De cómo un trozo de queso puede costar lo mismo que un jersey o Guía para no arruinarse en China (III)

A mí me decía mucha gente que la ropa en China era muy barata. Baratísima.

Una tía política me hablaba con la sapiencia del turista de cómo en uno de esos viajes organizados Imperio Milenario en cinco días, autocar va y autocar viene, les llevaron a un gigantesco mercado de ropa de imitación donde, luego de pedirles cifras exorbitadas calculadora en mano y con mucho gestito (jajá, mira el chinito que nos quería tangar, menos mal que yo he estado en Marruecos y sé de qué va esto), los consumados vendedores les condujeron a la Cueva de Alí Babá, la maravilla de maravillas que les daría que hablar durante meses en recomendaciones a primos, sobrinos y hasta nietos: la trastienda. Y compraron. Vaya si compraron.

Me dejarán que les cuente una pequeña verdad, fraguada a base de una infructuosa búsqueda de una chaqueta negra lisa por toda la capital china, de varias visitas (involuntarias y como mera acompañante y a veces, protectora) al legendario Mercado de la Seda de Pekín y a otros mercados del “come here, lady, very cheap”: que les llevan a la trastienda no les hace especiales. Les van a vender la misma mierda. Al precio que ustedes van a pactar en un teatrillo estúpido de gestos ampulosos que culminarán en sonrisas y aparentes amistades para toda la vida y en el que, sin duda alguna, estarán perdiendo dinero. Mucho o poco. Pero están perdiendo dinero.

Nah, llévate poca ropa de invierno y ya te la compras allí, que será barata…

Anónimo.

Ahora les voy a contar otra verdad desagradable que descubrí cuando llegó el mal tiempo y necesité jerseys y chaquetas: la ropa aquí es cara. Y no pueden entrar a ZARA calculadora en mano preguntando por la trastienda. El imperio Inditex aquí es marca de lujo y postín y cualquier prenda cuesta como un veinte por ciento más cara que en España. Lo mismo pasa con Mango (sí, aquí también hay Mango), Forever 21 y no vamos a hablar de Dolce & Gabanna porque últimamente no me cogen el teléfono.

H&M y C&A, por poner un ejemplo, mantienen los precios, que no dejan de ser, para un sueldo como el mío y para la calidad que tienen, una puñalada en el estómago. Y no solamente las marcas occidentales. Las japonesas UNIQLO y Honeys, la si no me equivoco china Hotwind y otras marcas conocidas en el mercado asiático tampoco son lo que se dice una ganga.

Y claro que sí, claro que puedes comprar medias a un euro y jerseys a tres. Pero en el mismo sitio en que los comprarías en España: en un mercadillo (aquí regateando y haciendo teatro) y sabiendo, además, que te van a durar dos días antes de que les ataque el mal de las pelotillas.

Entonces, si la ropa es cara, ¿qué hace la gente que no trabaja de millonario?

Hay dos soluciones a esto, aparte de la ropa del Carrefour o del chándal de imitación del mono Julius que triunfa entre las personas mayores de sesenta años. Pero ya hablaremos  otro día de la moda senior, de los pijamas como traje de calle y del estampado con manzanitas de Apple.

Una posible solución para comprar ropa y no arruinarse es esperar a las rebajas, que por lo que he vivido, hay en verano y (¡benditos sean!) de diciembre a febrero aprovechando la tradición de estrenar ropa durante el Año Nuevo chino y la ausencia (¡benditos sean otra vez!) de Navidad. Y es que aquí hay rebajas de verdad. No esa especie de outlet de ropa fabricada para esa época infame en la que nada te queda bien y nada te gusta salvo lo de nueva colección y donde todo está deliberadamente desordenado para hacerte creer que estás comprando mierda que otros no han querido, pobretona infame. Aquí no. Aquí las rebajas son ciertas. Rebajas en ZARA. Rebajas en UNIQLO, en GAP, en Honeys. Rebajas en (¡oh, dioses!) MUJI. De hasta el 50%. La competencia es mayor (es que son muchos) y no nos libramos de la escasez de tallas ni las chicas XS, pero se pueden encontrar si no gangas, sí bastantes descuentos en camisetas (a unos cuatro euros en adelante), abrigos (a partir de cuarenta) o jerseys (en torno a quince). Mis alumnas se extrañaban de que yo quisiera comprar ropa en octubre. ¡Si no es época! me decían mis chicas como si estuviera loca, ¡se compra en verano o en invierno!. La voz del ahorro es la voz de la sabiduría.

Otra es comprar por Internet. Taobao, otra vez. Mis admirados estudiantes de universidad privada, que saben como ninguno de estilo, moda y marcas, son avezados clientes del gigantesco portal de compra y cada semana o casi cada día el camión de los repartos les hace llegar, con gastos de envío gratuitos o mínimos, cualquier prenda que se imaginen por mucho menos de lo que cuesta en una tienda.

Y es que en una ciudad donde las distancias son tan grandes, aunque haya un centro comercial por cada dos habitantes, comprar online les ahorra desplazamientos, horas punta de metro, autobuses venidos a latas de sardinas y más tentaciones donde dejarse la paga de Año Nuevo. Aunque diferenciar calidades en una página web sea todo un arte que estoy dispuesta a intercambiar con ellos por adecuados usos del subjuntivo. Pregúntenselo a mis botas Dr. Martens de color cereza adquiridas online, con asistencia estudiantil, por 390 yuanes. Poco más de cuarenta euros.

Habrá quien diga que por Internet, por razones obvias, no puedes probarte nada. Bien. Les cuento una última pequeña verdad: en muchos mercados de esos de regateo y ropa barata, no te dejan hacerlo.

Pueden leer los dos anteriores capítulos de la guía aquí y aquí.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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