Quién me mandaría

Hola, me llamo Rosalía, soy profe aunque me escueza, me dedico a organizar saraos aunque no me paguen un duro por ello y, cuando vienes a uno de esos eventos con los que te he dado la paliza como dos meses, me comporto de la siguiente forma: 

-te saludo cariñosísima aunque te haya visto hace dos horas. 
-de hecho te he saludado igual de cariñosa hace dos horas pero no me acuerdo. 
-a lo mejor no me acuerdo ni de tu nombre. 
-no soy yo, soy un camaleón que mira a todas partes no vaya a ser que me pierda algo.
-te pregunto lo mismo cinco veces.
-soy un pez-camaleón.
-qué chico más guapo.
-seguro que tiene novia. 
-si yo realmente a quien quiero aquí es al maldito punki.
-ya te he contado mi historia con el punki pero te la voy a contar otra vez. 
-estoy pensando en irme a mi casa y acurrucarme en posición fetal en una esquina.
-llevo pensando en irme a casa desde antes de que comenzara el sarao.
-vaya chapuza nos ha quedado y todos se están dando cuenta.
-todo el mundo es mil veces mejor, qué cojones hacemos aquí. 
-necesito otro café. 
-este no se acuerda de mi nombre porque le caigo mal.
-caigo mal a todo el mundo.
-no sé por qué la gente quiere colaborar conmigo si soy lo peor.
-algún día todos se darán cuenta de que soy lo peor.
-me voy a acurrucar en esa esquina. 
-voy a por otro café. 
-socorro.
-Lo estáis pasando bien, ¿verdad? ¿Verdad?
-me están mintiendo, soy una pesada y no lo están pasando bien. 
-en realidad hay gente que ha venido aquí a reírse de mí y de mis sombreros.
-me voy a casa y no voy a salir de ese rinconcito en un mes por lo menos. 
-¿otro evento? ¡De puta madre! ¿Cuándo? Se me acaban de ocurrir un par de ideas que… ¡Hablamos, ¿vale?! 
-Y vuelta a empezar. 
Gracias a todos los que me aguantáis en estos momentos. De verdad. 


Todos como cabras

Carne y pescado colgado a secar junto a la colada en las calles. Chorizos adornando las entradas de los callejones. Dísticos y carteles en rojo con caracteres dorados que incitan a la fortuna, a la salud, al dinero. Fotos de nuestros contactos de Wechat en bañador posando en alguna playa de Tailandia, Vietnam u otros paraísos benidormianos. Y la ciudad se vacía. Muy pocos son realmente de Shanghái, y muchos ya estarán de vuelta en sus respectivos pueblos de cinco millones de habitantes regalando sobres rojos a los sobrinos. De los extranjeros, algunos vuelven a casa en una especie rara de post-Navidad. Otros, novatos, deciden visitar alguna parte turística del país (mis condolencias). Otros nos quedamos. Hace menos de un mes que me recorrí la parte este de Taiwán en motocicleta, así que me dan bastante igual las playas de Filipinas o las mimosas que se debe estar cascando alguna de mis amistades en Goa. O eso es lo que digo cuando no tengo un duro y están tramitando mi visado. Es Chuxi, el día de nochevieja, y Tao Wen, mi alumna más incondicional, podrá llegar tarde pero no se pierde ni una de mis clases. Hoy, me invita a café y al cine. Vemos una película de hace más de veinte años. En cantonés y mandarín. Tarareo las canciones de Teresa Teng que por alguna razón me sé y bendigo los subtítulos (solo en caracteres, eso sí).

Paseo por las calles desiertas, me bebo el silencio que emana de los cierres echados de los comercios. Me siento a estudiar en una terraza hasta que oscurece.

Es casi medianoche. Los que se quedan buscan una excusa para celebrar desde una azotea o uno de esos clubes ilegales a rebosar de franceses con más escote que yo. Mayura me acompaña a casa y atravesamos la calle Zhengning hacia el norte iluminadas por el resplandor de los estallidos. Estamos, de pronto, en medio de un juego de guerra contra el cielo en que los vecinos, algunos con un pitillo entre los labios, se dedican afanosos a poner petardos en medio de la calzada. No quiero ser un taxista esta noche, me dice ella. Ni llevar bici, le digo yo. Y nos vamos parando en cada esquina, fascinadas por los fuegos y ensordecidas por las tracas, gritando de emoción como niñas pequeñas, esperando cautelosas cuando distinguimos el brillo de una llama unos metros por delante.

Es mi tercer año nuevo en Shanghái. En el año de la Serpiente, vivía tan lejos que solo pude ver los fuegos en la distancia. En el año del Caballo, me escondí en un bar cuando las explosiones atronaron las calles. Este año lo empiezo rodeada de olor a pólvora, riéndome como una loca. No es mal comienzo, sobre todo teniendo en cuenta que a mí hasta hace bien poco a mí los fuegos me daban miedo.

Feliz Año de la Cabra. O de la oveja. O de lo que queráis.

Pocos, pero algunos tengo

Mucha gente me pregunta que por qué yo, pobre laoshi, no enseño inglés. Que por qué no enseño a niños. Que es fácil, que pagan bien, que dan visados. Y es verdad que aunque no seas nativo, es relativamente sencillo encontrar trabajo en alguna escuela internacional a la nada que te defiendas un poco.

Hace unos días me surgió una oportunidad de trabajo. Y voy a decir que no. Y es que soy una imbécil cabezota con ciertos principios que, mientras pueda, no voy a cambiar por más que me agiten un visado Z delante de las narices.

Lo primero de todo: no me gustan los niños. Yo soy ese ente silenci[s]oso que permanece junto a la cuna sin mover un dedo, no vaya a ser que al bulto envuelto en mantas le salgan tentáculos y se me agarre a la cara. Soy la que murmura “qué rico” o “qué mono” según toque, la que se siente ridícula haciendo cucamonas o que delante de un niño de diez años se queda completamente muda. Los niños, como el baijiu, no son para todo el mundo.
Lo segundo: bastante tengo con intentar enseñar a adultos, como para meterme en una clase de cuarenta xiaopengyous.

Vine aquí para cumplir una serie de objetivos, ideas, sueños, llámenlo como quieran. Y es muy fácil desanimarse, especialmente cuando no llegas a fin de mes, cuando se te traban todos los tonos intentando explicar la cosa más simple, cuando preferirías que te clavaran una chincheta entre uña y carne antes de arrastrar tu culo a clase por la mañana a hora punta, cuando tus alumnos no dan pie con bola. Pero durante mi vida me he contado tantas mentiras que sentir que se las cuento a otro por unos miles de yuanes me da ganas de vomitar. Y eso, vomitar, también lo he hecho demasiado.

No quiero formar parte de un sistema de profesores sin vocación que enseñan algo de lo que no tienen ni idea. No quiero seguir alimentando ese monstruo. No quiero cargar la responsabilidad de educar pequeñas esponjas cuando no sé cómo tratarlas. Y a la vez, admiro profundamente a los que tienen el coraje, las ganas y la profesionalidad de dedicarse a ello, porque es una de las cosas más difíciles del mundo. Y yo soy bastante cobarde.

Estos meses van a ser duros. Me toca seguir estudiando, seguir yendo a clase, organizar proyectos, presentarme a ese maldito examen que tanto me acojona, echar papeles y cruzar los dedos. Pero estoy donde quiero. Haciendo lo que elegí. Sin traicionarme a mí misma.

Eso es lo que me repito cada vez que pago el alquiler, más que nada, para no llorarle a la del banco.

Llegadas, regresos

Es la tercera vez en dos años que me acodo en la barra de aluminio de Llegadas del aeropuerto de Pudong y aún me pongo nerviosa, alomejorhapasadoalgoconelvisadoalomejorsehaperdidoenAduanasalomejorhaperdidoelaviónalomejortodoeraunabromaalomejor. Peleo por mi sitio entre los delegados que ondean pliegos blancos con nombres de empresas y las agencias que anuncian a gritos hoteles y tours por la ciudad, aguantándome las ganas de ir al baño por si acaso aparece mientras; me martillea el corazón y me astillo la piel de los pulgares, y recuerdo cuando esperé a Pedro, o a mi reina de las hadas, con ese alivio medio desencajado del que espera tras la valla.

Ya han pasado las cincuenta delegaciones árabes, los veinticinco mil turistas, los millones de familias gritonas, los tiburones solitarios aferrados a sus maletines y los ejércitos de azafatas, y entonces le veo aparecer, una mochila más grande que él a la espalda y su bici a trozos colgada del hombro, hey babe, y nos abrazamos por encima de la barra de aluminio y también en medio de todas las delegaciones y las familias y los otros que esperan, como si no nos lo creyéramos aún, brillos del verano en su sonrisa mientras dibujamos mil planes; y bajamos del amodorrado autobús ya al pie del templo Jing’An  camino a casa, es increíble estar de vuelta, dice, y yo sonrío y le acaricio la mejilla con las pestañas, nos espera el norte de China, aventuras y sobre todo, las luces de neón de la ciudad que volveremos a plegar para hacer nuestra. Esta vez, bastante más de tres días

Afortunados

En Shanghái, básicamente, hay dos clases de extranjeros: los expatriados y nosotros. He dado clase a esta primera categoría, he charlado con muchos y he visto cómo viven. Suelen venir con piso pagado y traen a su familia, meten a los hijos (un par de ellos, alumnos míos) a escuelas internacionales y he conocido a más de uno que tiene hasta chófer. Digo esto sin ninguna envidia: no le deseo a nadie esta ciudad siendo menor de edad y viviendo con los padres en un pisazo con vistas al río… desde la gigantesca, desangelada y aburrida parte este de la ciudad.

Están los expatriados. Los que pueden permitirse chuletas de ochocientos yuanes, queso azul para la merienda o copas en los clubes del Bund.

Luego estamos nosotros. Los inmigrantes. Con el título universitario, o el máster, aún reluciente, algunas palabras de chino y muchas ganas. Vinimos aquí huyendo del paro, persiguiendo un sueño o por pura chiripa. La mayoría tenemos que compartir piso. La mayoría cobramos menos de lo que deberíamos. Más de la mitad trabajamos de tapadillo. No creo que haya conocido a casi nadie que pueda decir que sabe lo que va a ser de su vida dentro de tres meses. Y sin embargo aquí estamos. Haciendo malabarismos con las cuentas a fin de mes. Echando horas mal pagadas. Combinando tres empleos y sacando de donde no hay para montar una performance, hacer una escapada o pagarnos un billete de vuelta a casa, bien conscientes de la suerte que tenemos porque aun así, cobramos más que un inmigrante local recién graduado venido de Anhui o Zhejiang.

Soy una más. Trabajo por horas. Si me pongo mala, no cobro. Tan simple como eso (tengo fichados un par de puentes por si las cosas se ponen feas, pero ahora como que empieza a hacer rasca). Estudio cuando puedo. Duermo poco. Monto eventos con otra gente que está igual que yo. Y sobre todo, aprendo. Aprendo cada día, con mis amigos expatriados o inmigrantes, con mis alumnas, de las que algunas se dan de hostias con el subjuntivo para algún día irse a España a hacer lo mismo que hago yo aquí: cumplir poco a poco un sueño que un buen día se me clavó en el estómago y me dividió el corazón.

Me fui de España porque me dio la gana. No todos pueden decir lo mismo. Y cada día, mientras camino hacia el metro a restregarme con medio Shanghái soñoliento (el otro medio atesta las calles y huele a panecillos al vapor), miro hacia arriba, al cielo que con suerte luce azul, y me repito que ya que nos ha tocado vivir esto, aunque no sea ni será lo que esperábamos, tendremos que disfrutarlo. Aunque lo de trabajar en domingo siga jodiendo.

Una jornada cualquiera (un año después)

Me levanto a las siete menos cinco. O a las ocho menos cinco. O algo así. Araño cinco minutos más. Me hago tostadas, café, veo a los jubilados del barrio hacer ejercicio a ritmo de música de trompetas de hojalata. Salgo de casa, es otoño, hace sol, aspiro el aroma de barquillos y castañas asadas en la puerta de mi barrio, esquivo las motos, las bicis, los niños con lazos rojos al cuello que engullen baozis camino al colegio, me estrujo en el metro, leo un cómic o dos; o si es tarde, espero a que pase una moto que

A veces me espera Tao Wen, a las ocho de la mañana (eso cuando no llega tarde o yo llego tarde, pero nos entendemos), en su oficina en un piso dieciséis de la calle Nanjing Oeste y hablamos en español sobre trabajo y negocios para terminar hablando sobre la vida en general y los exnovios en particular (mi exnovio era catalán. Y también gilipollas, me dice en perfecto español). Después de Tao Wen, me voy a Lujiazui a otra oficina sobre el río Huangpu y juego con Chris Yan a las direcciones y los colores mientras me recuerdo a mí misma que tengo que hablarle muy despacio. Sonríe cuando le digo que ha estudiado muy bien esta semana.

Otro día veo a Violeta, y cuando está demasiado estresada por el trabajo, me hace exposiciones sobre el origen de palabrotas en chino. Otro día veo a Daniel, y le intento transmitir lo mucho que mola el Don Juan Tenorio, aunque aún no se cree que Ana de Pantoja se dejase engañar tan fácilmente.

Los fines de semana, me esperan nueve chicas que preparan el DELE y me marean con preguntas de gramática. O un grupo que ya ha pasado del “hola qué tal” y ahora aprenden lo que son las tapas.

Me muevo. Cambio mi camino a clase cada día. Veo cambiar las frutas que venden en las calles y el color de las hojas de los castaños de Indias. Camino y a veces pienso en comprarme una bici pero también pienso que, después de dos años viviendo en la otra punta de la ciudad, quiero gastar en este barrio, paso a paso, las suelas de mis botas, mientras dure el sol de este otoño que parece eterno. Y sin tener que inventarme exámenes.

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Los nómadas queremos que la ciudad vea tus cortos

Annelise Charek, artista total, cofundadora del (D.E.P., snifff) multiespacio Basement 6, y servidora, hartas ambas de burocracia, vecinos enfadados y subidas de alquiler, comenzamos hace un mes un pequeño proyecto llamado Nomadic Film Experience que consiste básicamente en proyecciones de cortometrajes de animación en las calles de Shanghái. ¿Qué calles? cada mes, una esquina distinta. ¿Por qué? Pues porque si las señoras bailan temazos en la calle todas juntas, si los vecinos plantan un KTV portátil en el parque y los viejecillos juegan al mahjiang en las esquinas, nosotras también podemos hacer uso de esos preciosos espacios que la ciudad nos ofrece y que están ahí muertos de risa. Y a diferencia de una mesa en el Bar Rouge, esto es gratis.

Mostramos trabajos de hoy y de siempre, antiguos y nuevos, y es por los nuevos por lo que escribo esto, porque no nos gusta bajar cosas de Internet sin permiso que eso está muy muy mal y para todo hay que preguntar antes: Hola, gente que hace cortos de animación, de stop-motion o con marionetas. ¿Os gustaría que os vieran en Shanghái?¿Os subís al carro con nosotras? ¡Escribidnos a nomadicfilmexperience@yahoo.com!

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Gracias, majos. Que sois unos majos.