Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.

El turismo y los parques de atracciones

Pepita Pérez quería ir a China. Pepita Pérez quería conocer ese país milenario y misterioso donde comían nidos de golondrina, carne de serpiente y escorpiones a la plancha. Quería descubrir por sí misma las mejores casas de té, los mejores sitios donde escuchar ópera; incluso, si iba acompañada, podría hasta montar en rickshaw o en silla de manos como una dama antigua.

Y Pepita Pérez contrató un viaje por las principales ciudades de ese país milenario y misterioso que tanto la fascinaba desde su cómodo sofá en su cómodo barrio residencial. Y se cascó sus quince horas de vuelo, con tiempo para verse hasta tres veces Adiós a mi concubina para irse ambientando.

A Pepita Pérez la llevaron de ciudad milenaria en ciudad milenaria. Pekín, Xi’an, Shanghai, Suzhou, Hangzhou, Fuzhou, Bazhou, no sé, chico, si todas se llamaban igual, y a Pepita Pérez la hartaron a ver pagodas, templos, Budas gigantes, jardines y parques, haciéndole pagar a la entrada de todos y cada uno de ellos. A Pepita Pérez no le gustó China. Le pareció un país ruidoso, enorme, y, fuera de la zona turística, lleno de mierda. Le pareció un país al que le sobraba gente, donde de repente olía raro, donde todos trataban de venderle cosas y donde resultó que a la hora de la verdad nadie hablaba inglés. Un país que colocaba altavoces en los parques y chabacanas tiendas de souvenirs hasta en el rincón más recóndito de la Gran Muralla. Un país donde los guías parecían robots que les hablaban de usted con una ceremonia demasiado estudiada y sin parar de repetir las palabras “maravilloso” y “típico” como si las hubieran acabado de aprender. Y las pagodas y los templos eran preciosos pero estaban más repintados que la verja de su jardín y a rebosar de chinos y más chinos sacando fotos antes siquiera de poder disfrutar de la vista de alguno de los jardines de Suzhou o Bazhou o como sea, qué más da.

Pepita Pérez volvió decepcionada. China era, en definitiva, un país donde, a la vuelta de una pagoda, una podía encontrarse una señorita cortándose las uñas, un tío escupiendo o unas bragas colgando de una percha. Y no pudo ver ni un solo espectáculo de ópera.

Lo que nadie le había dicho a Pepita Pérez es que la China de verdad estaba justo detrás de las pagodas. Era esa escoba de ramas apoyada en la puerta del templo. Le gustase o no. Y que eso era, precisamente, lo más fascinante de China.

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Cómo empezó todo entre nosotros es una historia que no se puede contar a los padres. Es una historia que se cuenta a los amigos de confianza, en alguna de esas noches, y nos reímos y brindamos y pensamos también que qué raro fue todo, qué rápido pasó el tiempo para que, un año después de aquella noche tan fría, al otro lado del mundo, celebremos en la cumbre más alta del rascacielos más feo eso de que no nos hayamos matado el uno al otro todavía.

Y no sé qué da más vértigo.

Vértigo.

Confesables propósitos para el 2013

Es domingo. El segundo domingo del año. Y yo con estos (impecablemente cortados en bob por mi peluquero favorito de mi chinísimo barrio) pelos. Otros años, a estas alturas, ya me habría hecho una lista de libros que leer, películas que ver y discos que escuchar  conciertos y festivales en los que morir y dejarme los ahorros. Posiblemente, ya tendría alguna entrada comprada al calor de mi hogar con calefacción central, padres amantísimos y colegas permanentemente online obra y gracia de la falta de trabajo, oficio y beneficio de nuestro país. Bueno, pues este año no.

En fin. Sigo los consejos de Norma Jean Magazine (uno de los mejores descubrimientos de esta semana) para mi lista del 2013. Dejo fuera los libros, las películas, lo de ser mejor persona y lo de ahorrar. Aquí vamos.

  • Enviar muchas cartas y muchas postales que para eso voy acumulando en un cajón fotografías de chicas con qipao, armoniosas pagodas y gatitos y ahí están, desbordándose y recordándome lo poco detallista que soy.

  • Tomar un barco, preferentemente rumbo Japón. Preferentemente, no un barco mercante ni un buque de guerra.
  • Probar, al menos, una de las principales artes marciales.
  • Volver a Pekín, aunque sea por saludar.
  • Aprender a manejarme en QQ y en Weibo  casi como mis alumnos, o al menos, casi como dicen que se maneja el otro profesor español que me cae tan bien.
  • Aprender a comprar por Taobao y no dejarme tentar por miradas como éstas:

    -Atrás, Supremo Señor Kawaii!

    (Bueno, sólo un poco).

  • Conseguir llegar a un nivel de mandarín que me permita, bien que mal, el cotilleo y las cosas de chicas.
  • Volver a posar.
  • Pisar un karaoke con intención de cantar. Con intención de petarlo. Me dirán que estoy en el país adecuado. Quien quiera verlo, que se venga porque yo esa noche me dejaré la cámara sin batería. Huy, qué pena.

Son sólo algunos. Otros, que tienen nombres propios (Inspiriarte, ETDK9th, Libro de Notas y unos cuantos más), por suerte y con todo mi orgullo, no son propósitos, son hechos. Más los que están por venir.

Claro que ya puestos, también me gustaría cenar en lo alto de la Perla de Oriente, visitar el parque de atracciones más grande del mundo y quedarme en Asia hasta que consiga aborrecer el sushi.

Ya veremos.

Instrucciones para…

Me han regalado un IPad. Eso viene a significar que he recibido el Reloj, la bola de hierro del preso de los tebeos, el IPod de AFM (un día muy extraño le hice firmar sus instrucciones, las de mío).

Para con el Ipad, una vez recibido, estoy obligada a mantenerlo, a darle cuerda, a llevármelo conmigo, a cederle una parte (texto, imagen,videos y gorjeos) de mi tiempo, de mi vida.

Me han regalado a un IPad. Y  qué quieren que les diga. Yo estoy encantada.

Y sin embargo

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Y Demeter miró y dijo: <<es una persona delicada, una pequeña cosita: no como mis hijas de pechos profundos que juegan en los campos de Eleusis; se le ven todas las costillas; no merece la pena que baile en mi tierra de amplios caminos>>”

Isadora Duncan, La danza del futuro (1903)

Y aun así, atreverse.

Perspectivas profesionales

nunca sabes cuándo te puede apetecer un análisis sintáctico.

Consuela saber que, después de desaparecer de la terminología de los títulos universitarios, estudiar filología podría considerarse virtud a tener en cuenta, quizá un rasgo exótico, una rareza o una filia supina de nudos, de pies o de lenguas trabadas.

Lo único vetado es mencionar, ni por un instante, las nuevas reformas de la RAE en ortografía.