Llegadas, regresos

Es la tercera vez en dos años que me acodo en la barra de aluminio de Llegadas del aeropuerto de Pudong y aún me pongo nerviosa, alomejorhapasadoalgoconelvisadoalomejorsehaperdidoenAduanasalomejorhaperdidoelaviónalomejortodoeraunabromaalomejor. Peleo por mi sitio entre los delegados que ondean pliegos blancos con nombres de empresas y las agencias que anuncian a gritos hoteles y tours por la ciudad, aguantándome las ganas de ir al baño por si acaso aparece mientras; me martillea el corazón y me astillo la piel de los pulgares, y recuerdo cuando esperé a Pedro, o a mi reina de las hadas, con ese alivio medio desencajado del que espera tras la valla.

Ya han pasado las cincuenta delegaciones árabes, los veinticinco mil turistas, los millones de familias gritonas, los tiburones solitarios aferrados a sus maletines y los ejércitos de azafatas, y entonces le veo aparecer, una mochila más grande que él a la espalda y su bici a trozos colgada del hombro, hey babe, y nos abrazamos por encima de la barra de aluminio y también en medio de todas las delegaciones y las familias y los otros que esperan, como si no nos lo creyéramos aún, brillos del verano en su sonrisa mientras dibujamos mil planes; y bajamos del amodorrado autobús ya al pie del templo Jing’An  camino a casa, es increíble estar de vuelta, dice, y yo sonrío y le acaricio la mejilla con las pestañas, nos espera el norte de China, aventuras y sobre todo, las luces de neón de la ciudad que volveremos a plegar para hacer nuestra. Esta vez, bastante más de tres días

Afortunados

En Shanghái, básicamente, hay dos clases de extranjeros: los expatriados y nosotros. He dado clase a esta primera categoría, he charlado con muchos y he visto cómo viven. Suelen venir con piso pagado y traen a su familia, meten a los hijos (un par de ellos, alumnos míos) a escuelas internacionales y he conocido a más de uno que tiene hasta chófer. Digo esto sin ninguna envidia: no le deseo a nadie esta ciudad siendo menor de edad y viviendo con los padres en un pisazo con vistas al río… desde la gigantesca, desangelada y aburrida parte este de la ciudad.

Están los expatriados. Los que pueden permitirse chuletas de ochocientos yuanes, queso azul para la merienda o copas en los clubes del Bund.

Luego estamos nosotros. Los inmigrantes. Con el título universitario, o el máster, aún reluciente, algunas palabras de chino y muchas ganas. Vinimos aquí huyendo del paro, persiguiendo un sueño o por pura chiripa. La mayoría tenemos que compartir piso. La mayoría cobramos menos de lo que deberíamos. Más de la mitad trabajamos de tapadillo. No creo que haya conocido a casi nadie que pueda decir que sabe lo que va a ser de su vida dentro de tres meses. Y sin embargo aquí estamos. Haciendo malabarismos con las cuentas a fin de mes. Echando horas mal pagadas. Combinando tres empleos y sacando de donde no hay para montar una performance, hacer una escapada o pagarnos un billete de vuelta a casa, bien conscientes de la suerte que tenemos porque aun así, cobramos más que un inmigrante local recién graduado venido de Anhui o Zhejiang.

Soy una más. Trabajo por horas. Si me pongo mala, no cobro. Tan simple como eso (tengo fichados un par de puentes por si las cosas se ponen feas, pero ahora como que empieza a hacer rasca). Estudio cuando puedo. Duermo poco. Monto eventos con otra gente que está igual que yo. Y sobre todo, aprendo. Aprendo cada día, con mis amigos expatriados o inmigrantes, con mis alumnas, de las que algunas se dan de hostias con el subjuntivo para algún día irse a España a hacer lo mismo que hago yo aquí: cumplir poco a poco un sueño que un buen día se me clavó en el estómago y me dividió el corazón.

Me fui de España porque me dio la gana. No todos pueden decir lo mismo. Y cada día, mientras camino hacia el metro a restregarme con medio Shanghái soñoliento (el otro medio atesta las calles y huele a panecillos al vapor), miro hacia arriba, al cielo que con suerte luce azul, y me repito que ya que nos ha tocado vivir esto, aunque no sea ni será lo que esperábamos, tendremos que disfrutarlo. Aunque lo de trabajar en domingo siga jodiendo.

Reconstruyendo

Paulina me espera al pie del templo Jing’an con ojeras de meses y una sonrisa borrosa. Viene de Corea, concretamente del festival de cine de Busan, donde entre otras muchas cosas se ha tomado un café con Kim Ki Duk, la muy cabrona.

Antes de empezar a darme envidia y a desglosarme malas noticias, delante de una Tsingtao y una tapa hongkonesa, mientras unas señoras con pinta de darle al mahjiang todas las tardes nos atufan de humo y cloqueos, me pregunta que qué tal todo.

Bien, creo, le digo. Ahora vivo a quince minutos de aquí. Trabajo como una china mientras no me cancelen las clases. Miro mi cuenta de banco con miedo pero se me pasa cuando camino por estas calles. Estuve haciendo proyecciones para una institución pero mejor te lo cuento otro día. Empecé a colaborar con un espacio que se ha visto obligado a cerrar pero comenzamos un nuevo proyecto de cine ambulante en un carromato.

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Cuando tengo tiempo y hace bueno me subo por las paredes o camino por una cuerda floja.

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Ah, y no sé muy bien cómo ha pasado pero voy a hacer mi primera instalación el mes que viene. Ya veremos qué pasa.

Te veo bien, me dice ella. Cambiada. Será el pelo.

Ella derrama, como una riada, todo lo que ha pasado con KanKan y con ella desde que nos despedimos este mayo después de una celebración de cumpleaños en que me sorprendió con mi primer pastel en mucho, mucho tiempo. Llora. Abrazo su cuerpo menudo y lacerado de malas nuevas mordiéndome la garganta para no llorar también. Pero a Paulina no se le ha acabado la pólvora que brilla en sus ojos cuando habla. Paulina es capaz de encontrar en el infierno cinco inversores y cien productores y convencerles. Paulina me dice que cuenta conmigo. Que el festival de cortometrajes en el que llevábamos trabajando un año y del que se había derrumbado (o más bien nos habían demolido) una mitad puede seguir ocurriendo, si no en octubre en enero. Y yo le digo que mira, que a mí me viene mejor.

Nos esperan dos semanas de reuniones, planes, cafés, igual pocas horas de sueño y unas cuantas tiradas de pelos. Pero también serán días de dos amigas paseando por una ciudad que amamos y hacemos nuestra, y que verá, bien pronto, lo que somos capaces de construir partiendo de unas ruinas.

Esas tardes de domingo

Es domingo y he quedado con Nick. Normalmente nos vemos para cenar o tomar algo, pero hoy nos apetece ir de brunch y ver alguna exposición. Hace un día de puta madre, anoche no salí hasta tarde y me acerco hasta Tianzifang para esperarle al sol mientras hago malabares en una esquina. No me cae ni un kuai de propina pero me lo paso pipa.

A Nick le conocí hará como seis meses, la primera luna llena del otoño (lo recuerdo porque nos pasamos un buen rato mirando la luna desde su azotea), y tenemos una bonita relación de amistad aderezada de divagaciones filosóficas sobre arte, literatura, miedos cervales y vídeos de gatitos, teorías absurdas, búsqueda de sitios tan hipster que ya son metahipster y mucha, mucha música que hemos estado compartiendo casi cada semana desde que nos conocemos. Nick nació en Nueva York, tiene un noventa por ciento de sangre italiana y tuve que explicarle al mes de conocernos que los abrazos en público no tenían nada que ver con ganas de matrimonio. Nos caemos bien: somos los dos igual de asquerosamente autocríticos y empollones, los dos hablamos chino aunque él bastante mejor que yo, y como buena amiga, tengo que admitir que tampoco besa mal.

Me cuenta que le acaban de admitir en las tres mejores universidades de Estados Unidos para hacer el posgrado, con lo que ahora tiene el mismo problema que con la carta del restaurante donde nos relajamos al sol: no sabe qué cojones elegir. Mientras, damos cuenta él de un Bloody Mary que levanta a un muerto y yo de algo que lleva Campari y que después de estas semanas de mierda me sabe a gloria bendita. O a sol líquido y espumoso. No me deja pagar, para variar, y se parte de risa cuando le cuento que me ha pegado esa muletilla de decir “like” en cada frase y que al resto de mis amigos yanquis les parece rarísimo.

Antes de salir del museo, entre un buen puñado de gente armada de smartphones, Nick me pregunta que si quiero volver a ver alguna pieza. Sonrío a medias y volvemos a la sala donde unas esculturas humanas de fibra de vidrio nos devuelven una mirada de dioses antiguos de culturas ficticias.

Paseamos por el parque cada uno a su aire, café en mano, hablando de vez en cuando de mil cosas, sin echar ni una foto, con el sol arriba, sin que nos molesten los gritos de los que están montados en los cacharros de feria de People’s Square. Ya de vuelta al metro, Xizangnanlu hacia abajo, le pego un abrazo que casi le asusta.

Qué pasa, me pregunta, con su cara de chico tímido.

Nada, respondo, parapetada tras las gafas de sol, es que esto se parece tanto a un domingo con mi familia en Madrid, museos y paseos de tarde, que parece que ahora mismo veo el Viaducto, y las calles del barrio de los Austrias, y me hace gracia estar tan lejos y a la vez tan cerca.

Él me devuelve una sonrisa de ojos azules y no le digo que mi padre también hace eso de volver a ver alguna obra que le haya gustado de las exposiciones, ni que hoy es un día en que todo va tremendamente bien sin motivo aparente, así que me encojo de hombros y le digo, solamente, con esa voz de Furby gracioso que pongo cuando algo me importa pero me da vergüenza admitir, que me ha encantado el día, que hay que repetirlo, y que gracias.

Mi extraña habilidad para acoplarme en casas ajenas

A quien me pregunta, le respondo que vivo en el lejano Pudong, pero la realidad es que en este año y pico he pasado la mitad de mis semanas viviendo en donde me han dejado: camas, colchones y sofás de diferentes amigos a los que les he inspirado la suficiente simpatía o pena como para cederme un pedacito de sus siempre envidiados pisos en el centro. Acarrear mochilas o maletas por autobuses y metros ha tenido su recompensa en forma de cerveza compartida bien fría, Netflix en compañía, innumerables conciertos y desayunos que a veces ya se juntan con la comida o la merienda, dependiendo de en qué casa me haya despertado… para que llegue la tarde del domingo y en casa del niño donde doy clase se piensen que cada fin de semana me voy por lo menos a Shangri-La.

Ahora llevo desde casi finales de diciembre atrincherada en casa de mi amigo Pablo, que me cedió la llave como regalo de Navidad mientras él está en España con la única promesa de no traerme tíos ni para jugar al Monopoly. Conozco bien el barrio porque llevo un semestre quedándome allí un finde sí y otro también, al menos en teoría. Por allí cerca hay un café donde trabajar, un Wagas para desayunar en días de resaca ligera, una tiendecita que vende Estrella Galicia, un bar gay que también organiza conciertos, tres de mis antrazos nocturnos favoritos, una de las pocas tiendas que conozco en Shanghai de ropa vintage y vinilos decentes y, estos días que se acercaba el año nuevo chino, sopotocientas pop-up stores de petardos.

Estoy de vacaciones hasta finales de febrero y no me apetece volverme a mi far-far Pudong a lo que en esta época parece un páramo sin más actividad que la megafonía de una furgoneta de papel higiénico. Seguramente esta semana vuelva a mudar mis cosas a casa de otra amiga. Y este semestre se avecina exactamente igual al primero: con una mochila bien grande a la espalda dando luz verde al fin de semana y una manta esperándome en un sofá de Jing’An, Jiaotong o Shaanxi Nan Lu, lista para escribir desde alguna cafetería del centro, hacer planes culturales decentes, encontrarme a conocidos en los bares o simplemente pasear por esas calles que no se acaban nunca mientras agradezco infinitamente los amigos tan maravillosos que tengo.

Mientras no me cobren el alquiler…

Güi güís yú a meri crismas

Es Nochebuena y me levanto a las siete y algo, como cualquier otro día. Aquí se trabaja y el espíritu es de todo menos navideño. Concretamente, el espíritu es de trabajar como un cabrón porque los exámenes finales empiezan el lunes 30 de diciembre y los profesores tenemos que tener terminado el papeleo antes del 27. Eso quiere decir que Nochebuena y Navidad, aparte de dar las clases, hemos de inventarnos sopotocientas mil preguntas de gramática, comprensión textual y conocimientos culturales básicos. Estamos todos contentísimos. Además, otro maravilloso incentivo de estas fechas es que los alumnos están hasta los cojones de atender mientras intentan calentarse el culo en una clase helada sin calefacción, por lo que bastante tienen con mirar al cuaderno, entibiarse las manos rodeando con ellas sus preciados termos o desayunar a mordisquitos mientras yo me dejo la piel de las manos en la pizarra. Al menos el portatizas que me regalaron mantiene perfecta la manicura de mis uñas.

Casi todos mis amigos se han ido a pasar las Navidades en familia. Aunque nunca he sido fan de los langostinos pochos ni de las temidas discusiones políticas que a veces se montan al calor del vino peleón que compra mi abuelo en Navalcarnero a cincuenta céntimos la garrafa, ni he participado de los tejemanejes a lo minion de mis tres primos pequeños (que cuando se ponen, parecen trescientos), pasar este día sola me parece directamente triste, quién me lo iba a decir. Hasta echo de menos los villancicos. No los villancicos en inglés, no. Los villancicos cutres, los de pandereta y voz pastosa, los de letras absurdas a ritmo de botella de anís del Mono. En estos días no necesito ni una excusa para arrancarme con La Marimorena, todo sea por transmitir cultura española en Extremo Oriente. Es Nochebuena y me voy a esquivar gorros de Papá Noel al centro. He quedado con Elsa, que en realidad se llama Tang, y con su compañera de piso colombiana para cenar en casa de Thomas, un francés. No se ha quedado mucha gente más. No tenemos árbol ni turrón, pero tenemos jamón de Parma, embutidos, queso azul, quesadillas, pizzas y más vino del que podemos beber. Y en nuestra mesa no se habla inglés: se habla chino. Mezclado con alguna que otra palabra en español, pero mandarín, imperfecto y más fluido a medida que vamos vaciando botellas de tinto sudafricano. Mandamos mensajes a los amigos, nos abrazamos, bailamos temazos de supermercado. Hasta cantamos Los peces en el río.  Total, nadie nos ve.

Image Hoy he ido a trabajar. No hemos hecho mucho, pero tampoco importa. Y me han hecho regalos. Una antigua alumna hasta me ha escrito una postal, con una gramática perfecta y una promesa de amistad sincera. Image   Qué quieren. A mí estas cosas me hacen ilusión. Feliz Navidad.

Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.

Proverbial calidez ibérica

Conocí a Saiketa hace unos meses, en el Instituto Cervantes. Ella acababa de volver de estudiar un año en España y tenía la boca llena de Albaicín y la cabeza mareada de horas de vuelo. Nos intercambiamos los teléfonos y, por esto de borrar mensajes a lo tonto, terminé perdiendo el suyo.

El día de Nochevieja, recibí un mensaje. Era ella, me invitaba a una fiesta. Yo tenía ya planes, pero me alegré de haber recuperado el contacto de aquella shanghainesa alegre y ya contaminada sin remedio del sol y del acento granaíno que parece salirle del alma cuando dice, por ejemplo, mercao. Quedamos ayer, con la excusa de intercambio chino-español, para beber vino blanco en uno de esos sitios tranquilos, elegantes y tremendamente pijos de los que está plagada Shanghai, y me alegré aún más de tener otra vez su número en la agenda.

Le conté lo que me había pasado, le di las gracias por llamarme.

No es nada, dijo ella. Sé lo que es estar sola en una ciudad.

Qué gracia, pensé. Qué gracia que me digas esto, Saiketa, cuando prácticamente todos los españoles que he conocido aquí, aparte de ser una panda de gilipollas integrales que se quejan de no encontrar fácilmente materia prima para un buen cocido madrileño, no hayan mostrado un mínimo interés por los recién llegados más allá del dinero que hacen, de la zona en la que viven o de las copas que se hayan tomado en el sitio más de moda del Bund.

Qué gracia, precisamente, cuando el otro (y único) profesor español de mi propia facultad, un floreciente e intachable hombre de negocios, no haya tenido la decencia de invitar a un café siquiera a la nueva profesora que viene de nuevas y sin conocer a nadie. Al menos, cuatro meses después, se le ocurrió, eso sí, enviar un mensaje de texto a ver qué tal iba todo.

En mi cabeza pasaron fugazmente las horas transcurridas con ese grupúsculo de expatriados de la piel del toro que bebían cerveza china en el café estilo parisiense y que parecían estar tan a gusto juntos, en gueto y compañía, que se les habían quitado las ganas de conocer a más inmigrantes forzosos y que miraban por encima de su visado de trabajo en un implacable “y tú de quién eres”. Me reí, por dentro y a carcajadas, del tópico del español hospitalario. Agradecí interiormente a mis amigos de New Mexico, Kansas, Nueva York, California o Florida, por no hablar de los japoneses o los chinos, por todos sus favores y muestras de confianza. Pensé también que, por pura matemática, si en mi propio país me había costado más de veinte años encontrar un puñado de verdaderos amigos entre cuarenta millones de gilipollas, más me iba a costar encontrar algún colega entre los miles de egos henchidos de negociantes, bibliotecarias resentidas y ejecutivos en jefe de empresas de tapones de Nescafé. También pensé que ellos, sus hijos con plaza en escuela internacional, su ayi, su etnocentrismo y sus taxis se podían meter las fiestas y reuniones de la madre patria por el mismísimo culo.

Sonreí a Saiketa. Pues sí, tienes razón.

Brindamos brevemente, seguimos charlando, luego nos fuimos a otro sitio a cenar y, al despedirnos ya en el metro, nos cascamos dos besos.

Al profesor español estuve por responderle que de puta madre, que gracias por el café, que muy rico, pero no sé si lo iba a pillar.

Adiós 2012

Era el primer día del 2013 y me eché a llorar.

La noche anterior, la cuenta atrás de las camareras del BC encaramadas a la barra, los crackers estallando al unísono en un jolgorio de serpentinas, el champán escanciado en nuestras bocas, la nieve, la música tan horrorosa como en cualquier bar español en esa noche del año hasta que alguien pinchó el Pure Morning de Placebo, el humo, las risas, la gente dispersándose a partir de las dos como si hubieran tocado a queda.  Era el primer día del año y parecía un día normal. Al final ha sido otra noche cualquiera. Fuimos a comer Huo Guo y fue como volver a jugar a las cocinitas en la mesa de un restaurante: nos trajeron la cacerola con la carne y los platillos con todos los ingredientes que habíamos elegido finamente cortados y tan bonitos que daba pena tocarlos, y cuando desaparecieron casi todos los trozos de pollo, la camarera añadió la sopa para que fuéramos cocinando las setas, los fideos, la calabaza y las mil cosas más que se iban tiñendo de color picante. Aún nos quedaban ganas de cerveza.

No está mal para el primer día del año, pensé mientras dejábamos caer la tarde delante de una película. Empiezo a tener colegas, empiezo a vivir aquí, acabo de llegar, estoy trabajando, estoy en China, parece que estamos viviendo los que vivimos aquí una especie de distopía futurista que va siete horas por delante del mundo conocido y un siglo perdido en algún pliegue temporal extraño donde hay pantallas y luces de neón y la noche es silencio, mis amigos me dicen aquí puedes ser lo que quieras, tengo miedo del futuro, empiezan muchas cosas, no tengo un kuai partido por la mitad, está todo por venir, no sé, no sé.

Entonces me eché a llorar.

Coco me miró, curiosa, desde el borde de la cama en la que había estado saltando como una niña espigada que encuentra exóticas las palabras en inglés, ladeó la cabeza, me acercó un pañuelo. Echas de menos a tu familia, preguntó, musical ella.

Joder, lo siento. Son hormonas. Creo.

Nah, no es eso, no es sólo eso. A ver cómo le explico que este 2012, y sin haber pensado realmente que alguna vez pudiera ocurrir, acabé la carrera, conocí y terminé de conocer a los que considero ya un puñado de verdaderos amigos, me vine a vivir aquí sola, empecé a trabajar y me enamoré, no necesariamente por ese orden.

Bob también meneó la cabeza. Sonrió un poco.

Que ya se ha acabado la universidad para siempre, ¿no?

Entonces fui yo la que cambió lágrimas por carcajadas.

Anda que no lo sabes, dije. Va, vamos a tomarnos un vino. Invito yo. Por el mejor huoguo que he comido en mi vida. Por los nuevos amigos. Por el nuevo comienzo. Por el año nuevo.

País democrático, país de represiones

El otro día salió el tema entre algunos de mis alumnos. No sé de qué estábamos hablando mientras practicábamos la hispana costumbre de tomar algo cuando se me ocurrió contarles lo del 15-M.

Normalmente no muevo un dedo por nadie y en los últimos meses aquellos restos del movimiento me parecían una especie de gesta pretendidamente heroica. Pero sí estuve en la puerta del Sol aquella primavera. No todos los días. No me quedé a pasar la noche. Pero sí agité los brazos en alto como si estuviera secándome las uñas en algunas asambleas. Vamos, más o menos como todo el mundo. Íbamos cuando podíamos, les dije. Estábamos cabreados, les dije. Les enseñé alguna foto de la plaza abarrotada, les conté lo del impacto mediático, lo que se sentía entre tanta gente que simplemente estaba igual de harta. Noté que con la tontería hasta me estaba emocionando.

Me miraron entre admirados y circunspectos.

Aquí no podemos hacer eso, dijo uno. La policía, dijo otro. Aquí, hace años. Y callan. Callan porque aquí persiste el fantasma de algo que ocurrió en Tian’an’men hace exactamente los años que tengo. Algo que se ha silenciado, que la censura en Internet contribuye a mantener bajo tierra y que todos saben y callan, como sabemos y callamos en España otros sucesos escalofriantes de nuestro propio pasado. Cada pueblo tiene sus particulares heridas. Sus políticos. Sus Historias.

Estos días, con seis horas de ventaja sobre España y un proxy que me salta la Gran Muralla censora, miro las noticias, leo los tuits y los estados de los que estáis allí. Veo los vídeos. Sonrío, sintiéndome sin saber por qué un poco extraña de repente, cuando aparece un nuevo héroe local que emula a un mago de fantasía épica. No sé si es la distancia, que siempre magnifica y agrava las cosas. Pero ahora mismo no sé qué siento. Si es miedo, pena, emoción o hasta un poco de orgullo por los que estáis ahora mismo protestando. Porque por muchas trampas, hostias y cambios de chaqueta, aún no os han quitado la capacidad de plantaros ahí delante y gritar que estáis muy, muy cabreados. Os queda eso. Aprovechadlo.

Ánimo.

Y valor.