Los nómadas queremos que la ciudad vea tus cortos

Annelise Charek, artista total, cofundadora del (D.E.P., snifff) multiespacio Basement 6, y servidora, hartas ambas de burocracia, vecinos enfadados y subidas de alquiler, comenzamos hace un mes un pequeño proyecto llamado Nomadic Film Experience que consiste básicamente en proyecciones de cortometrajes de animación en las calles de Shanghái. ¿Qué calles? cada mes, una esquina distinta. ¿Por qué? Pues porque si las señoras bailan temazos en la calle todas juntas, si los vecinos plantan un KTV portátil en el parque y los viejecillos juegan al mahjiang en las esquinas, nosotras también podemos hacer uso de esos preciosos espacios que la ciudad nos ofrece y que están ahí muertos de risa. Y a diferencia de una mesa en el Bar Rouge, esto es gratis.

Mostramos trabajos de hoy y de siempre, antiguos y nuevos, y es por los nuevos por lo que escribo esto, porque no nos gusta bajar cosas de Internet sin permiso que eso está muy muy mal y para todo hay que preguntar antes: Hola, gente que hace cortos de animación, de stop-motion o con marionetas. ¿Os gustaría que os vieran en Shanghái?¿Os subís al carro con nosotras? ¡Escribidnos a nomadicfilmexperience@yahoo.com!

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Gracias, majos. Que sois unos majos.

Ele, ele, ahora en revista

Desde la UAH me pidieron una colaboración para la revista Contrapunto, llevada por los alumnos y profesores de la Facultad de Filología o como quiera que se llame ahora la carrera. El caso es que como me lo pedía Alexandra Chereches, primero, y además, yo tampoco sé decir mucho que no y menos cuando se acuerdan tan bien de mí,  pues me monté un pequeño reportaje-opinión-lo-que-sea sobre lo que significa ser profe de español en China.

No está nada, nada mal compartir portada con figuras como José María Merino y antiguos profesores como Paul Quinn.

Aquí podéis descargar la revista en formato PDF y leer cosas muy interesantes y luego, mis mierdas. Si queréis, claro.

Leila

Cada vez que pienso en Leila, se me dibuja en la mente el vuelo de una falda. Un volante ondeando sobre unos pies calzados en delicados tacones que pisan con esa elegancia, esa clase, que hace que todos se vuelvan a mirarla cuando pasa. La conozco desde hace algunos años, pero cada vez que pienso en ella, vuelvo a esos pasos en la biblioteca, a esa sonrisa que le titila en las comisuras de los labios y a esa melena castaña de princesa de cuento. De reina de las hadas de incógnito en un mundo complicado.

No siempre nos hemos llevado bien. También nosotras, muy semejantes en algunas cosas, hemos tenido que aprender a conocernos. A aceptar que somos afines pero no iguales. Nos ha costado, todavía nos cuesta, a veces, aunque hemos aprendido a arañarnos sin hacernos auténtico daño, porque sabemos que podemos hacérnoslo de verdad y para eso ya está el resto del mundo.

He sido modelo suya, pero antes, y siempre, y siempre, amiga. Por ella me he envuelto en papel de periódico o en hilos de lana roja, he adoptado posturas de araña y de gato, he mordido manzanas envenenadas de tinta y hasta, ay qué pereza y qué sufrimiento, me he tendido desnuda junto a ella.

Porque no sé si lo he dicho pero Leila hace fotos.

Sé lo importante que es para ella lo que hace porque soy la primera que ha visto cómo le tiembla la sonrisa, el pulso y hasta las pestañas cuando tiene una idea encima de las cejas que no le deja pensar en otra cosa que en el encuadre y en el disparo. Sé, y lo supe de la peor manera, lo importantes que son para ella las opiniones de sus amigos, de sus seres queridos. Sé que, Titania en reino humano, cuando dejas de creer en ella se marchita y se apaga. Y no quiero que eso pase porque soy una egoísta que la hice prometer que no volvería a obligarme a pisar un hospital, que no me gusta conocer a su familia en esa clase de ambientes.

Hace un año, le hice una crítica. Una crítica de las mías, de las envenenadas, de las brutales. Esas críticas que invitan a una pelea en el barro. Pero las hadas no pelean en el barro. Me arrepentí por muchas razones como me arrepiento siempre de mis sapos y culebras cuando me sorprende con otra de las suyas y me doy cuenta de lo precioso, y frágil, que es el regalo de tenerla como amiga.

No puedo criticarla. Al menos, ya no por lo que la critiqué un año atrás. Porque, sencillamente, se ha superado. Y se sigue superando. Gracias al afecto de los suyos. Gracias a su empuje, su arranque y su valor. Ha pasado de un mundo de máscaras y muñecas a otro, al de verdad, en el que la Naturaleza y los impredecibles elementos juegan un papel más importante que los recortes y ediciones preciosistas a posteriori. Ese mundo en el que hay cuentos, hay animales, hay amor y luz y algo parecido a la felicidad que me hace sonreír desde la otra punta del mundo.
Aunque claro, nunca le digo nada.

No sé si hoy, que cumple veintiséis años, saldrá también a vender sus fotos en la calle. Si la ven, echen un vistazo. Hablen con ella. Verán si tengo razón en que es una de esas raras criaturas que hacen un poco mejor el mundo.

Merry Language

Yo pensaba que dejando el piano y el coro me iba a librar de las actuaciones navideñas, pero resulta que me estaban esperando aquí. Y es que no sé muy bien dónde está la conexión exactamente, pero el caso es que mi universidad, más que con la rancia facultad a la que estaba acostumbrada, tiene bastante más en común con un arquetípico highschool norteamericano. Para bien o para mal.

Me explico.

Hay que decir es que aquí el sentido del ridículo y de la vergüenza ajena es algo completamente relativo. Por ejemplo, mis alumnos tiemblan literalmente cuando tienen que hablar  delante de sus propios compañeros, a los que llevan viendo las caras desde primero de facultad; y cuando alguno comete un error o, por algún motivo, tiene que distinguirse del resto de la clase, le acompaña un coro de risitas nerviosas.

Sin embargo, nada les impide tomar parte, desde esos primeros tiernos años de la formación universitaria, en un gigantesco talent show bautizado como Merry Language y en el que se involucran alumnos y profesores de todas las facultades de idiomas. Todos, y cuando digo todos digo todos, bailan, cantan, actúan o brincan con todo tipo de atavíos según el espectáculo que quieran elegir y sin ningún tipo de pudor o miedo escénico delante de todo el mundo y en el salón de actos de la universidad. Obras de teatro subtituladas en chino. Pantomimas. Coreografías sexys. Canciones de salsa. Lo que sea.

Y, por ejemplo, ese estudiante de japonés al que en un país cruel como el nuestro hubiéramos bautizado inmediatamente como “el Puerros”, blande contento las verduras en una danza frenética sacada de una serie de animación que todos conocen y todos jalean.

En la universidad de la que vengo, un catedrático enrollado que se sube a un escenario a cantar una canción el día del patrón de los alumnos es automáticamente despojado de toda autoridad al grito de “decano rock decano rock”. Per saecula saeculorum. Aquí, en Merry Language, sería la guinda del pastel. Aquí no cabe la vergüenza o al menos no se demuestra. Es esta cultura amante del karaoke a puerta cerrada, pero amante del karaoke, a fin de cuentas, y no de los himnos de borrachera a a altas horas de la madrugada delante de todo un bar.

Es curioso el contraste. Y, para provenir de una universidad, será naïf, o lo que se quiera decir, pero me parece, también, mucho más divertido. Y mucho más valiente.

No sé si lo he dicho pero nosotros escenificamos una canción de Mecano. Y yo hago de Luna.

Pero sólo porque nadie conocido puede venir a verme.

Libros en pantallas

Esto va especialmente dedicado a los sectarios del papel. A los que defendéis el libro objeto por encima de todas las cosas y podríais pasar horas aspirando el olor de las páginas. A los que miráis por encima del hombro a los lectores de e-book como si ya por ese formato estuvieran condenados a las metáforas baratas del best-seller.

Que sepáis que me encantaría regalaros, a todos vosotros, un traslado de un año a alguna ciudad de China.

Me encantaría que, a la hora de hacer una maleta con restricciones de peso, os vierais obligados a elegir entre todos esos hijos que habéis ido adoptando con el paso de los años hasta que casi os habéis tenido que salir de vuestra propia casa.

A ver qué tal se os daba sacrificar unos en favor de otros que luego, igual, no merecen tanto la pena, y todo esto, sabiendo que cada decisión será irrevocable y que os acordaréis meses después de aquella novela que dejasteis con todo el dolor de vuestro corazón en la estantería de un piso con Internet decente en Madrid, Barcelona o Vilagarcía de Arousa. Hagáis lo que hagáis, os vais a arrepentir. Vais a dejar más de lo que os llevéis en esa maleta a rebosar de cosas que nunca serán suficientes. Y sí, leer en inglés está bien, pero la lengua materna tira y no hay nada como una novela para alegrar un viaje en transporte público y a ver qué hacéis ahora sin apenas una librería en toda la ciudad donde poder ojear las novedades editoriales.

Aquí, en Shanghai, nadie lee en el metro. Nadie lee libros, quiero decir. Nadie tiene las narices a llevarse la versión china de la última conspiración de logias milenarias camino al trabajo por la sencilla razón de que ese viaje le puede llevar fácilmente tres horas. Y con un mamotreto de ese calibre en un vagón abarrotado no se puede maniobrar para conseguir un asiento. Muy pocos son los que sacan, si acaso, un cuaderno, y las novelas de bolsillo parecen estar extintas. Aquí el papel es un lujo. Pero sí se lee. Se lee en los tablet, en los Ipad y, sobre todo, en el móvil.

No sólo chatean, ven videoclips o capítulos de series, juegan al Angry Birds o se sacan fotos a sí mismos como si la pantalla fuera el espejo mágico de Blancanieves: también leen novelas. El bolsilibro busca su formato y lo ha encontrado en esas pantallas minúsculas sobre las que inclinarse (y abstraerse) en una historia de artes marciales durante un largo trayecto entre empujones.

Gracias a ese cacharro que me regalaron hace unos meses, me he sumado, casi más por necesidad que por otra cosa, al carro de los que pasamos páginas a toquecitos de índice. Y menos mal. Porque yo también era como vosotros, como esos que usáis como argumento que el papel huele bien. Ya sé que huele bien. Ya sé que los libros son objetos, maravillosos, cálidos, con peso y tacto y alma, y nada me hizo más ilusión que encontrarme con El héroe de David Rubín en la Biblioteca Cervantes de aquí porque ha sido lo más decente que ha caído en mis manos después de las redacciones de mis alumnos.

Y sí, claro que me gusta el papel. Pero también me gusta saber que puedo consultar mi parada de metro en el propio soporte donde leo. Me gusta tenerlo todo ordenado en un sólo rectángulo de bordes redondeados. Me gusta meterme bajo el edredón con una colección de cómics en formato digital y pasarme las noches, aquí tan tempranas, a la luz de la pantalla, pasando páginas a toques nerviosos porque quiero saber cuanto antes cuál es la próxima aventura de Jesse Custer. O en la vuelta a casa en autobús, una vez asegurado el asiento (que os prometo que no es nada fácil), arrellanarme y en ese trayecto que me sé ya de memoria, abrir en medio de esta lejana ciudad de China nada más y nada menos que los cuentos completos de Manuel Rivas.

Que yo antes era muy de papel, de cartoné y de rústicas. Y lo sigo siendo. Pero aquí, esta es la única manera de poder leer la colección entera de Hellboy en inglés. Y ya que es la única manera de acceder a ellos, no puedo esperar a que salga la versión electrónica de los bolsilibros de Memento Mori.Mientras, voy haciendo una lista de libros para la vuelta. O para hacer decidir a los valientes que me visiten. Que se fastidien.

Si yo venía a un congreso, pero me han liado.

Toda la vida sin saber qué es la semiótica y acabo aquí. Qué es esto.

Elena B., Universidad de Nanjing.

Pues yo voy a hablar de tecnología.

Everardo, Eve (México), Universidad de París.

Van a haber hondonadas de hostias aquí.

Antonio B., gallego.

No sé si han estado alguna vez en un congreso académico. Ni si han estado alguna vez en una ceremonia de inicio de curso de alguna universidad china. Por suerte o por desgracia he vivido las dos por separado. Y puedo decir que una combinación de ambas puede ser, más o menos, como mezclar Coca-Cola con Mentos.

La ceremonia de apertura. Bueno, más o menos. Había más flashes.

Gente, mucha gente. Universitarias con cámaras. Académicos de traje mirando de reojo las acreditaciones de color rosa en un silencioso  y tú de quién eres. Un grupo de música tradicional china nos ameniza con piececitas alegres que sonarían mejor si no nos las hubieran explicado. Y van a empezar los discursos.  Cuando salimos a hurtadillas nos intercepta un cancerbero. You can do that later, now you attend the ceremony. Así todo. Diplomacia, diplomacia.  Ups, sir, where is rhe restroomAl lado del baño hay una escalera de incendios. Aún resuenan los ecos de una melodía de flauta de bambú cuando nos damos cuenta de que ahora toca la foto de grupo. Y ese tío del megáfono se lo va a pasar pipa organizando a todos por tamaños. Al final, después de varios cheese, patata, qiezi (sí, aquí dicen berenjena), la cosa queda bonita. Además, nos regalan algo que parece un termo y un juego de cartas que no sé aún muy bien qué es.

Lo mismo es un recipiente de cenizas y no me he dado cuenta pero eh.

“No estamos en ningún lado y estamos en todas partes.”

Ponentes de todo el mundo. Todos vienen a hablar de su libro. Son expertos en semiótica que también dicen eso de “ay, el chino debe ser muy difícil”, aunque te citan a Deleuze, a Guattari y a quien haga falta, que para eso hemos venido. Toma, una tarjeta. Omiten el “niña” porque eso se lo reservan a las universitarias chinas que revolotean entre las facultades-pagoda, whatcanIdoforyú, followmeplease. 

La mentalidad holística y una posible broma semiótica a la hora de organizar los signos, los símbolos y el nombre de las putas sedes hace que encontrar una mesa redonda se convierta en una especie de gyncana. Y te ríes. Te ríes porque ay, esto ya es el arroz de cada día, amigos.

Me escabullo de la comida oficial en mesa giratoria y de la ópera Yuequ especialmente diseñada para alimentar la imagen de la China milenaria que tienen todos los turistas por muy académicos que sean.  Estos días me quedo en la residencia de una amiga que estudia aquí. Se nos seca la boca hablando en ese español coloquial que llevamos mes y pico sin usar. Lo primero que hacemos, una vez dejo la maleta con mi ponencia y mi carta de invitación en el undécimo donde vive, skypea y se tira de los pelos cuando Internet le da por saco, es irnos de cañas. Lo segundo, una vez sé cuándo me toca, es tomarnos algo que nos dicen es gintonic. Después de un tiempo aquí, ambas leemos menús, cruzamos la calle y luchamos por los asientos de metro tan bien como los locales, y nos vamos a conocer el kistch nanjiniano. Cuando pienso que lo he visto todo, me vuelven a sorprender.

Aquí, tomando el fresco.

En estos saraos se termina conociendo gente. Raro es que no se congenie y raro es que alguien no te invite a un café, o a lo que aquí llaman café, y estamos todos tan fatal de lo nuestro que terminamos cerrando tratos entrechocando tazas de plástico. Ya lo de que toda la mesa termine resultando medio gallega va aparte.

Al final, lo de menos son las ponencias.

Mira mamá, soy yo.

Yo me lo he pasado muy bien.

El congreso de Nanjing

Pues esto es el cartel del eventomamáAA.

Envié mi propuesta como envío todo: con desgana y hartazgo y pocas horas antes del deadline (lo siento, me gusta más esa palabra que la perífrasis en castellano. Porque sí). Horas después, me decían que estaba dentro. Eso pasó hace varios meses, cuando ya sabía que me iba a China y que Nanjing estaba como a una hora de tren.

Ahora, con el billete comprado y la maleta, como siempre, a medio hacer, me empiezo a dar cuenta de que esto va en serio.

Dentro de dos días estaré en el congreso Semio 2012 en la Nanjing Normal University, en una mesa redonda sobre literatura y espectáculo. Mi ponencia, de quince minutos si no me echan antes,  se titula  Fdez. & Fdez: Postpoesía y Afterpop, y hablaré precisamente de eso, de ellos dos, del trabajo conjunto de Agustín Fernández Mallo y de Eloy Fernández Porta.

Añadiría algo más pero es que me está entrando la risa tonta.

Joder, qué nervios.