“¿Vuelves por Navidad?”

Todos mis amigos, especialmente los locales, me preguntan si volveré por Navidad. Y me lo preguntan como si en estas fechas no tuviéramos todos que currar como lo que somos: chinos (auténticos, de adopción, de pega, lo que sea). Porque trabajo en Nochebuena. Y en Navidad. Y tengo el día de Año Nuevo libre por alguna conjunción planetaria que no me explico. El caso es que tampoco me molesta demasiado. Nunca me han gustado las Navidades. Nunca me han gustado las masas colapsando el centro de Madrid en una algarabía de diademas de reno y pelucas de colores, ni el ejército de Papás Noeles de peluche trepando por los alféizares, ni esos estandartes gigantescos con el Niño Jesús bendiciendo a los transeúntes que hacen de los balcones en que se cuelgan algo parecido a naves nodrizas alienígenas; y debo ser una de las pocas españolas que siempre ha rechazado las uvas y el cotillón, aunque sí que recuerdo una maravillosa Nochevieja (o la mitad de ella) con mi siempre añorada Lorena en un bar en medio de la estepa albaceteña. Pero por lo general, mi actitud se puede resumir en que paso. Paso de todo esto y por mí que se borren del mapa mazapanes, polvorones, zambombas y villancicos rocieros.

Pero estos días, en clase, explicando lo que hacemos los españoles en Navidad, me he dado cuenta de que para mí, el día 8 de enero sigue en mi cabeza como uno de los más tristes del año. En mi casa éramos, y somos, de Reyes Magos, y siempre lo seremos. De Reyes Magos en la mañana del día 6. De mis padres levantados hasta tarde envolviendo mis regalos de hija única, y con los que hasta la fecha (y ya soy mayorcita, oiga) siempre, siempre, han acertado.

Confieso que la noche de Reyes siempre me acuesto nerviosa y me levanto impaciente. Confieso que nada me ha hecho morderme más las uñas cuando era pequeña que escuchar a mi padre preparar la cámara al otro lado de la puerta mientras yo esperaba, en pijama y sin desayunar, a poder entrar y comenzar a desenvolver paquetes. Confieso que pocas cosas me hicieron más ilusión que, cuando conseguí mi primer curro de becaria, irme un día de compras de Reyes y dejar también regalos bajo el árbol.  Pienso en el día de Reyes y veo a mi padre desayunando con mi madre y conmigo, sin prisa, sin tener que irse a trabajar a la obra o a alguna casa,  y veo a mi madre, casi más ilusionada que yo, y el roscón, el trozo minúsculo que poco a poco aprendí a comerme sin culpa.

Este año es el segundo que paso el día que más me importa de estas fiestas lejos de casa. Sin nadie que me despierte a decirme que han venido los Reyes. Sin roscón, coño, sin roscón, con lo que me costó apreciarlo. Y eso jode.

Este año el seis de enero cae en lunes y tendré que trabajar. Pero después, por la tarde, por la mañana en España, hablaré con mi familia. Les desenvolveré sus regalos y ellos desenvolverán el mío, aunque bastante regalo es que me acepten y me aprecien aquí, allí o en el quinto infierno. No podré compartir espejo con mi madre al maquillarme, ni podremos irnos juntos a pasar la mañana a algún museo como hemos hecho alguna vez, ni mi padre podrá sacarme fotos como siempre hace (y bien poco que nos gusta a mí y a mi vanidad). Pero sé que están ahí. Que siempre estarán ahí cuando lo necesite para cualquier cosa que necesite, ya sea llorar, reír o tirar muebles contra el suelo. Y eso es lo único que me importa y lo único que intentaré recordar en estas fechas de pelucas de colores, gorros de Papá Noel y villancicos de niños locos. A ellos. Mis verdaderos Reyes Magos.

Felices fiestas.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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