Cosas de leer

El mundo aún no era chino y era verano.

Agustín Fernández Mallo, Antibiótico. (Madrid, Visor, 2012).

Los cuarenta grados a la sombra y los treinta y pico nocturnos que se alcanzan en esta ciudad infernal contribuyen a que eche aún más de menos Galicia, sus lluvias inmunes a esperas, sus vinos y esa brisilla al anochecer que se convierte en rascaza cuando pasan de las dos de la mañana.

Y ahora, resfriada en pleno verano y con la silla sincronizada al giro del ventilador, suspiro por esquilmar una biblioteca ajena. Por curiosear, cotillear, husmear todo lo que una persona puede acumular en una estantería durante un determinado periodo de tiempo, arramplarlo y, en un sillón frente a una terraza con vistas al mar, o en la playa, entre gaviotas y pulgas de arena, devorarlo con el placer de las patatas robadas del plato del otro.

De lo que he leído estos días, me da vueltas, y muchas, Cousas de Mortos, de Manel Cráneo, recién editado por Demo Editorial. Historias cortas protagonizadas por aquellos que se quedan (con cada vez menos carne), que observan, que miran impasibles a través de cuencas vacías. Son todo lo que pudieron ser los vivos. Hay curas, filósofos, turistas y hasta peregrinos. Y llegados a este punto, ríen. Qué otra cosa van a hacer. Me gusta porque se huele la música. Porque sus personajes son como chispazos y una vez aparecen quieres saber más de ellos. Por el color. Porque inevitablemente se recuerda a los grandes de la viñeta gallega y piensas que les homenajea sin dejar de abrir un camino. Y porque aún le quedan esqueletos que desenterrar y pronto habrá más, mucho más. Eso sí, de momento, en gallego.

Ando a medias con Antibiótico, el poemario más reciente de Agustín Fernández Mallo. De momento se presenta más árido, más puro, más ¿adulto? No sé, lo estoy procesando. Creo que me gusta. Se me quita la tos cada vez que lo abro y lo voy saboreando poco a poco, a píldoras.

Tengo, también apenas empezada, una pequeña ayuda para esa aventura de #asechinas que me sacaré algún día de la manga. Espectra, de Pilar Pedraza, es uno de esos ensayos de Valdemar que yo desconocía, que me han puesto delante de las narices y para el que cuento con casi un año para extraerle conclusiones.

Porque va a la maleta.  Uno de nuestros anfitriones, y amigo, me confesó que después de tanta mudanza intentaba dejar los libros atrás, que ya repondría.

De momento estoy haciendo cábalas para que una pequeña delegación de estos dispositivos analógicos de lectura, diversión, entretenimiento y comeduras de tarro me quepan en la maleta.

¿Qué libro (o qué libros) os llevaríais a una ciudad de la China?

Lecturas de verano y contenidos que mutan

Hay novelas o cómics que se olvidan a la primera. En el caso de los segundos, suele coincidir ese carácter olvidable con dibujo naïf y propósito grandilocuente. Hay otros, sin embargo, que se te quedan grabados en la cabeza y por que pase el tiempo no se te van de ahí. Ni siquiera tienen por qué ser los más afines a tus gustos ni los más laureados por revistas de tendencias, piaras de críticos o ránkins de librerías generalistas. No tienen por qué haberlos adaptado al cine con bombo, platillo y colores saturados.

Todo este muestrario de obviedades facilonas viene porque a No cambies nunca, de David Sánchez (Astiberri) no le pasa solamente que se te queda en la cabeza como quien te estampa un sello. En No cambies nunca, con colores limpios y palabras desnudas, David Sánchez ha pintado una realidad aséptica que sugiere otro mundo latente y oscuro dominado por el morbo y por la náusea. Juega con la curiosidad malsana del lector y lo hace con todos los referentes ficcionales del cine de género.

Image

Operadas. Seguro.

 

Y eso no es que cueste olvidarlo. Es que, por algún extraño juego de resortes mentales que se maneja a la perfección, cada lectura es completamente distinta. Los tonos verdes y rosas parecen cada vez menos inocentes y desde luego no quiero ser yo la que desenrolle esas vendas o la que desenmascare de gafas opacas los rostros impenetrables de unos personajes a los que, menos mal, no conoceré jamás. O eso espero.

No sé si soy la única. Pero ese placer de leer con el rostro contraído de extrañeza es muy difícil de encontrar.  Y es más difícil poder disfrutarlo más de una y de dos veces. Van a dejar que me ausente otro ratito.

Huerfanitos de cariño

No sé si hay mayor placer que, en un momento dado, puntual, dar rienda suelta a ese lado cabrón que todos tenemos dentro y solazarse con las desgracias ajenas. Las desgracias de alguien que no nos va ni nos viene, que conocemos de pasada, que nos parece un patán idiota y que cuanto más canutas le vengan más gracia nos va a hacer.

Quizá sí que lo haya: que lo cuenten bien. Que lo cuenten como lo cuenta Santiago Lorenzo.

Los huerfanitos, la última novela del autor de la breve Los millones y publicada (en papel ligerísimo) por Blackie Books, es una descacharrante e hiperbolizada serie de desdichas narradas con mucho humor y grandes dosis de veneno y mala leche.

Image

La papeleta que les cae a los tres hijos de un empresario teatral que ha encontrado el mismo placer en joderles la infancia que en el faranduleo es de órdago: porque cuando el padre decide palmarla no les deja otra opción para salvar su economía y su dignidad que la de reflotar el teatro que ha sido la fuente de sus pesadillas y traumas más ocultos.

Y con esta excusa, la voz narradora que elige Santiago Lorenzo va enredando a los personajes en una red de putadas que se van hilando muy fino para hacerles tropezar a cada paso que se atreven a dar entre el polvo y las bambalinas. Sin ningún tipo de compasión. Porque ninguno la merece. Ni la boba de la cuñada, con su voluntad y afición al mundo del espectáculo, ni el director en horas bajas, ni la caterva de tramoyistas que apestan a vejez decrépita, a babas y a esputos, ni los sedientos y declamantes actores.

Ni, por supuesto, a pesar de sus traumas infantiles o sus canciones para llorar (impagables todas) se merece compasión ninguno de los Susmozas, que van pasando, según avanza la trama, de los codazos a las zancadillas. Aunque eso no haga más que perjudicarles a ellos mismos en su desesperada lucha por tapar ese agujero heredado de varios cientos de miles de euros y que les amenaza no precisamente desde un más allá, sino desde un doloroso y acuciante aquí y ahora.

A lo largo de la trama, asistimos a los denodados y absurdos intentos de unos hermanos que han jurado no tener nada que ver con el mundo teatral por montar un espectáculo que funcione en un tiempo récord. No es un argumento nuevo, no es algo que no hayamos visto en cine o no nos hayan contado con mayor o menor pericia.

Pero es precisamente eso, el “mira que te cuento lo que les pasó a estos desgraciados” lo que más atrapa una vez se abre la novela. Y entonces quieres saber más. Quieres saber cuál es la nueva chincheta que les han puesto en medio del pasillo y lo que les pasa es que les cae un cubo de pintura: en un manejo perfecto de los hilos de la narración, Santiago Lorenzo consigue que, en el afán por seguir la progresión de lo que puede ser una hermosa redención pero que siempre apunta a irremisible caída, de pronto salte un resorte que te deje con más cara de bobo que sus protagonistas.

Porque su estilo te alude directamente. Es cercano, es fresco, es cáustico. Es una maravillosa invitación al humor más gamberro. Y claro, después de reírte de esos Susmozas durante más de trescientas páginas, entre lágrimas de pitorreo y carcajadas, hasta les terminas cogiendo un poquito de cariño. 

Yo tampoco sabía que tenía a Lois Pereiro

Ni mi buena amiga y colega Carmen, ni aquella canción de Diadermin, ni esa frase de Manuel Rivas calificándole como “el clásico que tenía la literatura gallega sin saberlo”, ni mi afición a todo lo que viene de esa zona de la que soy medio oriunda más por cabezonería que por genética.

Ni siquiera la primera lectura de ese Poesía última de amor y enfermedad que compré por puro flechazo con su retrato de la portada en que, sobre fondo rojo, me lanzaba un reto de melancolía.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida sin enterarme del todo de que estaba allí. No me imaginaba que estaba vivo, tan vivo, ni que terminaría haciendo tan míos sus poemas y sus aristas de cristal y arena y veneno al óleo, o que sus referencias se llevaban tan bien con las que yo he ido atesorando celosa y avarienta a lo largo de estos años en que me lo he cruzado mil veces sin más atención que la que se presta a un desconocido.

Hablo de Lois Pereiro.

Lois Pereiro, fantasma en vida, es soplo de niebla y humo. Es también música rock, versos oscuros, garitos, se erizan las venas, Bernhardt, Poe, trenes, perennes lentes de sol y meses robados a la Parca. Es la extrañeza de estar vivo.

Ojeras. O arenilla.

El acercamiento, más que biografía, que Jacobo Fernández Serrano firma para Sins Entido, es de lo mejor que he leído en meses. Sobre todo porque ha conseguido traducir a la viñeta la imagen bruta, cerval, de la poesía. Los acontecimientos de una vida marcada sin recrearse en la sordidez. El cómic transpira frescura y humor, y conforma, en las líneas sencillas del trazo y en su baile organizado de viñetas, un completo elogio al vitalismo.

Es imposible no encogerse, no temblar, no reconocerse en esa figura que por fisonomía pareció ganarse las simpatías de la muerte, que maldito sin quererlo buscó en los lugares de su panteón de escritores un lugar donde quedarse, nunca demasiado tiempo.

Vuelvo, ahora bien adrede, a Poesía última de amor y enfermedad con las magníficas visiones con que el dibujante y guionista le rinde tributo al final de Breve encuentro, surrealistas y oníricas y tan bellas que no sabes si llorar sonriendo o sonreír llorando. Me llevo, clavadas en la garganta, las palabras de amigos (Rivas, siempre). Me llevo sus sombras, sus pliegues, las letras de sus versos relucientes como gritos en la noche del papel.

>Me aferro a ellas como a un amuleto de calma antes de cerrar los ojos.

Joder, Lois. 

Por muchos años.

Por si alguna vez fuimos Kyung Seo

Hace cosa de un par de semanas, preparando una ponencia para la facultad sobre la mujer oriental en la cultura popular occidental, mi asistente en tebeos hizo caer en mis manos Novia por Correo (Ponent Mon). Se salía un poco de mi muestrario de fantasmas vengadores femeninos armados hasta los dientes de los que hablaré otro día. Pero esta novela gráfica maravillosa que me duró una mañana tiene, además, esa rara virtud que poseen algunos libros o películas y que, aparte de dejarme pensativa y taciturna durante varios días, es la de generarme una empatía que me termina jodiendo viva. 

A veces llevo gafas y sonrío. Y leo cómics. Más lo primero y último que lo segundo, por cierto.

Kyung Seo, la preciosa coreana que se agencia que el tendero y coleccionista Monty Wheeler, encarna, ataviada con el traje regional de una patria de la que intenta escapar en vano, todas las fantasías alimentadas durante años por revistas y estereotipos. Kyung Seo parece al principio una muñeca más de las que se acumulan en esa tienda de tebeos que está destinada a ser su hogar, su escaparate y su cárcel, una muñeca que escancia té a ancianos amables que (“son los mejores amigos, no compiten”) hablan de artrosis y achaques, o que sonríe condescendiente ante las confusiones que provoca su origen en una ciudad pequeña de Canadá. Qué más da coreana que vietnamita o japonesa. Todas son, para el imaginario occidental de las fantasías de Wheeler, hogareñas, calladas, tradicionales. Todas son la imagen que se tiene de ellas. Según va avanzando el argumento, los intentos de rebeldía de Kyung Seo, que pasan por matricularse en Bellas Artes, posar desnuda en una fábrica, probar el tabaco o planear un viaje con la amiga que encarna para ella de una libertad soñada y muy lejana, van desasosegando tanto como el espectáculo de danza al que  Kyung asiste en la facultad y en el que la desnuda bailarina termina anulada en flecos negros. Como ella. 

Es inevitable plantearse cuántas veces hemos tenido que explicar ante un rostro serio y obstinado por qué eso que hemos hecho no es tan malo como le parece. Cuántas veces nos hemos plegado a una imagen dulce por cobardía, por inercia, por simple miedo a perder un lugar, aunque sea precario y sucio, en este mundo que parece darnos de patadas a cada paso que damos. El trazo fino y elegante de Kalesniko que da vida a ese rostro de muñeca triste y mirada infinita provoca nudos en la garganta y dobleces de corazón.

Se puede ser Kyung Seo sin haber nacido en Corea. Con dieciocho años, o veinte, o treinta y cinco, y una larga lista de complejos e inseguridades. El traje tradicional que excita a Wheeler tanto como su melena de oriental puede traducirse perfectamente en una falda de colegiala, un rol asumido o una actitud complaciente. Una máscara, a fin de cuentas, que oprime el rostro, el cuerpo, la vida entera, y termina en un grito ahogado o en porcelana hecha añicos. El problema es cuando eso se asume. Cuando se acepta un lugar incómodo a falta de más opciones. Kyung Seo se define cobarde. Ella misma se crea su propio lastre. Por eso la lectura de Novia por Correo es tan jodida: porque, con una estrcutura perfecta y una narrativa impecable te recuerda que, efectivamente, se necesita valor para cambiar. Para cortarse la melena corta, muy corta, y desnudarse sin culpa ante una cámara. Para elegir una pasión y entregarse a ella como si fuera lo último que se va a hacer en la vida. Para encontrar un lugar en el mundo que conquistar y hacer propio y poblarlo de vecinos inquietos y curiosos. Se necesitan valor y confianza para ser uno mismo y no el ideal de otra persona.

Manda huevos que a veces tenga que ser un puñado de dibujos lo que venga a recordártelo.

Alguien (pero no nosotros) envenena a los pájaros

Joaquín Rubio Tovar parece, a primera vista, arrastrar un cansancio de varios días mezclado con algún dolor profundo. Especialista en filología románica, musicólogo y profesor universitario entre otras mil cosas, su obra narrativa es culta pero no densa, inteligente pero no pedante. En su prosa certera, tras ese aire de comisario cansado del cuerpo, subyace una especie de música interna y sobre todo, y siempre, humor. Es un humor que nace de ese nada que perder de alguien que sabe, que sabe que sabe y que sabe que no quiere acabar como aquellos que detentan cátedras y viven en una eterna promoción de sus saberes congresos mediante.

libro secuestrado.

La última muestra es la policiaca Alguien envenena a los pájaros, la segunda de la serie protagonizada por el inspector Carrasco, y que presentó en la librería Tipos Infames cuando aún no hacía este frío del carajo para gusto de sus antiguos alumnos, de los asiduos a la literatur y al vino en vaso chato o como en mi caso, a todo a la vez. La presentó Luis Alberto de Cuenca, poeta, letrista y aficionado al cómic.

Joaquín Rubio explicando por qué hay toques fantásticos en una novela policiaca a alquien que no entiende la hibridación de género, mientrasLuis Alberto de Cuenca descansa del sonido de su voz (fotografía: Cristina Serrato).

Pero nadie me dijo que en la novela cabían consejos como este puesto en boca del profesor Enwistle:

-Mire. Tiene usted demasiado talento, un talento muy puro que se malogrará en cuanto se contamine con el sistema universitario y se convierta en un competidor. La competencia lo arrasa todo, y hará que afloren en usted sentimientos mezquinos. Usted debe desarrollar su talento compitiendo consigo mismo. Vaya a congresos y peléese con españoles e italianos, pero no se mezcle con las envidias, los trienios, las cátedras, los premios, todo eso. No se ponga a competir, a calcular los méritos la antigüedad en el cuerpo y los apoyos de los colegas. (…). Mire: esto ha cambiado mucho. Las colaboraciones, los artículos, las reseñas, todo eso que conoce, van a despedazar el tiempo de su vida. Al final no quedará nada de su ocio, del sosiego que necesite. El ritmo se ha hecho angustioso. (…). No puedo inventar nada nuevo cada quince días, ni menos estudiar a fondo un tema. Para escribir hacen falta tiempos largos, silencios, pausas, incluso cierta aridez. Hay mucho esclavo por ahí suelto que se ve obligado a medrar, porque el sistema le obliga, y entonces recicla, corta y pega como dicen ahora, estira párrafos, los abrevia. No se convierta en uno de esos, mejor dejarlo.

Y es que Joaquín Rubio escribe para conjurar a sus fantasmas. Para rendir homenaje a sus seres queridos, que son, sobre todo, los pájaros, la música y los motivos literarios cervantinos. La trama policiaca es una excusa para que Carrasco deambule por el escenario casi mítico de la Mancha, marcado por una suerte de bálsamo mágico, en un viaje alucinado y autorreferencial con tono de farsa colectiva. Aparecen de nuevo personajes de la anterior novela: ahí están Banostangue y su mezcolanza de registros imposibles, la incógnita de dónde se habrá metido el ayudante Manolín o la lucidez sentenciosa de criada de la trágicamente finada Trini, entre referencias al mundo artúrico (el profesor Entwistle), al del tebeo (en la organización de los sistemas de investigación Ejcolanyár o los hergianos Peces y Motores) o al ya mencionado universo cervantino que se referencia y hace farsa de sí mismo como el maravilloso mercadillo posmoderno Manchachic que, me temo, está más presente en nuestras vidas de lo que se imagina el autor.

Alguien envenena los pájaros es un canto de cisne a la filología, a la literatura y sobre todo a un modo de ver el mundo del que cada vez quedan menos exponentes. Existen venenos más implacables que el orín de rata. Pero los hay que, aun con el gesto austero y cansado, resisten. Y les queda aún energía para denunciar al sistema del único modo que saben o de la forma que mejor se les da: mediante la más fina ironía. A Carrasco aún le queda cuerda para rato. Y a uno de los mejores maestros que me ha podido dar la vida, también.

Por muchos años de lucidez.

De Ultrashow y Ultraviolencia

No se puede evitar. Estás haciendo cualquier cosa y de repente ha anidado en tu cabeza una idea loca, muy loca, una parida tan grande o una putada tan gorda que no sabes qué hacer con ella. Una de esas idas de olla que dudas si contársela a alguien porque podría empapuzar de mierda la imagen de persona medianamente seria que puedan tener de ti.

Aunque puede que un día engañes a alguien para que te acompañe a un Ultrashow. Y entoces aparece Miguel Noguera en el escenario, o donde le hayan dejado, con un micrófono y una lista de esas ideas locas. Y las cuenta o  las ilustra con unos dibujos que beben directamente de los desechos de cualquier fanzine punk, del  underground, del primer Crumb, de lo más absurdo, grotesco y enfermizo de nuestras mentes o de nuestras entrañas negras. Son burradas. Burradas muy bestias que se encadenas con otras aún más bestias, a un ritmo endiablado y con una agudeza verbal envidiable. Empiezas a recordar todas esas idas de olla que de vez en cuando se te ocurren y que son sospechosamente parecidas. Esas idas de olla que tienen que ver con gatos, viejas, materia bíblica, materia anal o niños muertos. Y no puedes evitarlo: empiezas a sonreír a lo joker. A reír tapándote la boca como una geisha educada. Y al final, a descojonarte a mandíbula batiente como un tabernero borracho. Y los que están a tu lado, que alguna vez quizá también callaron por vergüenza o por miedo, tanto o más que tú.

Quizá ese día, esa persona que te acompañó sin saber a lo que iba descubra al fin que tienes la mente muy enferma. Puede que te retire la palabra O que también se pida Ultraviolencia para Reyes.

Claro que no es lo mismo que verlo en directo. Faltan las carcajadas. Falta, y de qué manera, la voz aterciopelada y grave que sube el volumen anunciándote que va a hacerla aún más gorda. No es para leerlo después de comer. Es para las caídas de la tarde que te pillen a solas. Para servirse un buen vino con el que no importe atragantarse. Es para enseñárselo a unos pocos escogidos y reír todos juntos alrededor de esta especie de Biblia Negra que va ganando poco a poco adeptos.

Puede que algún día los de Blackie Books ingenien un medio de editar el Ultrashow como experiencia completa. De momento, mientras les financiamos el proyecto, tenemos carburante para rato.