Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

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Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

No todo el monte es materia de HSK

Llevo estudiando chino desde hace tanto tiempo que ya me da vergüenza, y hasta hace bien poco no sabía cómo se decía “joder” o “eh, eso de ahí es mi pie”. O menos me había atrevido a escribir un mail informal a mis amigos de Pekín o a mis antiguos profesores.  Porque el estudio del chino está enfocado, si no a eso de los negocios y hacernos de oro (porque los que nos dejamos las cejas estudiando mandarín lo hacemos porque es el futuro y nos va a hacer ricos a nosotros y a nuestras familias, o eso nos dice todo el mundpppfffhhmmpphja), a pasar los famosos HSK o a los textos de los libros.

Y qué libros. Gensanta. Conversaciones sobre contaminación mientras hacen eso tan chino que mis alumnos llaman “escalar montañas” (más bien pasear tranquilamente por ellas, pero no les quito la ilusión). Textos áridos sin fotografías o, peor aún,  acompañados de ilustraciones hechas por los pacientes de un frenopático. Y mejor no hablo del contenido que me da la risa. Sin contar con que hasta el examen HSK 5 (el penúltimo nivel) no te hacen escribir tus propias composiciones…

Vale que hay que memorizar. Está claro que para aprender chino o memorizas o estás perdido. Hay que saberse al dedillo cada trazo, cada radical, cada carácter, cada puto refrancito de cuatro caracteres, y puedes pasarte tranquilamente un año entero hasta que pillas el tranquillo a eso de escribir. Pero también hay formas divertidas de practicarlo, o al menos de eso intento convencerme para no cortarme las venas cada vez que no me acuerdo de cómo se escribe “gel de baño”.

No pretendo hacer una guía de nada, pero, aparte de mi manual del HSK y mi flamante libro de insultos y slang, yo intento usar esto cada día un rato para mejorar el nivel de lectura y escritura:

Wechat. La aplicación reina, para el móvil o el Ipad. Usada sobre todo por chinos y una mezcla entre Whatsapp, Facebook y Grinder (sí, Grinder), es una buena forma (sin ironías) de conocer a gente a la que seguramente no vas a ver la cara en la vida, pero que se comunican de forma totalmente natural y claro, en mandarín. ¿Que por qué se dedican a hablar con desconocidos? Pues por la misma razón que tú: porque en la oficina se aburren un huevo. Prueba a “mirar alrededor” y a soltar alegremente 你好。Vale igual para QQ.

Aplicaciones para leer cómics. La mayoría son gratuitas, y te permiten descargar revistas de mangas variados, o tiras cómicas, o lo que sea. Son bastante divertidos y aunque el dibujo deje bastante que desear, no hay nada como ver que estás siguiendo la historia y que además, vas aprendiendo expresiones y usos de estructuras gramaticales. Con poner en el buscador de la Appstore “漫画” (Cómic) hay sopotocientas mil para dar y tomar. Me hizo mucha gracia 宅男宅女上班趣, algo así como “Los frikis de la oficina”, que son tiras cómicas y se leen de una sentada.

 Weibo, en su aplicación para móvil, también tiene acceso a cómics, por la cara también.

ChaojiShengnü, 超级剩女. La “supersoltera”. Webcómic dedicado a todas las mujeres de más de veinticinco años que sufren presiones de sus familias o de otras mujeres para que se busquen un novio que en la mayor parte de los casos no vale para tomar por culo. En chino con pie de foto en inglés.  Tiene página en Facebook que va informando de las actualizaciones.

Telenovelas. Hay equivalentes chinos a Amar en tiempos revueltos, 7 vidas o Cuéntame, e igual de infumables o peores, todos colgados en Youku y con más anuncios que Telecinco. La única que ha logrado engancharme hasta ahora después de muchos intentos fallidos es Miss Puff (泡芙小姐), que ya lleva como cuatro o cinco temporadas contando las aventuras de una ligona pequinesa que se pasa el día bebiendo vino tinto y retando a los hombres con su delicadísima mirada manga.

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Revistas en papel. De lo que sea. Manualidades. Cocina. Música. Cine. Cosas de chicas. Son relativamente baratas (alrededor de dos-tres euros) y con una puedes tener para largo. Geniales para aprender frases hechas y vocabulario actual. La putada es que a España llegan pocas, por lo que casi mejor hacerse con las versiones para tablet, casi siempre gratis.

Stalkear. Parece una tontería. Pero desde que espío a mis alumnos en los muro de QQ/Weibo/Wechat estoy empezando hasta a captarles cuando dicen palabrotas…

Esto es todo. 加油!

Pequinesadas

El fin de semana pasado visitamos Beijing. Era mi tercera vez en una ciudad que me fascinó la primera vez que puse un pie en ella, en 2009, y que me terminó de enamorar cuando volví, en 2010.

He vuelto de este viaje con la garganta hecha trizas y, además, un poco decepcionada.

Supongo que es porque no soy la misma que hace tres años y que después de la vuelta a España y de un tiempo en Shanghai soy ya capaz de verle los defectos a lo que me eclipsó las primeras veces, pero me he encontrado una ciudad incómoda (tanto para el que trabaja como para el que la visita), sobreexplotada, con muchísimos turistas,  muchísimos listos intentando timar a los turistas y muchísimos mendigos (la mayoría, además, con niños) pidiendo dinero a los turistas, cada grupo más ruidoso que el anterior.

También es porque para un fin de semana largo es inevitable visitar templos, hutongs y esa plaza que, obra y gracia de la polución, ya es del mismo color que el cielo, y los circuitos turísticos son eso, turísticos, pero da la sensación de que todo es un inmenso decorado de película de Fu-Manchú. No digo que no me siga gustando, porque le tengo mucho cariño, pero es verdad que la veo con otros ojos, y quizá no la elegiría para vivir en ella.

Estas son algunas ideas aleatorias que se me han ocurrido durante esta visita:

-Olvidarse del abrigo porque el día de partida hace sol en Shanghai es una de las cosas más tontas que pueden cometerse al viajar a una ciudad donde se llega a cero grados en abril.

Airbnb nos ha permitido conocer a una hongkonesa encantadora que nos alquiló  un cuarto gigantesco con baño propio, nórdico kawaii, batamanta y opción a hacer uso de su guardarropa. Especialmente indicado para idiotas que se dejan el abrigo en casa.

El gobierno ordena apagar la calefacción central de los hogares cuando empieza la primavera. Sigue haciendo frío. Ajo y agua: es primavera.

-A los pequineses, por alguna razón que no alcanzo a comprender, no les gustan las monedas. Me salen los billetes de un kuai (doce céntimos) y de un jiao (1,2 céntimos) por las orejas.

Los taxistas pequineses, si te ven cara de extranjero, no te recogen. Si te preguntan dónde vas y no les va bien, tampoco te recogen. Y cuando te recogen, a menudo no tienen ni idea de dónde quieres es y te dan millones de vueltas por los múltiples anillos y puentes de la ciudad.

-Los taxímetros no cuentan los tres kuais de más que te suelen cobrar por carrera (por la gasolina) y que te dejan cara de que te están timando todo el rato cuando te devuelven el cambio.

-Quiero conocer al lumbrera que enseñó a todos los vendedores chinos a gritar hallo y darle dos hostias.

-Antonio, un amigo español que vive en Beijing, dice que ellos molan más porque tienen hutongs. Estoy por decirle que, a juzgar por el ritmo de construcción, dentro de nada no van a molar tanto.

-El Templo del Cielo sigue dándole cincuenta mil vueltas a la Ciudad Prohibida.

-Mi amigo Antonio habla chino con acento de Beijing: termina las frases rodando la lengua en el paladar, como si tuviera una patata caliente en la boca. El caso es que le entienden y a mí, que termino todo con a, como oigo en Shanghai, no.

-La famosa calle de los bares de Sanlitun me recuerda cada año más a Benidorm.

-Entrar al baño de un hutong y encontrarte dos señoras cagando ya es mainstream.

-¿Se acuerdan del distrito artístico, el 798, que lo iba a petar en cuanto a arte emergente y donde me compré ese bolso que paseaba orgullosa a todas partes? pues nada, que no termina de emerger. Más bien se está hundiendo. La tienda de los bolsos sigue, eso sí.

-Hemos visto a Mao y parece un Gusiluz.

-No podría vivir en una ciudad en la que me tratan como a una turista todo el rato.

-No me gusta el pato.

-Parece que el panorama de bandas en Pekín es el mismo que el de Shanghai: gente a la que no conoce ni su padre aullando en bares de colegas, con la diferencia de que en Pekín son casi todo chinos y en Shanghai suelen estar formados por el combo expatriado + china (s).

-En Pekín sigue habiendo industria de camisetas bonitas y ropa alternativa que se ponen todos los alternativos de la ciudad.

Cof, cofff. 

-Qué majos son los taxistas en Shanghai, oiga.

El turismo y los parques de atracciones

Pepita Pérez quería ir a China. Pepita Pérez quería conocer ese país milenario y misterioso donde comían nidos de golondrina, carne de serpiente y escorpiones a la plancha. Quería descubrir por sí misma las mejores casas de té, los mejores sitios donde escuchar ópera; incluso, si iba acompañada, podría hasta montar en rickshaw o en silla de manos como una dama antigua.

Y Pepita Pérez contrató un viaje por las principales ciudades de ese país milenario y misterioso que tanto la fascinaba desde su cómodo sofá en su cómodo barrio residencial. Y se cascó sus quince horas de vuelo, con tiempo para verse hasta tres veces Adiós a mi concubina para irse ambientando.

A Pepita Pérez la llevaron de ciudad milenaria en ciudad milenaria. Pekín, Xi’an, Shanghai, Suzhou, Hangzhou, Fuzhou, Bazhou, no sé, chico, si todas se llamaban igual, y a Pepita Pérez la hartaron a ver pagodas, templos, Budas gigantes, jardines y parques, haciéndole pagar a la entrada de todos y cada uno de ellos. A Pepita Pérez no le gustó China. Le pareció un país ruidoso, enorme, y, fuera de la zona turística, lleno de mierda. Le pareció un país al que le sobraba gente, donde de repente olía raro, donde todos trataban de venderle cosas y donde resultó que a la hora de la verdad nadie hablaba inglés. Un país que colocaba altavoces en los parques y chabacanas tiendas de souvenirs hasta en el rincón más recóndito de la Gran Muralla. Un país donde los guías parecían robots que les hablaban de usted con una ceremonia demasiado estudiada y sin parar de repetir las palabras “maravilloso” y “típico” como si las hubieran acabado de aprender. Y las pagodas y los templos eran preciosos pero estaban más repintados que la verja de su jardín y a rebosar de chinos y más chinos sacando fotos antes siquiera de poder disfrutar de la vista de alguno de los jardines de Suzhou o Bazhou o como sea, qué más da.

Pepita Pérez volvió decepcionada. China era, en definitiva, un país donde, a la vuelta de una pagoda, una podía encontrarse una señorita cortándose las uñas, un tío escupiendo o unas bragas colgando de una percha. Y no pudo ver ni un solo espectáculo de ópera.

Lo que nadie le había dicho a Pepita Pérez es que la China de verdad estaba justo detrás de las pagodas. Era esa escoba de ramas apoyada en la puerta del templo. Le gustase o no. Y que eso era, precisamente, lo más fascinante de China.

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Cuando seáis profesores

Yo nunca quise dedicarme a esto. Yo me metí a filología porque me gustaba leer novelas y porque quería escribir novelas, y punto. Pero a aquellos señores catedráticos, a casi todos los que he tenido, se les parecía haber metido en la cabeza que todos íbamos a acabar metidos en la enseñanza.Tuviéramos o no vocación docente.

Y es curioso, porque en esos cinco años, ninguno se molestó en enseñarnos absolutamente ninguna habilidad comunicativa de cara al aula. Ningún recurso que pudiéramos usar a la hora de transmitir los conocimientos que supuestamente estábamos absorbiendo. Me metí en una carrera buscando el conocimiento de la lengua que, decían, no se enseñaba en Periodismo o en Comunicación Audiovisual, pero a nosotros, poco a poco y por obra y gracia de la formación de nuestro profesorado, nos estaban convirtiendo en invisibles. En sabios distraídos. O aún peor. En aburridos.

Estábamos abocados a lo que lo estuvieron muchos de los que pasaron antes por esas aulas: a convertirnos en profesores sin vocación que enseñarían a futuros profesores sin vocación. Y, seguramente, repitiéndonos a nosotros mismos que era algo temporal y que pronto podríamos volver en exclusiva a publicar artículos sobre las úlceras de Alonso Quijano.

El problema es que el sistema ya no puede absorbernos. Son, somos, demasiados. Demasiados para tan pocos puestos de trabajo. Y en la mayoría de los casos, un puesto de trabajo que ni siquiera nos había apetecido nunca.

Estoy al otro lado del mundo haciendo eso de lo que siempre renegué: enseñando. Y ha sido por pura suerte. Dispongo de un tiempo prudencial para decidir si me gusta o no. Dispongo de un tiempo para decidir si, finalmente y pese a todo, tengo vocación o realmente necesito plantearme otra cosa. Pero lo repito, he tenido suerte. Luego leo las noticias, hablo con los compañeros, con la gente de allá, cuando me cuentan lo que vale el pase a unas oposiciones, el tipo de clases que reciben y el tiempo que pierden, me echo a temblar.

Y no sé. A mí todo esto de profesores sin vocación, profesores quemados, clases tediosas y métodos anticuados me da un poco de pena.

Pero lo de esos másteres de enseñanza, hipertrofiados para justificar sus costes, que se han erigido en casi el único medio para un licenciado de optar a un puesto de trabajo que quizá ni siquiera se había planteado nunca, pues qué quieren, me da hasta miedo.

Leila

Cada vez que pienso en Leila, se me dibuja en la mente el vuelo de una falda. Un volante ondeando sobre unos pies calzados en delicados tacones que pisan con esa elegancia, esa clase, que hace que todos se vuelvan a mirarla cuando pasa. La conozco desde hace algunos años, pero cada vez que pienso en ella, vuelvo a esos pasos en la biblioteca, a esa sonrisa que le titila en las comisuras de los labios y a esa melena castaña de princesa de cuento. De reina de las hadas de incógnito en un mundo complicado.

No siempre nos hemos llevado bien. También nosotras, muy semejantes en algunas cosas, hemos tenido que aprender a conocernos. A aceptar que somos afines pero no iguales. Nos ha costado, todavía nos cuesta, a veces, aunque hemos aprendido a arañarnos sin hacernos auténtico daño, porque sabemos que podemos hacérnoslo de verdad y para eso ya está el resto del mundo.

He sido modelo suya, pero antes, y siempre, y siempre, amiga. Por ella me he envuelto en papel de periódico o en hilos de lana roja, he adoptado posturas de araña y de gato, he mordido manzanas envenenadas de tinta y hasta, ay qué pereza y qué sufrimiento, me he tendido desnuda junto a ella.

Porque no sé si lo he dicho pero Leila hace fotos.

Sé lo importante que es para ella lo que hace porque soy la primera que ha visto cómo le tiembla la sonrisa, el pulso y hasta las pestañas cuando tiene una idea encima de las cejas que no le deja pensar en otra cosa que en el encuadre y en el disparo. Sé, y lo supe de la peor manera, lo importantes que son para ella las opiniones de sus amigos, de sus seres queridos. Sé que, Titania en reino humano, cuando dejas de creer en ella se marchita y se apaga. Y no quiero que eso pase porque soy una egoísta que la hice prometer que no volvería a obligarme a pisar un hospital, que no me gusta conocer a su familia en esa clase de ambientes.

Hace un año, le hice una crítica. Una crítica de las mías, de las envenenadas, de las brutales. Esas críticas que invitan a una pelea en el barro. Pero las hadas no pelean en el barro. Me arrepentí por muchas razones como me arrepiento siempre de mis sapos y culebras cuando me sorprende con otra de las suyas y me doy cuenta de lo precioso, y frágil, que es el regalo de tenerla como amiga.

No puedo criticarla. Al menos, ya no por lo que la critiqué un año atrás. Porque, sencillamente, se ha superado. Y se sigue superando. Gracias al afecto de los suyos. Gracias a su empuje, su arranque y su valor. Ha pasado de un mundo de máscaras y muñecas a otro, al de verdad, en el que la Naturaleza y los impredecibles elementos juegan un papel más importante que los recortes y ediciones preciosistas a posteriori. Ese mundo en el que hay cuentos, hay animales, hay amor y luz y algo parecido a la felicidad que me hace sonreír desde la otra punta del mundo.
Aunque claro, nunca le digo nada.

No sé si hoy, que cumple veintiséis años, saldrá también a vender sus fotos en la calle. Si la ven, echen un vistazo. Hablen con ella. Verán si tengo razón en que es una de esas raras criaturas que hacen un poco mejor el mundo.