Reconstruyendo

Paulina me espera al pie del templo Jing’an con ojeras de meses y una sonrisa borrosa. Viene de Corea, concretamente del festival de cine de Busan, donde entre otras muchas cosas se ha tomado un café con Kim Ki Duk, la muy cabrona.

Antes de empezar a darme envidia y a desglosarme malas noticias, delante de una Tsingtao y una tapa hongkonesa, mientras unas señoras con pinta de darle al mahjiang todas las tardes nos atufan de humo y cloqueos, me pregunta que qué tal todo.

Bien, creo, le digo. Ahora vivo a quince minutos de aquí. Trabajo como una china mientras no me cancelen las clases. Miro mi cuenta de banco con miedo pero se me pasa cuando camino por estas calles. Estuve haciendo proyecciones para una institución pero mejor te lo cuento otro día. Empecé a colaborar con un espacio que se ha visto obligado a cerrar pero comenzamos un nuevo proyecto de cine ambulante en un carromato.

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Cuando tengo tiempo y hace bueno me subo por las paredes o camino por una cuerda floja.

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Ah, y no sé muy bien cómo ha pasado pero voy a hacer mi primera instalación el mes que viene. Ya veremos qué pasa.

Te veo bien, me dice ella. Cambiada. Será el pelo.

Ella derrama, como una riada, todo lo que ha pasado con KanKan y con ella desde que nos despedimos este mayo después de una celebración de cumpleaños en que me sorprendió con mi primer pastel en mucho, mucho tiempo. Llora. Abrazo su cuerpo menudo y lacerado de malas nuevas mordiéndome la garganta para no llorar también. Pero a Paulina no se le ha acabado la pólvora que brilla en sus ojos cuando habla. Paulina es capaz de encontrar en el infierno cinco inversores y cien productores y convencerles. Paulina me dice que cuenta conmigo. Que el festival de cortometrajes en el que llevábamos trabajando un año y del que se había derrumbado (o más bien nos habían demolido) una mitad puede seguir ocurriendo, si no en octubre en enero. Y yo le digo que mira, que a mí me viene mejor.

Nos esperan dos semanas de reuniones, planes, cafés, igual pocas horas de sueño y unas cuantas tiradas de pelos. Pero también serán días de dos amigas paseando por una ciudad que amamos y hacemos nuestra, y que verá, bien pronto, lo que somos capaces de construir partiendo de unas ruinas.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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