Guía de (cierra)bares en Shanghai

No solamente es poner la primera lavadora. O encontrar buenos amigos. O adaptarse al trabajo y al estilo de vida. O dar con un parque para leer a gusto una tarde de otoño. Una de las cosas que más en casa te hacen sentir es un buen bar. Un bar en el que pasarte media noche de cháchara descascarillando cacahuetes. Un bar en el que echarte al coleto una buena ginebra mientras oteas al (bello) personal. Un garito en el que dejarte las rodillas bailando hasta las mil. Es difícil, pero poco a poco se van encontrando.

Le comenté a Oriol, mente pensante detrás de la magnífica Chinalati, que me gustaría hacer una guía de los mejores bares en esta ciudad que tiene complejo de pija, de puta y de superficial, comparada con la “underground y auténtica” Beijing. Me dijo que vale, pobrecito.

Así que aquí estoy. Iré publicando mis hallazgos en cuanto a baretos documentándolos con batallitas, fotografías y demás, para demostrar que en Shanghai, aparte de beber vino con el meñique levantado, también sabemos emborracharnos con estilo.

Aquí va la primera de muchas. He añadido en la parte de Colaboraciones un botón con el nombre de la sección donde se podrán ir siguiendo.

Estén atentos.

Si yo venía a un congreso, pero me han liado.

Toda la vida sin saber qué es la semiótica y acabo aquí. Qué es esto.

Elena B., Universidad de Nanjing.

Pues yo voy a hablar de tecnología.

Everardo, Eve (México), Universidad de París.

Van a haber hondonadas de hostias aquí.

Antonio B., gallego.

No sé si han estado alguna vez en un congreso académico. Ni si han estado alguna vez en una ceremonia de inicio de curso de alguna universidad china. Por suerte o por desgracia he vivido las dos por separado. Y puedo decir que una combinación de ambas puede ser, más o menos, como mezclar Coca-Cola con Mentos.

La ceremonia de apertura. Bueno, más o menos. Había más flashes.

Gente, mucha gente. Universitarias con cámaras. Académicos de traje mirando de reojo las acreditaciones de color rosa en un silencioso  y tú de quién eres. Un grupo de música tradicional china nos ameniza con piececitas alegres que sonarían mejor si no nos las hubieran explicado. Y van a empezar los discursos.  Cuando salimos a hurtadillas nos intercepta un cancerbero. You can do that later, now you attend the ceremony. Así todo. Diplomacia, diplomacia.  Ups, sir, where is rhe restroomAl lado del baño hay una escalera de incendios. Aún resuenan los ecos de una melodía de flauta de bambú cuando nos damos cuenta de que ahora toca la foto de grupo. Y ese tío del megáfono se lo va a pasar pipa organizando a todos por tamaños. Al final, después de varios cheese, patata, qiezi (sí, aquí dicen berenjena), la cosa queda bonita. Además, nos regalan algo que parece un termo y un juego de cartas que no sé aún muy bien qué es.

Lo mismo es un recipiente de cenizas y no me he dado cuenta pero eh.

“No estamos en ningún lado y estamos en todas partes.”

Ponentes de todo el mundo. Todos vienen a hablar de su libro. Son expertos en semiótica que también dicen eso de “ay, el chino debe ser muy difícil”, aunque te citan a Deleuze, a Guattari y a quien haga falta, que para eso hemos venido. Toma, una tarjeta. Omiten el “niña” porque eso se lo reservan a las universitarias chinas que revolotean entre las facultades-pagoda, whatcanIdoforyú, followmeplease. 

La mentalidad holística y una posible broma semiótica a la hora de organizar los signos, los símbolos y el nombre de las putas sedes hace que encontrar una mesa redonda se convierta en una especie de gyncana. Y te ríes. Te ríes porque ay, esto ya es el arroz de cada día, amigos.

Me escabullo de la comida oficial en mesa giratoria y de la ópera Yuequ especialmente diseñada para alimentar la imagen de la China milenaria que tienen todos los turistas por muy académicos que sean.  Estos días me quedo en la residencia de una amiga que estudia aquí. Se nos seca la boca hablando en ese español coloquial que llevamos mes y pico sin usar. Lo primero que hacemos, una vez dejo la maleta con mi ponencia y mi carta de invitación en el undécimo donde vive, skypea y se tira de los pelos cuando Internet le da por saco, es irnos de cañas. Lo segundo, una vez sé cuándo me toca, es tomarnos algo que nos dicen es gintonic. Después de un tiempo aquí, ambas leemos menús, cruzamos la calle y luchamos por los asientos de metro tan bien como los locales, y nos vamos a conocer el kistch nanjiniano. Cuando pienso que lo he visto todo, me vuelven a sorprender.

Aquí, tomando el fresco.

En estos saraos se termina conociendo gente. Raro es que no se congenie y raro es que alguien no te invite a un café, o a lo que aquí llaman café, y estamos todos tan fatal de lo nuestro que terminamos cerrando tratos entrechocando tazas de plástico. Ya lo de que toda la mesa termine resultando medio gallega va aparte.

Al final, lo de menos son las ponencias.

Mira mamá, soy yo.

Yo me lo he pasado muy bien.

El congreso de Nanjing

Pues esto es el cartel del eventomamáAA.

Envié mi propuesta como envío todo: con desgana y hartazgo y pocas horas antes del deadline (lo siento, me gusta más esa palabra que la perífrasis en castellano. Porque sí). Horas después, me decían que estaba dentro. Eso pasó hace varios meses, cuando ya sabía que me iba a China y que Nanjing estaba como a una hora de tren.

Ahora, con el billete comprado y la maleta, como siempre, a medio hacer, me empiezo a dar cuenta de que esto va en serio.

Dentro de dos días estaré en el congreso Semio 2012 en la Nanjing Normal University, en una mesa redonda sobre literatura y espectáculo. Mi ponencia, de quince minutos si no me echan antes,  se titula  Fdez. & Fdez: Postpoesía y Afterpop, y hablaré precisamente de eso, de ellos dos, del trabajo conjunto de Agustín Fernández Mallo y de Eloy Fernández Porta.

Añadiría algo más pero es que me está entrando la risa tonta.

Joder, qué nervios.

Desde El Tornillo de Klaus: Hello, Brave New World

Hace un par de semanas, mediante procedimientos hijos del tiempo en el que vivo, me hice con cierta producción británica, de Charlie Brooker (Dead Set) para más señas. Cuando, menos de dos horas más tarde, terminé de verla, se me habían quedado ojos de conejo insomne. Menos de dos días después, escribía una serie de paridas para El Tornillo de Klaus y que no tienen otro objeto que contagiar a los incautos de mi entusiasmo de roedor catódico.

Contágiense a gusto aquí.

así, así veremos la tele del futuro. Y nos enteraremos de todo, no crean.