Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

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Habitaciones con vistas

Abro los ojos. Son las diez de la mañana y he dormido como nunca en varios días, y el sol brilla y por un momento no sé dónde estoy. Entonces veo el bosque a través de la ventana, y recuerdo que anoche nos colamos en aquella casa abandonada en medio del monte, cargados con mantas y botellas de agua, esquivando plantas y telarañas y las sombras que ocultaban el resto de los cuartos, y pasamos la noche en la terraaza mirando cómo se formaba una tormenta y adivinando las formas de las nubes y escuchando el canto de las aves nocturnas y el susurro del viento en los árboles, y después, cuando empezó a llover, nos refugiamos en el salón acristalado que iluminamos con velas y Loky instaló su hamaca frente a la ventana y Piotr extendió una manta fina en el suelo lleno de polvo y restos de pintura seca, y yo me hice una cama digna de una reina sobre una mesa de comedor, y tuve sueños extraños plagados de luces que no podrán jamás compararse con lo que vi al despertar.

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Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

El 17 cubierto de hiedra

Shanghai no se detiene ni duerme y no nos da tiempo a echar de menos, y cuando dicen adiós los amigos parecen decir hasta luego. Cuando te despides, cuando les abrazas quién sabe si por última vez después de una semana de celebración de despedidas, parece que mañana vas a cruzarte con ellos por la calle. Parece que el fin de semana que viene os vais a encontrar en ese mismo bar en el que os habéis deseado buena suerte.

Pero entonces paso por el callejón donde vivía Nick, ese 17 cubierto de hiedra donde bebimos tantas noches. Y da la sensación de que le voy a ver salir de casa, sus pasos rápidos, cuerpo breve, ojos azules, y pienso que en el abrazo que nos dimos no estaba ese adiós que nunca llegamos a decirnos.

Paso por la calle Yongkang, donde vivía Marina y donde dejé mi maleta de la rueda rota más de una semana, y parece que me está esperando junto a la tienda, la sonrisa dulce, la bufanda (ya es verano y aun así me la imagino con bufanda), y odio las despedidas y prefiero recordarla así, acompañándome a la esquina de Yongkang con Xiangyang a encontrarme un taxi, yo cargada con cosas que me regaló y que ahora uso porque es una forma de sentirla cerca.

Camino por el barrio de Hongkou, o voy al antiguo matadero, y pienso que Paula trabajaba allí, y recuerdo la Torre de la Perla desde el ventanal, la bañera llena de Tsingtaos, cómo aprendió más italiano que mandarín, los conciertos, los mitos nocturnos, las promesas y la rabia de no habernos conocido antes.

No volveré a Fudan porque está lejos y porque si cierro los ojos veo el hielo amable de los suyos, le veo haciendo equilibrios en el parque de mañana, o las nubes que mirábamos aquella mañana en su terraza entre los restos de la noche en que se nos ocurrió conocernos.

Y también Xavi y Laia. Y Viktor. Y Guy. Y Marcos. Y todos los que se volvieron y dejaron su impronta en una ciudad que nos borra las huellas y nos emborrona los rostros.

Algunos se van y otros vienen y siempre nos conocemos demasiado tarde. Pero mi ciudad les recuerda. Tengo la esperanza de que ellos también. Quién sabe, quizá algún día raro a alguno le dé por volver.

Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Cuando no ves la película sino que la presentas

Dedicarse a montar eventos, sobre todo eventos alternativos, es como preparar todo el rato tu fiesta de cumpleaños: se lo dices a todo el mundo, nunca sabes cuánta gente va a venir y siempre más de uno te llega con excusas cuando le apetece quedarse en casa o emborracharse en Yongkang (perfectamente comprensible, por otra parte). El caso es que el miedo a quedarte con cara de gilipollas al lado de una tarta imaginaria está ahí.

En cualquier caso, como nos gusta más un sarao que otra cosa, a un amigo y a mí se nos ocurrió organizar juntos una maratón de terror aderezada con conciertos, canciones del RHPS y cortometrajes. Ver El Fantasma de la Ópera desde el palco de arriba de un teatro antiguo construido sobre un aún más antiguo templo budista fue sencillamente alucinante, y escuchar a una buena amiga cantar “I put a spell on you” antes de ver La noche de los muertos vivientes ponía la piel de gallina. Pero en fin, a la mayor parte de la ciudad, enfebrecida con el Mundial aunque los partidos se retransmitan a partir de medianoche, no le gustó tanto nuestra maravillosa idea. Incluidos los traidores de mis amigos. 

Estar trabajando en estas cosas, poniendo mi tiempo, mi esfuerzo y hasta algo de mi pasta por primera vez, me hace darme cuenta de lo difícil que es dar cabida a lo alternativo, especialmente en una ciudad como esta, y lo fácil que es convertirse en un amargado que echa pestes de la falta de movimiento de la ciudad, de la falta de iniciativa, de la falta de energía, de lo vaga que es la gente y de cincuenta millones de cosas más, cuando realmente nadie tiene la culpa: nadie te ha pedido que lo hagas. A nadie le importa si lo haces. A ti te parece que puede estar bien, y por eso te dedicas a ello. No puedes obligar a nadie a que venga a ver cómo destruyes tus horas de ocio del fin de semana. Y punto. Aunque luego te emociones cuando les ves aparecer y tienes a alguien a quien sonreír mientras presentas a nosecuál director iraní hecha un flan de vainilla pero menos. 

Pasar horas decorando un teatro o subiendo y bajando escaleras en plan Looney Tunes me hace apreciar aún más a la gente que, aquí o allá en España, apuesta tiempo, esfuerzo y horas de sueño para poner en pie sus propios proyectos. Por no hablar de esas ganas, como organizador, de salir corriendo del puto teatro o del puto café en cuanto se acabe la mierda que en buena hora se te ocurrió montar. Ah, no, que luego tienes que recoger. Porque sí, los asistentes llegan, ven la película o los cortos y se van, mientras tú llevas ahí más horas de las que se consideran adecuadas para una buena salud mental, y lo divertido es que nadie te ha obligado a nada de esto. 

En resumen: que a veces sale bien, a veces sale mal, a veces sale fatal. A veces vienen cuatro gatos y otras se te llena la sala y otras el sonido empieza a fallar y entonces te llevas la manita al corazón esperando el inminente infarto. 

Lo que está claro es que los hay que, pese a todo, no podemos dejar de hacerlo. Y qué quieren, hoy tendré cara de muerta viviente, pero hasta estoy un poco orgullosa de lo que estamos al menos empezando por aquí. 

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Vacaqué.

Yan se asoma a la sala de profesores de la academia y me dice que siente mucho que haya habido quejas y que ella no tiene ningún problema, es más, que piensa que estoy haciendo buen trabajo.

Digo gracias y entre unos pocos aplausos veo el pulgar levantado y su sonrisa de norteño desde el final del aula donde he impartido mi primera “conferencia” en inglés sobre cine español, y ya está hecho y está bien y ahora solamente tengo que pensar en la brisa de la noche y en los mosquitos devorándome las piernas mientras se me olvida qué hora es.

Esa chica que ya no es profe de chino sino más bien la amiga con quien hago intercambio chino-español los domingos por la tarde y que tiene en mis historias su propia telenovela ahora está sentada en la primera fila el primer sábado que presento una película en el Instituto Cervantes y también está hecho y está bien y es la primera de muchas.

Un buen amigo me dice que qué suerte haberme conocido y yo pienso que qué suerte haberle conocido a él y mantener entre los dos la tienda de abajo a base de comprarle a la amable señora shanghainesa cantidades ingentes de Estrellas de Galicia antes de irnos de concierto.

Escucho por primera vez en mucho tiempo a Jordi Savall y me entra una tranquila nostalgia y decido que cuando vaya a España va a ser para ir al teatro con mi padre.

Acaricio con las puntas de los dedos los versos de Li Bai tatuados en su piel y empiezo a pensar que no debería acostumbrarme, que siempre me pasa lo mismo, que soy una idiota y que se vuelve a su país de hielo y bosques, pero entonces me pierdo y perderse sienta bien y ya no recuerdo qué estaba pensando.

Termina el curso y empieza la vorágine de preparar exámenes. Trabajo en cincuenta mil sitios a la vez y mis amigos se parten de risa cada vez que les cuento que tengo un nuevo proyecto en que pensar en los larguísimos trayectos de metro. Soy esa chica que parece una mochilera o más bien un caracol urbano según cuántos bultos lleve. Me mudo en dos o tres semanas y últimamente no tengo tiempo ni para depilarme esas cejas de cínica. A veces los nervios me desbordan las pestañas. A veces me siento tremendamente inútil. A veces no puedo ni dar dos pasos en la cuerda antes de que me restalle en los empeines. Otras veces, él y yo nos quedamos hasta tarde balbuceando poemas de la dinastía Tang. Otras veces es mañana y me despierto y él me tiende un trozo de fruta de dragón y empiezo a acostumbrarme a lo que para él es timidez pero para mí frío desapego, y nos sentamos a la mesa del café y antes de abrir el portátil y ponerme de una santa vez a trabajar pienso que aún tenemos hasta San Fermín, que además este verano me quedo y que aún me quedan muchas, muchas razones para sonreír a las tormentas de verano.