El turismo y los parques de atracciones

Pepita Pérez quería ir a China. Pepita Pérez quería conocer ese país milenario y misterioso donde comían nidos de golondrina, carne de serpiente y escorpiones a la plancha. Quería descubrir por sí misma las mejores casas de té, los mejores sitios donde escuchar ópera; incluso, si iba acompañada, podría hasta montar en rickshaw o en silla de manos como una dama antigua.

Y Pepita Pérez contrató un viaje por las principales ciudades de ese país milenario y misterioso que tanto la fascinaba desde su cómodo sofá en su cómodo barrio residencial. Y se cascó sus quince horas de vuelo, con tiempo para verse hasta tres veces Adiós a mi concubina para irse ambientando.

A Pepita Pérez la llevaron de ciudad milenaria en ciudad milenaria. Pekín, Xi’an, Shanghai, Suzhou, Hangzhou, Fuzhou, Bazhou, no sé, chico, si todas se llamaban igual, y a Pepita Pérez la hartaron a ver pagodas, templos, Budas gigantes, jardines y parques, haciéndole pagar a la entrada de todos y cada uno de ellos. A Pepita Pérez no le gustó China. Le pareció un país ruidoso, enorme, y, fuera de la zona turística, lleno de mierda. Le pareció un país al que le sobraba gente, donde de repente olía raro, donde todos trataban de venderle cosas y donde resultó que a la hora de la verdad nadie hablaba inglés. Un país que colocaba altavoces en los parques y chabacanas tiendas de souvenirs hasta en el rincón más recóndito de la Gran Muralla. Un país donde los guías parecían robots que les hablaban de usted con una ceremonia demasiado estudiada y sin parar de repetir las palabras “maravilloso” y “típico” como si las hubieran acabado de aprender. Y las pagodas y los templos eran preciosos pero estaban más repintados que la verja de su jardín y a rebosar de chinos y más chinos sacando fotos antes siquiera de poder disfrutar de la vista de alguno de los jardines de Suzhou o Bazhou o como sea, qué más da.

Pepita Pérez volvió decepcionada. China era, en definitiva, un país donde, a la vuelta de una pagoda, una podía encontrarse una señorita cortándose las uñas, un tío escupiendo o unas bragas colgando de una percha. Y no pudo ver ni un solo espectáculo de ópera.

Lo que nadie le había dicho a Pepita Pérez es que la China de verdad estaba justo detrás de las pagodas. Era esa escoba de ramas apoyada en la puerta del templo. Le gustase o no. Y que eso era, precisamente, lo más fascinante de China.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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