Una jornada cualquiera

Son las siete y diez de la mañana cuando suena lo que se conoce en todos los idiomas como “cinco minutitos más”. Ya me han despertado antes las chicharras de las obras a las seis y algo, y hace bastante que el sol me entra a raudales por las ventanas, aunque mantenga las cortinas corridas. Me preparo un café en mi flamante cafetera francesa y me casco un vial de ginseng antes de desayunar. Ya estoy lista para lo que sea.

Vivo a cinco minutos caminando de mi clase, siete si cuento con el tráfico. Y es que a las siete cuarenta de la mañana el campus bulle. Los alumnos arrastran los pies hacia los edificios de las clases. Les veo desayunando camino a clase, baozis o huevos cocidos o empanadillas, la mayoría sorbiendo de sus bolsas de leche de soja mientras charlan animados. Brilla el sol. Las chicas ocultan el rostro bajo un paraguas o incluso detrás de un libro. Una chica se deja llevar de paquete en la bici, las piernas delicadamente juntas a un lado de la rueda como una reina medieval mientras el chico va sorteando los obstáculos humanos.

Cuando llego, diez minutos antes de que comience la clase, casi todos están ya sentados en sus asientos, siempre los mismos. No me hace falta ni pasar lista. Cuando falta un minuto, los rezagados corren hacia sus sillas con los hombros encogidos mientras me miran de reojo.

Buenos días, les digo, y me responden a coro, sin fallar ni un día, por mucho sueño que tengan.  La mayoría son chicas, para variar. Suena una sirena que recuerda a un reloj de carillón antiguo. Tengo por delante hora y veinte minutos en la que vamos a despiezar un texto en español. Lo han traído (en teoría) leído de casa, pero siempre surgen dudas que sólo de vez en cuando se atreven a formular en voz alta. Mi trabajo es mitad monitora de tiempo libre mitad Rappel y sólo con intuición y mirándoles las caras, que mantienen sobre los libros, puedo saber si se están enterando. Sé que va bien cuando asienten, cuando sonríen, cuando pillan una broma, y hay días que cuando miro a los primeros de la clase y les veo con cara de “qué cojones nos está contando” no sé si reír o llorar o presentar mi dimisión.

Se sienten seguros con las órdenes directas y con el contenido del libro, aunque de atractivo tenga poco. Eso también es trabajo mío. Hoy hablamos de un texto de Washington Irving sobre su viaje de Sevilla a Granada. Aclaramos lo que significa “costumbrismo” y explicamos lo que es un complemento predicativo, aunque se lo saben mejor que los estudiantes españoles de secundaria.

Les voy nombrando cuando hacemos los ejercicios de clase. Se llaman Lluvia, Estrella, Catalina, Laura, Cristina o Luz; Felicia, Cordelia o Isabel; también hay un Alberto, un Mario, un Pedro y un Rodrigo, y mi labor es estar pendiente de que se vayan enterando al tiempo que superan la tentación de mirar de soslayo el Wechat. Les animo a que hablen, a que pierdan el miedo al error. O lo intento.

Cuando llegué, el año pasado, me resultaba una locura comer a la hora en que en España no se nos ocurre ni tomar el aperitivo, ahora ya me he acostumbrado a ir con el sol y comer a las once de la mañana, sobre todo cuando tengo clase a la una de la tarde. Todos me conocen y aunque me hayan visto hace cinco minutos todos me saludan allá donde me vean. Agitan la mano rápido, con una sonrisa, y dicen “hola” muy contentos, incluidos los de otros cursos que aún sólo conozco de vista. Cuando llego a casa, me duele la cara de sonreír y la lengua de hablar despacio. Suelto un par de palabrotas, ya a solas.

A veces me pregunto qué les pareceré. Imagino que menos seria que otros profesores, más gesticulante, más difícil de entender, más zumbada. A saber.

Muy pocos de esta nueva clase saben que tengo un nombre chino, pero entre ellos me llaman 小玫瑰,xiaomeigui,  “pequeña rosa”. Me han dicho que me va bien, que es femenino y un poco sexy. Sólo espero que nunca, nunca, se les ocurra cambiármelo a “capullita”.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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