El día que se anegó Pudong

No llueve. Diluvia. Diluvia y se inundan las calles y mientras esperábamos a que amainara no pensamos que podría no hacerlo, y salimos fuera bajo el estruendo del cielo mientras la tierra bulle de pitidos y de voces, y hundimos los pies en el agua que arrastra ramitas y hojas; los hombres fuman resguardados bajo el dosel del gigantesco edificio de un banco que escupe gente sorprendida; otros comen algo de pie en la tienda que no cierra mientras fuera sigue lloviendo sin cesar.

No hace frío, ni viento, sólo cae esta lluvia que desafía a la ciudad y le hace ver que no es tan fuerte, y de pronto imagino el malecón y lo vislumbro inundado, imagino las aguas subiendo y cubriendo las baldosas como nos cubre ya más allá de las rodillas, emergen nuestros pies calzados en sandalias y brillan las uñas lacadas como tesoros de un naufragio.

Llueve y la gente, seria, sostiene los paraguas contra la tormenta. No es la primera ni la última. Hay que llegar (volver) a casa, al trabajo, a donde sea, y llegaremos cuando nos deje la lluvia.

Nos agarramos al teléfono como si pudiéramos avisar a alguien para que apague las nubes. Susurramos mensajes de ánimo, de fastidio compartido, de desesperación temprana y finalmente, de resignación. Para llegar al metro hay que vadear ese charco.

Podría ser peor. Imagina todo esto acarreando una maleta.

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-Hola, soy yo. No te lo vas a creer, pero…

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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