Funerales y comienzos

Anneliese, de riguroso negro, se arrebuja en su mantilla como una viuda de película italiana. Katie luce orgullosa un tocado de plumas sobre su cabeza teñida de mil colores. Jamie arrastra el carrito con un altavoz del que sale una melancolía alegre, una tranquila nostalgia que deja un rastro tras nosotros tan colorido como los pompones de colores que Shaun y Katie van esparciendo a nuestro paso. Yo, con un velo de encaje negro sobre los ojos y un sombrero, parloteo  con Sol y con Denny en una jerigonza extraña que mezcla chino, inglés y español, y de vez en cuando soplo una ráfaga de pompas de jabón hacia los viandantes que se quedan mirando esa procesión de enlutados sonrientes que enarbolan cuadros de colores ácidos en una tarde cualquiera de domingo.

Es nuestra despedida. Es nuestra forma de decir adiós a un espacio que ha albergado exposiciones, batallas de globos de agua, proyecciones de cortos y mil cosas más, un espacio al que, como a muchas cosas en mi vida, me dio la sensación de que llegué tarde.

Alguien dice unas palabras. “Por el Basement 6, por los baños asquerosos, por el tío gordo que siempre se quejaba de todo, que viva por siempre”. Me gustaría decirle a Anneliese ahora que esto es un nuevo comienzo y que encontrarán otro lugar, pero siento que no tengo derecho, que soy, como siempre, la nueva, la que llega a las fiestas cuando no quedan croquetas ni ginebra buena, la que se queda en un rincón tomando apuntes con la mirada sin creer que puede participar; y entonces Katie me abraza, me da las gracias por venir y me acerca una cerveza y comemos empanadillas rodeados de los cuadros que hemos paseado por un pequeño trozo de Shanghái, y Anneliese me pregunta qué me parece esta idea o aquella, y por primera vez en mi vida creo que sé cómo responder y propongo y construyo, y pienso antes de irme a casa que siempre recordaré el Basement 6 como el sitio donde pude salir de mi esquina a hablar en voz alta, como ese refugio subterráneo donde conseguí deshacerme, al fin, de ese pesado cuaderno de apuntes.

IMG_2849.JPG

Por qué terminé poniendo cortos en un sótano (y de ahí a la calle)

Abres el programa (que sólo funciona con Explorer y que te ha llevado un mes y varias sesiones de Skype con Madrid para poder manejar). Introduces usuario y contraseña ajenos (curras para ellos, pero no eres parte de ellos). Describes las películas que vas a proyectar. Te aseguras de que hay copia, de que los derechos están vigentes, de que hay subtítulos, etcétera. Validas. Esperas a que den el visto bueno desde Madrid. Vuelves  a abrir el programa un par de días después para introducir toda la información en español y en chino. Lo anuncias a todo el mundo en todas las redes sociales posibles y das la vara a amigos y conocidos. Cruzas los dedos para que venga alguien a esa sala fría, como de museo, a ver lo que sea que quieres poner esa tarde de sábado que estás pasando allí en vez de en tu puta casa porque al fin y al cabo esto te gusta.

Consigues que los espectadores habituales pasen de ser menos de cinco a, después de unas cuantas proyecciones, casi veinticinco. Consigues que la gente se quede después un rato a charlar de la peli y de la vida en general, en español, que te propongan actividades, que te expresen sus ganas de seguir aprendiendo tu lengua materna y eso te llena de un orgullo que no te da ninguna otra cosa que pueda salir de esa patria que dejaste hace dos años.

Y entonces, una tarde, después de haber preparado la propuesta de los próximos seis ciclos, te llaman. Oye, mira, que nos han dicho los jefes de Pekín que la de cuentas está hasta arriba y que igual no pueden seguir pagándote la miseria que te pagaban  la cantidad acordada. Que nos han paralizado la compra de libros y que además, mira, que dice la jefa que no venía tanta gente como para justificar que continúen. Y tú dices que hen hao, que vale y que ya si eso me llamáis otra vez, sabéis dónde estoy, jeje.

Todo esto ocurre en la única institución que se supone difunde la lengua y cultura españolas en Shanghái. Una institución mutilada por los recortes y huérfana de personal, envenenada de burocracia y paralizada por sus propias trabas.

Lo que hice, después de colgar, fue seguir. Seguir currando en una proyección que continuase la que hicimos en el Basement 6 Art Collective el mes pasado, un espacio multidisciplinar que varios culos inquietos de Shanghái montaron en un antiguo refugio antibombas. Fue allí, y no en la biblioteca que se supone difunde la cultura y lengua del manco ese, donde proyectamos, gracias a la generosidad de muchos amigos, un buen puñado de cortos españoles.

Y así estábamos, preparando la siguiente proyección y un par de eventos más, cuando a los del sótano el casero les echa como a ratas. Qué hacemos ahora. Pues lo que hay que hacer: despedir el Basement 6 a lo grande. Ayudarles a buscar un nuevo espacio. Y de momento, hacernos con una carreta, una sábana y preparar el próximo evento donde sí que podemos: en medio de la calle. Al menos para eso no necesito utilizar un programa informático. Ni el Internet Explorer.

Sandías, pasteles, postales

Tazas. Una crema coreana. Algún que otro recuerdo de Taiwán. Un broche de plata en forma de rama de cerezo. Unos pendientes. Treinta postales, todas dedicadas, dibujos incluidos. Unos calcetines que rompen toda medida de lo kawaii. Un lápiz decorado. Ticeros. Un libro de chengyu. Y hasta un patito de goma.

He estado de mudanza esta semana, cargando yo solita toda mi mierda mis cosas desde Pudong a Puxi y desde el chachipiso a mi nuevo hogar, sito literalmente a cinco minutos de uno de mis bares favoritos. Y mientras desmantelaba el campo de refugiados con cabra incluida las cajas y bolsas del IKEA esparcidas por mi nueva habitación, me iba encontrando con esos pequeños detalles. Todos provienen de mis alumnos. Chicos y chicas de la universidad, o de los cursos del Cervantes, que me sorprendieron y me pusieron roja cuando un buen día, por Navidad, o por mi cumpleaños (sí, se enteraron), o después de que hicieran un viaje o directamente sin venir a cuento, aparecieron después de clase con sonrisa de papel de colores. Nunca se me olvidará la caja gigantesca de pasteles de luna de helado Hägen Dazs que me regaló un buen alumno, y ahora amigo, y que disfruté con placer culpable de estar zampándome algo muy caro y demasiado bueno para mí. Otro día de junio, las chicas me llevaron al cuarto dos sandías que habían comprado por Internet. Sin contar las invitaciones a cenar, o a comer, zanjadas mis protestas con un “es muy barato y pago yo y ya”. Y a mi amigo Alejandro, que da clases en la Academia de Cine, le sale el baijiu caro por las orejas.

Llevo dos años aquí y nunca sé qué decir. Balbuceo. Me pongo roja. Hago que me enfado en broma, por qué, pero bueno, y esto. A veces, siento que no les merezco. Que podría estar enseñándoles mucho mejor de lo que hago todos los días para ganarme el arroz. Que en época de exámenes les daría un par de collejas por situarme Cuba en Venezuela o Andalucía en Galicia. Que hay días que no me apetece verles las caras y me da igual si aprenden el subjuntivo o si se pasan entero el Candy Crush. Que realmente, la mayor parte del tiempo, la que aprendo soy yo con ellos, cada día, cada minuto, a ganar confianza en el chino y a dar clase y a tener paciencia y de paso, a ser un poquito mejor persona. 

Esos regalos en mi nueva casa me recuerdan otros que no tienen forma ni tacto. Los mensajes para decirme que han aprobado el DELE. O para contarme que están trabajando para el consulado cubano, o que les han admitido en un máster relacionado con el idioma que contribuí a enseñarles. Esos regalos en forma de sonrisas, de confidencias. Esos regalos que me despiertan una especie de ternura, o de orgullo, por estar haciendo lo que hago. 

Porque soy una tía dura, que si no sería capaz de llorar como una idiota leyendo los mensajes de despedida y los buenos deseos, con sus pequeños y entendibles fallos de gramática, de esas treinta postales que me regaló a final de curso una de las clases. 

Que no me lo creo ni yo. 

Lluvia, rincones, candados

Hoy llueve anuncio de septiembre, regresos y bienvenidas, comienzos de curso y cuentas mal hechas, pero hace unos días aún chispeaba verano y Will y yo paseábamos de la mano por una orilla del del Suzhou sin perder de vista la torre de Shanghái, envuelta en niebla y en andamios, vigilándola en la lejanía. No hemos dormido más de siete horas en las últimas dos noches. Me guiña un ojo, hey, creo que tuve mucha suerte, y yo solo sonrío, sonrío de verdad, con una de esas sonrisas que él dice me iluminan todo el rostro y que llevo dos días sin descoserme de las mejillas.

Encaramada al manillar de su bici le guío hasta un trozo de la que lleva dos años siendo mi ciudad, y la plegamos con cuidado en una forma distinta, un Shanghái secreto que nos pertenece solo a nosotros, derramándonos en un repecho de cemento sobre los tejados o pedaleando hacia el amanecer a ritmo de una banda punk que sabe a mordiscos en el cuello.

Y fue esa noche, la tercera noche, cuando les vi alejarse cabalgando sus bicis entre la cortina de lluvia rumbo a la torre, y yo me subi al taxi que me llevó a casa y no pude dormir hasta que el mensaje titiló en mi pantalla como una luz de salvamento, lo hemos logrado, y sonreí a la ciudad que clareaba como le sonreí a él cuando llegó a casa tres horas antes de marcharse, aún sucio de polvo de cemento y con jirones de niebla de rascacielos prendidos en la mirada, lo lograsteis, y compartimos la última botella de tinto y los últimos besos y nos aprendimos de memoria la forma de nuestros ojos, es lunes y ya es de día y sorbemos ruidosos la sopa de los mejores xiaolongbao de la ciudad, y le ayudo a meter en el taxi la bicicleta en pedazos mientras le digo al taxista el nombre de la estación (mis ojos gritando la intersección de calles de aquel repecho de cemento donde pusimos nombre a los tejados). Thanks for blowing my mind, me dice él (sus ojos gritando algo que no consigo leer), y yo solo sonrío y no le digo gracias por plegar Shanghái conmigo.

Anoche impartí una clase en una oficina del distrito financiero. Salí tarde, una lluvia fina empañaba las calles. No había mucha gente que pudiera pensar qué hace esa loca, ahí parada, con el paraguas plegado en la mano, sonriendo a los rascacielos como si los viera por primera vez.

IMG_2551.JPG

Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

20140801-194031-70831918.jpg

20140801-194511-71111141.jpg

20140801-194510-71110918.jpg

Habitaciones con vistas

Abro los ojos. Son las diez de la mañana y he dormido como nunca en varios días, y el sol brilla y por un momento no sé dónde estoy. Entonces veo el bosque a través de la ventana, y recuerdo que anoche nos colamos en aquella casa abandonada en medio del monte, cargados con mantas y botellas de agua, esquivando plantas y telarañas y las sombras que ocultaban el resto de los cuartos, y pasamos la noche en la terraaza mirando cómo se formaba una tormenta y adivinando las formas de las nubes y escuchando el canto de las aves nocturnas y el susurro del viento en los árboles, y después, cuando empezó a llover, nos refugiamos en el salón acristalado que iluminamos con velas y Loky instaló su hamaca frente a la ventana y Piotr extendió una manta fina en el suelo lleno de polvo y restos de pintura seca, y yo me hice una cama digna de una reina sobre una mesa de comedor, y tuve sueños extraños plagados de luces que no podrán jamás compararse con lo que vi al despertar.

20140730-194150-70910352.jpg

20140730-194151-70911813.jpg

20140730-194152-70912904.jpg

Puerto fragante y lluvioso

Hace calor. Ese calor húmedo, aún más húmedo que en Shanghái, que hace pesada la respiración y te aplasta contra el suelo de las pasarelas por las que atraviesas la ciudad buscando la oficina de visados. La gente camina deprisa esquivándote y no puedes evitar chocarte a veces con ellos, y te miran con mezcla de extrañeza y condescendencia.

Me sale automático hablar en mandarín, pero aquí hablan cantonés, que suena como una canción o un oleaje suave, e inglés. Los taxis son rojos, los autobuses, de dos pisos, y sonrío al ver la señal de que penalizan con dos mil dólares si comes dentro del metro y con cinco mil si fumas cerca de las estaciones.

Llueve. Llueve y es como una ducha tibia que cubre de niebla bosques y montañas, y pierdo la mirada entre la cortina de lluvia y siento que he vivido esto antes, no sé dónde, y no encuentro aún ángeles caídos ni días salvajes, pero sí encuentro nuevos amigos con los que hablar de las dos cosas que más traemos a cuenta cuando estamos solos y lejos: nosotros mismos y sexo. También hablamos de universos paralelos en bares que podrían estar en cualquier parte del mundo y en todas, paseamos por las calles llenas de luces y ruido y olor a wonton frito y pescado seco y voces ásperas de vendedores; y entro sola a las Chungking Mansion y me pierdo en los olores de curry y de suelo fregado mientras me ofrecen mil cuartos sin ventanas, y veo amanecer desde una azotea con vistas a Kowloon, y sigo con esa sensación de haber estado aquí antes de alguna forma, de haber vivido todo esto (quizá en otro universo paralelo donde aprendí cantonés) y disfruto de la sensación de no tener nada que hacer más que perderme entre las calles, las pasarelas y la gente que no se choca nunca cuando va deprisa, y miro los barcos, aún no llegamos al 2046, pero algún día, quizá en este vagón silencioso que va rumbo a una estación de nombre impronunciable, nos plantaremos allí, y miraremos de frente.

El 17 cubierto de hiedra

Shanghai no se detiene ni duerme y no nos da tiempo a echar de menos, y cuando dicen adiós los amigos parecen decir hasta luego. Cuando te despides, cuando les abrazas quién sabe si por última vez después de una semana de celebración de despedidas, parece que mañana vas a cruzarte con ellos por la calle. Parece que el fin de semana que viene os vais a encontrar en ese mismo bar en el que os habéis deseado buena suerte.

Pero entonces paso por el callejón donde vivía Nick, ese 17 cubierto de hiedra donde bebimos tantas noches. Y da la sensación de que le voy a ver salir de casa, sus pasos rápidos, cuerpo breve, ojos azules, y pienso que en el abrazo que nos dimos no estaba ese adiós que nunca llegamos a decirnos.

Paso por la calle Yongkang, donde vivía Marina y donde dejé mi maleta de la rueda rota más de una semana, y parece que me está esperando junto a la tienda, la sonrisa dulce, la bufanda (ya es verano y aun así me la imagino con bufanda), y odio las despedidas y prefiero recordarla así, acompañándome a la esquina de Yongkang con Xiangyang a encontrarme un taxi, yo cargada con cosas que me regaló y que ahora uso porque es una forma de sentirla cerca.

Camino por el barrio de Hongkou, o voy al antiguo matadero, y pienso que Paula trabajaba allí, y recuerdo la Torre de la Perla desde el ventanal, la bañera llena de Tsingtaos, cómo aprendió más italiano que mandarín, los conciertos, los mitos nocturnos, las promesas y la rabia de no habernos conocido antes.

No volveré a Fudan porque está lejos y porque si cierro los ojos veo el hielo amable de los suyos, le veo haciendo equilibrios en el parque de mañana, o las nubes que mirábamos aquella mañana en su terraza entre los restos de la noche en que se nos ocurrió conocernos.

Y también Xavi y Laia. Y Viktor. Y Guy. Y Marcos. Y todos los que se volvieron y dejaron su impronta en una ciudad que nos borra las huellas y nos emborrona los rostros.

Algunos se van y otros vienen y siempre nos conocemos demasiado tarde. Pero mi ciudad les recuerda. Tengo la esperanza de que ellos también. Quién sabe, quizá algún día raro a alguno le dé por volver.

Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Cuando no ves la película sino que la presentas

Dedicarse a montar eventos, sobre todo eventos alternativos, es como preparar todo el rato tu fiesta de cumpleaños: se lo dices a todo el mundo, nunca sabes cuánta gente va a venir y siempre más de uno te llega con excusas cuando le apetece quedarse en casa o emborracharse en Yongkang (perfectamente comprensible, por otra parte). El caso es que el miedo a quedarte con cara de gilipollas al lado de una tarta imaginaria está ahí.

En cualquier caso, como nos gusta más un sarao que otra cosa, a un amigo y a mí se nos ocurrió organizar juntos una maratón de terror aderezada con conciertos, canciones del RHPS y cortometrajes. Ver El Fantasma de la Ópera desde el palco de arriba de un teatro antiguo construido sobre un aún más antiguo templo budista fue sencillamente alucinante, y escuchar a una buena amiga cantar “I put a spell on you” antes de ver La noche de los muertos vivientes ponía la piel de gallina. Pero en fin, a la mayor parte de la ciudad, enfebrecida con el Mundial aunque los partidos se retransmitan a partir de medianoche, no le gustó tanto nuestra maravillosa idea. Incluidos los traidores de mis amigos. 

Estar trabajando en estas cosas, poniendo mi tiempo, mi esfuerzo y hasta algo de mi pasta por primera vez, me hace darme cuenta de lo difícil que es dar cabida a lo alternativo, especialmente en una ciudad como esta, y lo fácil que es convertirse en un amargado que echa pestes de la falta de movimiento de la ciudad, de la falta de iniciativa, de la falta de energía, de lo vaga que es la gente y de cincuenta millones de cosas más, cuando realmente nadie tiene la culpa: nadie te ha pedido que lo hagas. A nadie le importa si lo haces. A ti te parece que puede estar bien, y por eso te dedicas a ello. No puedes obligar a nadie a que venga a ver cómo destruyes tus horas de ocio del fin de semana. Y punto. Aunque luego te emociones cuando les ves aparecer y tienes a alguien a quien sonreír mientras presentas a nosecuál director iraní hecha un flan de vainilla pero menos. 

Pasar horas decorando un teatro o subiendo y bajando escaleras en plan Looney Tunes me hace apreciar aún más a la gente que, aquí o allá en España, apuesta tiempo, esfuerzo y horas de sueño para poner en pie sus propios proyectos. Por no hablar de esas ganas, como organizador, de salir corriendo del puto teatro o del puto café en cuanto se acabe la mierda que en buena hora se te ocurrió montar. Ah, no, que luego tienes que recoger. Porque sí, los asistentes llegan, ven la película o los cortos y se van, mientras tú llevas ahí más horas de las que se consideran adecuadas para una buena salud mental, y lo divertido es que nadie te ha obligado a nada de esto. 

En resumen: que a veces sale bien, a veces sale mal, a veces sale fatal. A veces vienen cuatro gatos y otras se te llena la sala y otras el sonido empieza a fallar y entonces te llevas la manita al corazón esperando el inminente infarto. 

Lo que está claro es que los hay que, pese a todo, no podemos dejar de hacerlo. Y qué quieren, hoy tendré cara de muerta viviente, pero hasta estoy un poco orgullosa de lo que estamos al menos empezando por aquí. 

Image