Respira

Me gusta Shanghai por las mañanas, a eso de las diez y pico, cuando las calles huelen a agua de fregar y a moto eléctrica, cuando las ayis salen a comprar y manteles de verduras frescas rebosan las aceras; cuando salimos a desayunar y los currantes están ya almorzando y comemos shengjian mojándolos en vinagre mientras los obreros engullen fideos y sorben sopa, y Bob y yo hablamos de navegar por el mundo en una cáscara de nuez y de su negocio de jukeboxes y de la película que vimos anoche; me gusta la calma caótica de las mañanas, y se me olvida casi lo que echo de menos las tiendas de cómics.

Igual me mudo en tres semanas y no sé a dónde, me han llamado para otro curro, igual me quedo aquí en verano, igual me compro una bici, a que vas a diseñarme un tatuaje cuando tenga pasta, y entonces llegamos al entramado de varas verdes que forma un pabellón escondido entre los bambúes del parque, y es por la tarde y un anciano entona estrofas de ópera de Pekín sobre la melodía de un transistor, y nosotros nos sentamos en silencio y en penumbra, la luz se filtra por las celosías, el cantante saluda con un gesto a un amigo que llega. Sabes qué, le digo antes de llegar al prado donde estaremos un buen rato dándole al frisbee descalzos en la hierba recién cortada, me siento mucho, mucho mejor, y no tengo ni idea de por qué. 

Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.

Leila

Cada vez que pienso en Leila, se me dibuja en la mente el vuelo de una falda. Un volante ondeando sobre unos pies calzados en delicados tacones que pisan con esa elegancia, esa clase, que hace que todos se vuelvan a mirarla cuando pasa. La conozco desde hace algunos años, pero cada vez que pienso en ella, vuelvo a esos pasos en la biblioteca, a esa sonrisa que le titila en las comisuras de los labios y a esa melena castaña de princesa de cuento. De reina de las hadas de incógnito en un mundo complicado.

No siempre nos hemos llevado bien. También nosotras, muy semejantes en algunas cosas, hemos tenido que aprender a conocernos. A aceptar que somos afines pero no iguales. Nos ha costado, todavía nos cuesta, a veces, aunque hemos aprendido a arañarnos sin hacernos auténtico daño, porque sabemos que podemos hacérnoslo de verdad y para eso ya está el resto del mundo.

He sido modelo suya, pero antes, y siempre, y siempre, amiga. Por ella me he envuelto en papel de periódico o en hilos de lana roja, he adoptado posturas de araña y de gato, he mordido manzanas envenenadas de tinta y hasta, ay qué pereza y qué sufrimiento, me he tendido desnuda junto a ella.

Porque no sé si lo he dicho pero Leila hace fotos.

Sé lo importante que es para ella lo que hace porque soy la primera que ha visto cómo le tiembla la sonrisa, el pulso y hasta las pestañas cuando tiene una idea encima de las cejas que no le deja pensar en otra cosa que en el encuadre y en el disparo. Sé, y lo supe de la peor manera, lo importantes que son para ella las opiniones de sus amigos, de sus seres queridos. Sé que, Titania en reino humano, cuando dejas de creer en ella se marchita y se apaga. Y no quiero que eso pase porque soy una egoísta que la hice prometer que no volvería a obligarme a pisar un hospital, que no me gusta conocer a su familia en esa clase de ambientes.

Hace un año, le hice una crítica. Una crítica de las mías, de las envenenadas, de las brutales. Esas críticas que invitan a una pelea en el barro. Pero las hadas no pelean en el barro. Me arrepentí por muchas razones como me arrepiento siempre de mis sapos y culebras cuando me sorprende con otra de las suyas y me doy cuenta de lo precioso, y frágil, que es el regalo de tenerla como amiga.

No puedo criticarla. Al menos, ya no por lo que la critiqué un año atrás. Porque, sencillamente, se ha superado. Y se sigue superando. Gracias al afecto de los suyos. Gracias a su empuje, su arranque y su valor. Ha pasado de un mundo de máscaras y muñecas a otro, al de verdad, en el que la Naturaleza y los impredecibles elementos juegan un papel más importante que los recortes y ediciones preciosistas a posteriori. Ese mundo en el que hay cuentos, hay animales, hay amor y luz y algo parecido a la felicidad que me hace sonreír desde la otra punta del mundo.
Aunque claro, nunca le digo nada.

No sé si hoy, que cumple veintiséis años, saldrá también a vender sus fotos en la calle. Si la ven, echen un vistazo. Hablen con ella. Verán si tengo razón en que es una de esas raras criaturas que hacen un poco mejor el mundo.

Fin del mundo a toda vela (II)

Es el último viernes antes del fin del mundo y lo estamos pasando en medio del monte, en un hostel con encanto. Con encanto de verdad, y eso es difícil en la tierra donde o las cosas son horteras o pijas, sin término medio. Dragones, dorados, brillantes svarovski, neveras en el salón, ya saben de qué hablo. Esto no. Esto es todo madera, luces bajas y rusticismo medido al milímetro. Justo al lado del complejo destinado a jóvenes mochileros hay un hotelito para recién casados, un apartamento que parece haber diseñado el tataranieto de Gaudí un día que se lió a romper tazas y un perfil orgulloso de bergantín pirata.

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Antes de salir  rumbo gintonic, irrumpen alegremente tres jovenzuelos con toda la pinta de ser los últimos elegidos para equipos en una clase de gimnasia. Dos chicos y una chica. Ella nos mira. Parpadea. Sonríe. Se dirige a nosotras con un acento entrenado probablemente en todos los English corner de su ciudad. Lo mismo es de la mía, vete tú a saber.

-So, where do you girls come from?
Elena y yo ya no nos miramos. No lo necesitamos. Ya estamos curtidas en esto.

-Xibanya, decimos al unísono con la misma sonrisa encantadora, y nos escabullimos por el espacio que han dejado todas sus pretensiones de practicar inglés con extranjeros. Pareceremos tontas con nuestro acento infame y nuestra gramática balbuciente, pero nos da igual:  nosotras también queremos practicar chino. Y para eso, el único camino posible es negar que hablas la que parece una maldita koiné.
This is for you, nos dice, ya en el bar pirata, el músico lampiño al que ya hemos bautizado automáticamente como Nacho Vegas solamente porque nadie puede entendernos ni oírnos, y susurrando para el cuello de su forro polar (no vaya a ser que coja frío), se arranca con Hotel California. No se bajan del burro: de la misma forma que para un dueño de bar Manolo un chino es un chino sea de Vietnam, Corea o Mongolia Interior, nosotras nacimos con acento del Mississipi y punto. Pero le agradecemos el regalo con una sonrisa y ladeamos la cabeza para escuchar mejor.

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Bebiendo té.

 

Somos las únicas occidentales en todo el café, pero no arrancamos más miradas que de curiosidad. Se disculpan en inglés cuando nos rozan con la silla y esbozamos un “no pasa nada hombre” en mandarín. Bebemos cerveza y gintonics en vasitos de muñecas mientras a nuestro alrededor revolotean chicos y chicas ataviados con gorros de Santa Claus que celebran una fiesta con pruebas y regalos. Alborozo general cuando a una de las féminas le toca, ohdiosmío, dar un beso en la mejilla al colega de al lado.

Uno de los amigos del músico, después de pasar cuarenta sillas por delante de nosotras, termina invitándose a una ronda, por las molestias. Es animador, qué gracia, animación se dice dong hua, dong de movimiento y hua de pintar, claro, qué lógicos, maldita sea… Todos quieren hablar con nosotras, todo sonrisas y cortesía. Escriben sus nombres en servilletas y postales gratuitas. Nos intercambiamos los teléfonos, ya por costumbre que porque realmente vayamos a usarlos alguna vez, casi me da vergüenza sacar el mío, un walkie talkie que compré en Beijing hace dos años por necesidad y que requiere que pulse las teclas con más fuerza que si tocara, también, una guitarra testaruda.

A la novia de uno de ellos, cabecita ladeada, todo mohínes, no parece hacerle mucha gracia todo el tinglado y les arrastra de allí con esa fuerza infantil que sólo saben sacar algunas mujeres adultas.

Ya solas, Elena y yo hablamos hasta que nos cierran el barco. Hablamos de lo seguras que nos sentimos aun yendo solas por ahí, de noche. Hablamos de lo jodido que es vivir en una parte del país al que no se le permite la calefacción central. Hablamos de la gente tan distinta que se conoce viajando. Hablamos de la naturalidad y la camaradería que reinan en estos reductos de jóvenes, curiosos y cultos y hasta atrevidos cuando se ven con confianza, y hablamos de que nos gusta estar ahí, lo que nos gusta haber roto la rutina con nuestras respectivas ciudades y haber venido hasta aquí a beber cerveza y gintonics, y a hacer a fin de cuentas lo mismo que todos esos chavales que juegan a los besos y ríen y aplauden los platos de fruta decorada y hablan con excitación de la belleza del lago del Oeste:  disfrutar de la vida. Nada más. Y nada menos.

Las escapadas (I)

“Deberías ir a Hangzhou. Es muy bonita. Tiene un lago”

Una vez llegas, es muy fácil dejarse engullir por la rutina de una gran ciudad. Especialmente, por la rutina de esta gran ciudad. Pero cuando te asientas y miras un poco alrededor, ves (aparte de las millones de cosas que hay que ver, claro), primero, que, como en Madrid o Barcelona, muy pocos (muy orgullosos, eso sí) son realmente de aquí; y también, que se puede viajar a cualquier parte del país con dos duros y un paquete de fideos envasados.

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la estación de Shanghai Sur.

Shanghai, aparte de incitar al vicio, a la perversión, a las compras compulsivas y al uso de artículos kawaii,  cuenta con nada menos que tres estaciones de tren, dos aeropuertos y de autobuses mejor no preguntar porque con los interurbanos ya tengo suficiente para el resto de mi vida. Y es tan fácil como ir a la estación dos días antes, sin prisas ni agobios (aquí como vayas con prisas o agobios estás perdido) y, si el mandarín no da para tanto, elegir el mostrador english-friendly con la señorita que te asusta farfullando un “no seat” cuando lo que quiere realmente decir es que tu tren no tiene asientos numerados….

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estaba el tren rápido, el normal y el roñoso.

No voy a viajar sola. Viajar solo es un rollo. Menos mal que Elena, que estudia en Nanjing, que fue anfitriona mía allí y se dejó acoger por mí en Shanghai, piensa lo mismo. Para esta escapada conjunta lejos del traficazo y el ruido, elegimos una ciudad cualquiera, cercana y con un nombre que nos suena tan parecido a los de las otras ciudades y provincias como a un chino le sonarían Cataluña y Calatayud.

Creo que es la segunda o la tercera vez que oigo hablar de esa ciudad (más o menos las mismas que mis alumnos las provincias españolas) pero según dicen, es muy bonita y además, tiene un lago.

El tren lento, con sus asientos cubiertos de tapicería de colchón, tarda dos traqueteantes horas. No es mucho, si tenemos en cuenta que ha costado 29 yuanes…

Llueve en Hangzhou cuando al fin el tren se para. Al ritmo del “fapiao fapiao” de los revendedores de billetes, busco un YonHe King (una especie de McDonald’s especializado en leche de soja y porras, sí, porras) con wi-fi desde el que esperar con un té caliente a Elena, que  me ha llamado hace poco para decirme que llega con retraso. Ha sido una suerte conocerla. Ambas somos capaces (ella más que yo) de regatear por un souvenir, de mentarle a la madre a algún pesado o de chapurrear un poco sobre el fútbol, los toros o lo mal que está la cosa en España. No tengo que esperar mucho hasta que los veo aparecer, a ella y a su mochila. Nos pegamos un abrazo ante la sorpresa del grupo de universitarios que merendaba en ese momento y nos soltamos a cotorrear como si nos hubieran dado cuerda.

Protegidas bajo mi paraguas transparente comprado en un “todo a diez yuanes”, nos hacemos con un mapa, preguntamos aquí y allá y damos con el autobús correcto. Son las ocho de la tarde cuando llegamos al hostel, dejamos las cosas en la habitación mixta con ocho literas y nos vamos a por unas cervezas.

El fin de semana no ha hecho más que empezar.

Hasta de tu sombra

Lisboa, diciembre 2011.

-Qué egocéntricos somos los actores, ¿eh?

-Bueno. Los filólogos somos pedantes. Así compensa.


Para acordarse del SOS (4.8)

Gafas negras en la noche. SOS 4.8. Murcia. Mayo 2012

Hacer en dos días eso que sabes que no le gustaría a tu madre aunque haga tiempo que no eres niña. Bien rica, bien chévere.

Post-rock en regazo ajeno.

Descansar poco y a ratos en el suelo arrasado de cadáveres de plástico antes de volver a saltar como quien lucha por su vida. Run run run run run run run away.

Colisión inminente (Red lights, Red Lights).

Y más: Un The book of love que dispara el vello de la nuca y auditorio en silencio y salir pisando euforia, confesiones, Ms. Mosshart, pumpum, maneras de mirar ausente (sólo a veces, sólo un poco), Beth Ditto marcándose a Talking Heads y a Black Sabbath sin dejarnos respirar, I’m so excited, las más de 24 horas sin dormir la primera vez, couchsurfing como primer paso para tratar misantropías, licor de hierbas casero, la verbena (ya estaba así cuando llegué), Pete Parties, la muñeca cabrona. Morder.  Alala y los acordes que unen más que años de relaciones cordiales. Himnos. Volvemos como carcasas colmadas de música y ya si acaso en un ratito le preguntamos al mundo qué ha pasado en estas horas. La pulsera sigue ahí.

Esta vez le ha tocado a Murcia, pero por aquí ya se baraja la siguiente. Seguiremos informando. Buenas noches.