quién eres”. Me reí, por dentro y a carcajadas, del tópico del español hospitalario. Agradecí interiormente a mis amigos de New Mexico, Kansas, Nueva York, California o Florida, por no hablar de los japoneses o los chinos, por todos sus favores y muestras de confianza. Pensé también que, por pura matemática, si en mi propio país me había costado más de veinte años encontrar un puñado de verdaderos amigos entre cuarenta millones de gilipollas, más me iba a costar encontrar algún colega entre los miles de egos henchidos de negociantes, bibliotecarias resentidas y ejecutivos en jefe de empresas de tapones de Nescafé. También pensé que ellos, sus hijos con plaza en escuela internacional, su ayi, su etnocentrismo y sus taxis se podían meter las fiestas y reuniones de la madre patria por el mismísimo culo.

Sonreí a Saiketa. Pues sí, tienes razón.

Brindamos brevemente, seguimos charlando, luego nos fuimos a otro sitio a cenar y, al despedirnos ya en el metro, nos cascamos dos besos.

Al profesor español estuve por responderle que de puta madre, que gracias por el café, que muy rico, pero no sé si lo iba a pillar.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

One Response to Proverbial calidez ibérica

  1. Quédate solo con la gente que entiende lo especial que eres :*

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