Todos como cabras

Carne y pescado colgado a secar junto a la colada en las calles. Chorizos adornando las entradas de los callejones. Dísticos y carteles en rojo con caracteres dorados que incitan a la fortuna, a la salud, al dinero. Fotos de nuestros contactos de Wechat en bañador posando en alguna playa de Tailandia, Vietnam u otros paraísos benidormianos. Y la ciudad se vacía. Muy pocos son realmente de Shanghái, y muchos ya estarán de vuelta en sus respectivos pueblos de cinco millones de habitantes regalando sobres rojos a los sobrinos. De los extranjeros, algunos vuelven a casa en una especie rara de post-Navidad. Otros, novatos, deciden visitar alguna parte turística del país (mis condolencias). Otros nos quedamos. Hace menos de un mes que me recorrí la parte este de Taiwán en motocicleta, así que me dan bastante igual las playas de Filipinas o las mimosas que se debe estar cascando alguna de mis amistades en Goa. O eso es lo que digo cuando no tengo un duro y están tramitando mi visado. Es Chuxi, el día de nochevieja, y Tao Wen, mi alumna más incondicional, podrá llegar tarde pero no se pierde ni una de mis clases. Hoy, me invita a café y al cine. Vemos una película de hace más de veinte años. En cantonés y mandarín. Tarareo las canciones de Teresa Teng que por alguna razón me sé y bendigo los subtítulos (solo en caracteres, eso sí).

Paseo por las calles desiertas, me bebo el silencio que emana de los cierres echados de los comercios. Me siento a estudiar en una terraza hasta que oscurece.

Es casi medianoche. Los que se quedan buscan una excusa para celebrar desde una azotea o uno de esos clubes ilegales a rebosar de franceses con más escote que yo. Mayura me acompaña a casa y atravesamos la calle Zhengning hacia el norte iluminadas por el resplandor de los estallidos. Estamos, de pronto, en medio de un juego de guerra contra el cielo en que los vecinos, algunos con un pitillo entre los labios, se dedican afanosos a poner petardos en medio de la calzada. No quiero ser un taxista esta noche, me dice ella. Ni llevar bici, le digo yo. Y nos vamos parando en cada esquina, fascinadas por los fuegos y ensordecidas por las tracas, gritando de emoción como niñas pequeñas, esperando cautelosas cuando distinguimos el brillo de una llama unos metros por delante.

Es mi tercer año nuevo en Shanghái. En el año de la Serpiente, vivía tan lejos que solo pude ver los fuegos en la distancia. En el año del Caballo, me escondí en un bar cuando las explosiones atronaron las calles. Este año lo empiezo rodeada de olor a pólvora, riéndome como una loca. No es mal comienzo, sobre todo teniendo en cuenta que a mí hasta hace bien poco a mí los fuegos me daban miedo.

Feliz Año de la Cabra. O de la oveja. O de lo que queráis.

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Acerca de Doxa Grey
Intrusismo freelance.

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