Lluvia, rincones, candados

Hoy llueve anuncio de septiembre, regresos y bienvenidas, comienzos de curso y cuentas mal hechas, pero hace unos días aún chispeaba verano y Will y yo paseábamos de la mano por una orilla del del Suzhou sin perder de vista la torre de Shanghái, envuelta en niebla y en andamios, vigilándola en la lejanía. No hemos dormido más de siete horas en las últimas dos noches. Me guiña un ojo, hey, creo que tuve mucha suerte, y yo solo sonrío, sonrío de verdad, con una de esas sonrisas que él dice me iluminan todo el rostro y que llevo dos días sin descoserme de las mejillas.

Encaramada al manillar de su bici le guío hasta un trozo de la que lleva dos años siendo mi ciudad, y la plegamos con cuidado en una forma distinta, un Shanghái secreto que nos pertenece solo a nosotros, derramándonos en un repecho de cemento sobre los tejados o pedaleando hacia el amanecer a ritmo de una banda punk que sabe a mordiscos en el cuello.

Y fue esa noche, la tercera noche, cuando les vi alejarse cabalgando sus bicis entre la cortina de lluvia rumbo a la torre, y yo me subi al taxi que me llevó a casa y no pude dormir hasta que el mensaje titiló en mi pantalla como una luz de salvamento, lo hemos logrado, y sonreí a la ciudad que clareaba como le sonreí a él cuando llegó a casa tres horas antes de marcharse, aún sucio de polvo de cemento y con jirones de niebla de rascacielos prendidos en la mirada, lo lograsteis, y compartimos la última botella de tinto y los últimos besos y nos aprendimos de memoria la forma de nuestros ojos, es lunes y ya es de día y sorbemos ruidosos la sopa de los mejores xiaolongbao de la ciudad, y le ayudo a meter en el taxi la bicicleta en pedazos mientras le digo al taxista el nombre de la estación (mis ojos gritando la intersección de calles de aquel repecho de cemento donde pusimos nombre a los tejados). Thanks for blowing my mind, me dice él (sus ojos gritando algo que no consigo leer), y yo solo sonrío y no le digo gracias por plegar Shanghái conmigo.

Anoche impartí una clase en una oficina del distrito financiero. Salí tarde, una lluvia fina empañaba las calles. No había mucha gente que pudiera pensar qué hace esa loca, ahí parada, con el paraguas plegado en la mano, sonriendo a los rascacielos como si los viera por primera vez.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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