Vacíos

Aquí estoy, un viernes cualquiera de los de quedarse en casa, portátil en el regazo, sobre la funda nórdica que compré con uno de mis primeros (y escurridos) sueldos de mi flamante vida adulta, a miles de kilómetros de distancia del lugar que me vio nacer, crecer hasta  odiarlo y querer alejarme de él, primero hacia Madrid, hasta que lo de querer perderlo de vista se me fue un poco de las manos.

 

A todos los que conocí anoche en aquel sitio les dije que llevo seis meses en Shanghai, pero he perdido  la cuenta del tiempo y ya tengo que calcular con los dedos el tiempo que ha pasado desde que llegué, entre devastada e ilusionada, a la ciudad que había dibujado una y mil veces en mi cabeza, una y otra vez.

 

Me gusta vivir aquí por muchas razones que siempre cuento a quien me quiera escuchar. O más bien escribo. Escribo mucho, y miro, a través de la ventanita de las redes sociales, qué hacen los que más me importan. Me cruzo mensajes breves, qué has hecho hoy, qué andas leyendo, qué película viste el otro día, por dónde salisteis el finde, esas cosas que dan la ilusión momentánea de que todavía estoy un poco allí, en la red de contactos inmediatos.

Pero no lo estoy. Y echo de menos estar. Echo de menos ese componente de celebración, de día especial, que tenía ir a comer sushi. Echo de menos las callecitas estrechas detrás de Gran Vía. Echo de menos no tener preocupaciones más allá de estudiar, hacer trabajos y cagarme en la puta madre del sistema educativo sin que eso cambie un ápice mi vida ni mis comodidades. Echo de menos encontrarme a conocidos por la calle, por los bares, en eventos varios, en el metro o en la parada del autobús. Echo de menos conocer los nombres de todos los sitios donde ir el fin de semana o alguna tarde de lunes. Echo de menos refugiarme del frío en un bar cualquiera y pedir un café en vaso que me caliente las manos antes de entrar al teatro. Echo de menos quedar con alguien con sólo diez minutos de antelación. Echo de menos no poder hablar de otras mil cosas con los que me envío mails de trabajos, encargos o consultas. Echo de menos a mi padre porque sólo puedo hablar con él un día a la semana y es el día que peor funciona Internet. Echo de menos a mi madre. A mis amigos. He echado de menos a mi novio todos y cada uno de los días que llevo aquí hasta que ha venido a verme y echo de menos no poder hacer planes ni sobre qué voy a hacer este verano. 

Y a veces me pregunto si merece la pena. 

También pienso que he tardado casi toda mi vida en encontrar cosas que echar de menos. Es doloroso, pero también emocionante, descubrir que se echan cosas de menos. Saber que hay cosas buenas en el lugar que dejas. Esas cosas que estarán esperando cuando regreses.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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