Sandías, pasteles, postales

Tazas. Una crema coreana. Algún que otro recuerdo de Taiwán. Un broche de plata en forma de rama de cerezo. Unos pendientes. Treinta postales, todas dedicadas, dibujos incluidos. Unos calcetines que rompen toda medida de lo kawaii. Un lápiz decorado. Ticeros. Un libro de chengyu. Y hasta un patito de goma.

He estado de mudanza esta semana, cargando yo solita toda mi mierda mis cosas desde Pudong a Puxi y desde el chachipiso a mi nuevo hogar, sito literalmente a cinco minutos de uno de mis bares favoritos. Y mientras desmantelaba el campo de refugiados con cabra incluida las cajas y bolsas del IKEA esparcidas por mi nueva habitación, me iba encontrando con esos pequeños detalles. Todos provienen de mis alumnos. Chicos y chicas de la universidad, o de los cursos del Cervantes, que me sorprendieron y me pusieron roja cuando un buen día, por Navidad, o por mi cumpleaños (sí, se enteraron), o después de que hicieran un viaje o directamente sin venir a cuento, aparecieron después de clase con sonrisa de papel de colores. Nunca se me olvidará la caja gigantesca de pasteles de luna de helado Hägen Dazs que me regaló un buen alumno, y ahora amigo, y que disfruté con placer culpable de estar zampándome algo muy caro y demasiado bueno para mí. Otro día de junio, las chicas me llevaron al cuarto dos sandías que habían comprado por Internet. Sin contar las invitaciones a cenar, o a comer, zanjadas mis protestas con un “es muy barato y pago yo y ya”. Y a mi amigo Alejandro, que da clases en la Academia de Cine, le sale el baijiu caro por las orejas.

Llevo dos años aquí y nunca sé qué decir. Balbuceo. Me pongo roja. Hago que me enfado en broma, por qué, pero bueno, y esto. A veces, siento que no les merezco. Que podría estar enseñándoles mucho mejor de lo que hago todos los días para ganarme el arroz. Que en época de exámenes les daría un par de collejas por situarme Cuba en Venezuela o Andalucía en Galicia. Que hay días que no me apetece verles las caras y me da igual si aprenden el subjuntivo o si se pasan entero el Candy Crush. Que realmente, la mayor parte del tiempo, la que aprendo soy yo con ellos, cada día, cada minuto, a ganar confianza en el chino y a dar clase y a tener paciencia y de paso, a ser un poquito mejor persona. 

Esos regalos en mi nueva casa me recuerdan otros que no tienen forma ni tacto. Los mensajes para decirme que han aprobado el DELE. O para contarme que están trabajando para el consulado cubano, o que les han admitido en un máster relacionado con el idioma que contribuí a enseñarles. Esos regalos en forma de sonrisas, de confidencias. Esos regalos que me despiertan una especie de ternura, o de orgullo, por estar haciendo lo que hago. 

Porque soy una tía dura, que si no sería capaz de llorar como una idiota leyendo los mensajes de despedida y los buenos deseos, con sus pequeños y entendibles fallos de gramática, de esas treinta postales que me regaló a final de curso una de las clases. 

Que no me lo creo ni yo. 

La vuelta de vacaciones

El lunes vuelvo a las clases. A los Pipití, que es como llaman aquí a ese instrumento del diablo que son las (inevitables y casi imprescindibles) presentaciones de PowerPoint.

Anteayer tuve la primera reunión del año con mi jefe y el resto de compañeros. Somos seis los que impartimos más de diez horas a la semana y todos tenemos nombres españoles, algunos con –ehem, Gaviota– más fortuna que otros, pero la única española soy yo. Es decir, que los pobres se tuvieron que tragar una hora de chapa en español sólo porque yo estaba escuchando. Benditos sean. Llega a ser al revés y termino pensando que el semestre que viene vamos a ir de viaje al Lago del Oeste.

Pero no. Para este nuevo semestre, y para variar (lo de los viajes ya veremos) nos vuelven a atar en corto a la hora de enseñar contenidos. Eso quiere decir que mis alumnos van a aprenderse de memoria la fecha de la independencia de México con hora aproximada y todo pero voy a pasarlas canutas para colarles algún contenido mínimo sobre la prosa de Juan Rulfo y no digamos ya hablarles de ese patrimonio cultural hispánico que son las patatas bravas.

Tendremos un examen ministerial de calidad el próximo noviembre, lo que significa que tendré que pasar mis notas a limpio. Aunque algo me dice que los del Ministerio no saben español y me dan ganas de colarles, así en formato esquema, mi sección mensual para Libro de Notas. Y sí, si el examen ministerial es en noviembre y mi contrato cumple en julio, es posible, probable y recomendable que me quede un añito más en esta ciudad a la que ya han vuelto los pitidos de los coches y los vendedores de patatas asadas.

Lo primero que me han soltado, aparte de la posible, probable y recomendable permanencia, es que tengo que dar una charla a los angelitos sobre mi experiencia en China como extranjera. Como no sé si les va a gustar la Guía para no arruinarse en China, supongo que tendré que inventarme algo. Me he propuesto no usar las palabras milenario, venerable, fascinante, vasto y característico. Estoy sudando tinta.

En cuanto a mis dos clases de tercer curso, me toca organizar tres asignaturas: las ya viejas conocidas Español Moderno y, Cultura y, ahora, Redacción, que va a ser mi favorita y la de mis chicos hasta la primera corrección general. Y no voy a quejarme de mis libros ni de los contenidos porque no he sido capaz de leerlos y porque he prometido que voy a ser una chica valiente a partir de ahora. Aunque en manos de mi jefe haya caído una colección de chistes de ésas que vendían en papel reciclado en el Alcampo y haya decidido que quiere traducir al chino todos los avatares de los habitantes de Lepe.

Para este semestre, además, nos han encomendado organizar una serie de actividades extraescolares (sí, las voy a llamar extraescolares) agrupadas bajo el genérico título de, atención, Semana Cervantina. A mí, la némesis oficial de las lecturas de El Quijote, de los mercados medievales y de las ferias de la tapa. Tres tazas de caldo para la señorita que renegaba de su origen complutense. Hasta el borde. A veces pienso que tienen aprendido mi historial y que se están choteando de una manera muy sádica, pero sonrío y parece que se me pasa. Además en el fondo me gusta meterme en este tipo de fregados. Eso sí, nos han remarcado que es muy importante que haya muchas fotos. Y muchos vídeos. Yo no sé si voy a organizar actividades o me han metido en un episodio de Black Mirror. 

Pero bueno, en esas andaremos chinos y españoles el próximo semestre, con la idea de montar, para el próximo abril, un ambigú, un cineclub, un concurso de bailes regionales y, por qué no, una degustación de tortilla de patatas.

He estado por proponerles un taller de modelado de flamencas para poner encima de la tele, pero ahora, con lo de las pantallas planas, no sé.