我爱宜家: Tráfico de muebles

Ahora que Pierre Patán, en un arranque de valentía, temeridad y alegre inconsciencia, ha decidido venirse aquí a Shanghai a pasar unos meses, es hora de recapitular algunas ideas sobre mi ciudad de acogida. De volver a conocerla, y no hablo sólo de volver a los jardines Yuyuan.

Aparte de que, como bien se ha percatado mi huésped e invitado de honor, se habla casi solamente chino (Diosmío, ahora dependo de ti para preguntar dónde está el baño, no sé ir a ningún sitio y como te emborraches mucho a ver cómo llegamos a casa), una de las primeras cosas a tener en cuenta aquí son las distancias. Las distancias y el tráfico.

Somos más de veinte millones metidos en una superficie de algo más de seis mil kilómetros cuadrados. No nos estorbamos, pero tampoco es lo que se dice cómodo cuando dan las seis, acabas de entrar al metro y de pronto te ves rodeada de una tercera parte de la ciudad a la que se le ha ocurrido la misma idea loca de volver a casa.

El tráfico, vehicular y humano, funciona en base a dos principios fundamentales: las pitadas y los empujones. Pese a todo, resulta hasta divertido: no entiendes los gritos ni los insultos que, por otra parte, tampoco se prodigan salvo por parte de las muy corajudas señoras shanghainesas; aquí para entrar al autobús se sigue esa otra máxima fundamental de maricón el último y hay una gran variedad de vehículos que pueden atropellarte.

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El lunes encaramos una prueba de fuego como pareja: fuimos a IKEA.  Hay dos en Shanghai. Elegimos el del barrio de Xuhui, que está en la orilla oeste del río, como todo lo que mola en la ciudad menos la Oriental Pearl Tower y mi casa. Para llegar, tuvimos que tomar, primero, un taxi hasta la parada de metro más cercana, aunque también hay autobuses que nos acercan. Pero todavía no quiero enfrentar a Pierre a los deportes de riesgo.

Así que, para llegar a este templo moderno de la decoración y el menaje, tenemos que tomar, seguro, dos medios de transporte, a elegir, además, entre unos cuantos más, según prefiramos bus, taxi o coche negro, que son taxis sin licencia, escandalosamente baratos y que se merecen un post aparte.

Tierra prometida.

Tierra prometida.

Y todavía no hemos hablado de la vuelta. Porque, una vez pertrechados de estanterías, mesas, lámparas, velas de vainilla, tabletas de chocolate y hasta una botella muy fea de Absolut que estaba de oferta, hay que volver. Y es hora punta. Y llueve. Y entonces parece muy buena idea acercarse a los tipos enfundados en cazadoras de cuero, que, con las manos en los bolsillos, te dicen hallo y te invitan a entrar a sus furgonetas con los cristales tintados.

Pactamos precio después de que el tío abra los ojos mucho (en serio) cuando le decimos que tiene que cruzarnos al otro lado del río. Aquí se regatea pero servidora es tímida y lo seguirá siendo mientras la bajada de bandera de un taxi normal sean 13 yuanes diurna y 18 nocturna (para dudas y comienzos de envidias, conversor). Subimos a la furgoneta. Hay un colchón en el maletero. Vuelvo a señalarle dónde vamos, que cabe en el mapa de pura coña. Todo hen hao. Llueve a cántaros. Salimos directos al atasco, amenizado por las luces de neón. Y de pronto, el tío agita un papel que no es un mapa. Se pone a hablar por el móvil, deporte nacional sobre todo al volante. Se para en una oscura, oscurísima zona residencial. Nos dice algo que en mi mezcla de cansancio, borrachera de menaje sueco e ilusión por la botella de Absolut, no consigo entender del todo. Se baja, papel en mano, desaparece. Desaparece.

Miro a Pierre. El guarda de la oscura, oscurísima finca, se nos acerca y nos dice que qué onda. Me encojo de hombros, le balbuceo algo. Llego a pensar, idiota de mí que ha ido a buscar a otro colega para que nos lleve porque él no tiene ni idea. Luego, en mi cabeza empiezan a dibujarse presagios de mal agüero. Pierre Patán y Doxa Grey, estafados por un conductor que pasa de llegar a JinHai Lu. Pierre Patán y Doxa Grey abandonados en medio de Xuhui. Pierre Patán y Doxa Grey construyendo una balsa con tablas de mesa VALKSTAR para cruzar el Huangpu. Pierre Patán y Doxa Grey, vendidos a una mafia de traficantes de muebles…

El conductor aparece con otro colega. Abren la puerta de la furgoneta. Viento helador en nuestras nucas. Agarran el colchón y se lo llevan. Entonces nos damos cuenta de que, además del colchón, donde habíamos llegado a pensar que el tío se echaría alguna que otra siesta, quedaba el resto de una perfecta cama sueca de nombre impronunciable. Y, mínimo, tres viajes más mientras nos resignamos a usar los cojines nuevos para una merecida siesta vespertina. Como para unas prisas. Menos mal que aquí casi lo primero que se aprende es a no tener prisa.

Al fin, contra todo pronóstico, el conductor llega, se disculpa en inglés y en chino, le digo que no pasa nada, hombre, y sí, terminamos llegando bien. Bien cansados. Con la perspectiva de pasarnos el día siguiente montando estanterías y mesas, una de ellas con las patas de color rosa chicle, y enmarcando láminas y pósters a ritmo de la última maqueta de la Wicked Wanda. Pero contentos. Y aliviados.

Para la próxima creo que sabré identificar eso de “un momento, jefes, que ya que estamos, dejo esto aquí al lado….”.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

3 Responses to 我爱宜家: Tráfico de muebles

  1. Ferrero says:

    La mafia de traficantes de muebles (y botellas falsas de Absolut) se merece un monigote y tira propia. Yo lo dejo ahí.

  2. Pingback: 5 cosas muy fáciles, 5 cosas difíciles y 5 cosas imposibles de encontrar en Shanghai | Las notas de Doxa Grey

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