花样年花

Han sido unas semanas locas. La primavera ha llegado de repente, vaporizando agua o dejando caer el sol a plomo sobre el asfalto: es época de paraguas y parasoles, de comprar ropa nueva, sombreros frescos y sandalias altas.

Se va acabando el curso y todos lo notamos. Hay más confianza: con el buen tiempo, se me revolucionan, y ya todos saben lo que es un follamigo. Y como esto es un acuerdo bilateral, a mí también me confían entre risitas la palabra en chino, mientras juramos guardar silencio no vaya a ser que me echen por estas cosas. De momento, todos han aprobado el examen de Medio Semestre, se preparan para el final y el otro día el estómago me dio un revés cuando el delegado de clase me dijo que uno de los alumnos no iba a volver este semestre porque se había muerto su padre.

Me preocupan sus futuros y me emociono un poco cuando me encuentro con alguno de ellos  repasando en los pasillos de una universidad que no es la suya antes de enfrentarse al DELE, el examen oficial de español, mientras en el bando contrario yo voy repartiendo hojas y materiales o recordándoles que les quedan diez minutos. Y del DELE tengo que decir, después de haber visto a la chiquita de veinte añitos en un C1, que cada vez se presentan más jóvenes, y con un nivel que me hace avergonzarme del mío de chino.

Pero sólo un poco. Voy a clases y las damos en una terraza en el corazón de un jardín. Por primera vez en mucho tiempo, durante el tiempo de clase (y antes y después) sólo se oye mandarín. Bromeamos, sí, y nos contamos cotilleos, pero me tiene tiesa como una vara. Uno de estos días haré el HSK 5 y entonces podré decir que me va bien. De momento lo voy preparando y disfruto en el proceso mientras stalkeo a mis chicos en Weibo o leo mis cómics o mis revistas de chorraditas kawaii que me compro porque a mi madre le encantan y así me siento cerca de ella, también.

Sigo sin saber qué voy a hacer con mi vida, pero mientras lo decido me he metido en la organización de un cineclub en el que proyectamos películas y las destripamos después mientras bebemos vino y escuchamos música. Está bien: se conoce gente, es divertido y siempre viene bien saber cómo funciona un proyector. Y lo de conocer gente siempre está bien, sobre todo cuando no se quejan de lo que escupen los chinos o de lo poco que les gusta la comida o de lo mucho que han viajado por China.

Voy a conciertos, a festivales, a ferias, a todo lo que se me ponga por delante del newsletter en esta ciudad que siempre bulle y a la que nunca se llega tarde a nada y empiezo, aunque aún me sorprende, a encontrarme a conocidos y amigos que hacen la ciudad más pequeña, más cálida y más cómplice.

Puedo comunicarme. Puedo defenderme. Vivo sola y me gusta. Empiezan a brotar en mi cabeza, como flores raras, ideas que uno de estos días me tendrán una noche o dos despierta hasta que estén sobre el papel.

No se está mal aquí cuando la ciudad florece.

Y creo que no quiero marcharme todavía.

Mi extraña afición a las montañas rusas

Tendría muchas otras cosas que contar sobre cómo es la vida aquí o sobre qué he hecho últimamente, pero no estoy de humor. No estoy de humor porque lo que realmente me gustaría hacer este martes por la mañana en que libro no es sentarme ante el ordenador sino quedarme tranquilamente en la cama ronroneando con mi pareja hasta que a uno de los dos se le ocurra levantarse a hacer el desayuno. Pero él no está. Está, claro, pero en España, a seis horas por detrás en el huso horario.

Bienvenidos al maravilloso mundo de las relaciones a distancia.

He estado sin pareja durante un tiempo, más tiempo del que las lenguas viperinas consideran decente, sin que me importara una mierda y con mis subidas y bajadas emocionales. Pero el año pasado, pocos meses antes de irme un curso entero, quizá dos, o tres, o los que fueran, a la China, se me ocurrió eso que dicen echarse novio. Llámenlo como les dé la gana, yo también puedo ser cínica cuando quiero y nuestra generación parece que vive en un “meh” constante en lo que se refiere a al amor. Nos hemos liberado de tantos términos considerados anticuados que cualquier palabra que no se refiera al hedonismo más salvaje nos hace enrojecer y negarla rápidamente como niños de colegio. Y me incluyo, eh.

Se nos ocurrió no dejarlo antes de que yo me fuera, ver qué pasaba, aunque sólo fuera para darle a él la oportunidad de hacer turismo (ven, yo también soy una cínica). Se nos ocurrió vivir durante unos meses en esa especie de realidad alternativa que es la de estar hipercomunicado sin estar, sin verse, sin olerse, sin tocarse, sin sentirse de verdad. La realidad de los mensajes cruzados, canciones y fotografías por cualquiera de las redes sociales a las que estamos enganchados. Sin poder llamar justo cuando quieres hablar de verdad, y ahora espera un rato, tengo lío ahora, luego te llamo, me voy a dormir, luego no estoy, ahora el sonido no va, esto es un rollo. Y sabes que no puedes exigir nada, pero el vacío en la Red es un recordatorio constante, como una herida que no termina de cerrarse, y duele. Joder que si duele.

Resulta que, afortunadamente, gracias a algunos ahorros y a las ventajas del freelancismo, ha podido venirse aquí conmigo el tiempo de un visado de turista. Hemos tenido suerte: no todo el mundo puede hacer eso. Conozco, y conocerán, casos peores, y todavía tendremos que dar gracias a que Skype haya democratizado los tequieros a miles de kilómetros de distancia.

Hemos estado tres meses conviviendo en un espacio pequeño, con China bullendo fuera y sin posibilidad para él de escaparse en caso de que quisiéramos matarnos de repente. Todo esto, que parecía un suicidio, ha terminado resultando mejor de lo que esperábamos. Y eso también es una putada. Porque yo vuelvo en julio a España. Pero a lo mejor, si todo va bien, me quedo otro año más aquí. Es decisión mía, dirán. Haberlo dejado, dirán. Haberte ido a Portugal, dirán.

Claro que es decisión mía. Pero porque si me vuelvo a España, seguramente me esperen unos meses, o unos años, de vivir con mis padres, otra vez. De buscar trabajo, seguramente sin éxito. De arreglar el mundo en un bar con una caña en la mano mientras los amigos van emigrando y todo se derrumba a nuestro alrededor con la parsimonia de las ciudades viejas. Y eso tampoco es vida.

Y duele pensar que volver a España por más tiempo de un mes es el último de mis deseos ahora mismo. Duele porque eso supone dejar atrás muchas cosas o plantearse otras. No todo el mundo tiene el dinero para traerse a los que quiere al otro lado del mundo y yo no soy una empresaria, ni una gestora cultural de éxito, ni nada por el estilo. Solamente soy una recién graduada que quiere buscarse las castañas en el extranjero antes de pudrirse en casa de sus padres durante los mejores años de su vida.

Es curioso cómo han cambiado las cosas. Antes, lo que aprendíamos a través de las películas que acababa con una pareja eran las rutinas, el aburrimiento, cada uno leyendo en su lado de la cama. Aquí, las rutinas consisten en el trozo de pared que se ve a través de una webcam.

Lo peor es la incertidumbre. No saber qué va a pasar en los próximos meses con mi vida en general, ni la laboral (porque encontrar trabajo aquí tampoco es fácil) ni la sentimental. No poder hacer planes de ningún tipo más que a corto, cortísimo plazo.

Mientras cruzo los dedos para que el menor de nuestros problemas sigan siendo las conexiones de Skype, pienso que ya veremos, que ya pensaremos en algo, que ya sobreviviremos. Hasta julio, mientras, tendremos que seguir despertándonos solos.

De pandas y cobras

No sé si lo he dicho ya, pero mis alumnos son unos cielos.

Puestos a elegir, por mucho que me meta con ellos, prefiero mil veces su timidez asustadiza al descaro perezoso de otras nacionalidades que mejor no mencionar. Además, a la nada que se les implica, son trabajadores, curiosos, y, viendo el contenido de sus exámenes, tremendamente imaginativos.

Donde me vean, y aunque se hayan despedido de mí hace cinco segundos,  me saludan agitando la mano con una sonrisa, antes de que suene la sirena les puedes ver trotando con su desayuno hacia la puerta si no es que están ya sentaditos bien formales, y a la salida de clase, siempre me rodea un grupito entre admirados y orgullosos de poder charlotear informalmente con la que llaman “profesora” mientras el resto del mundo universitario de este lado del Huangpu nos miran y remiran a nuestro paso.

Siempre están dispuestos a hacer cosas por mí. Ya sea ayudarme a configurar Internet, comprar un par de botas por Taobao, enseñarme dónde está la mejor piscina del distrito o descubrirme al peluquero más estiloso del barrio, sólo hace falta insinuarlo para tener una, dos y hasta tres guías sonrientes y solícitas que siempre se empeñarán en invitar a todo.

Lo malo es que tanta atención cansa. Después de cuatro días a jornada completa usando un español docente, didáctico y carente de toda ironía y doble sentido, lo que menos me apetece durante mi tiempo libre es verles las caras y escuchar paciente sus voces vacilantes en las personas verbales, y lo que más, una conversación en la que interrumpir al otro las veces que me venga en gana y poner a caldo (venenoso) a todo bicho viviente. Me apetecen trayectos silenciosos en metro durante los que ordenarme la cabeza y, sobre todo y en defitiniva, me apetece hacer lo que me salga de las narices sin que me vea nadie de lo que, a fin de cuentas, no deja de ser mi lugar de trabajo.

Y eso implica tener que pasar buena parte de mi tiempo poniendo diplomáticas y elaboradas excusas a todos los alumnos que me proponen actividades extraescolares para poder compartir cuanto más mejor con su joven y atareada profesora. Y yo necesito mis horas a solas. Sin ellos. Sin esa admiración o esa cortesía servil que roza el peloteo y esa sorpresa casi asustada cuando mi fin de semana, a diferencia del suyo, no ha consistido en dormir o navegar por Internet y se me ocurre comentar que he ido a un concierto o a una exposición, que fui y me volví sola y que no me perdí en el metro ni me asaltaron los hombres malos.

Ahora, ya intento callarme las cosas. Porque las concesiones y las confidencias tienen las mismas consecuencias que en cualquier otro sitio. La principal se llama pagafantismo.

El otro día, uno de esos alumnos detallistas, que conoce mis gustos, me comentó que había comprado vino y queso. Por Internet. Porque aquí todo lo compran por Internet, desde la ropa al papel del váter. Y que si estaba libre por la tarde. Mis tardes son mías, para pensar y criticar y blasfemar mentalmente en mi bendito idioma libre de ataduras didácticas, pero acepté porque, lo reconozco, la imagen de un bodegón de uvas, pan, queso y vino tinto me tocó la vena nostálgica en medio de las Tsingtao de medio litro, el tofu de la casa y el arroz hervido.

Va, venga, quedamos en el comedor de mi edificio, le digo.

Y llegan las seis y media y le veo aparecer con su mochila, mirada huidiza, sonrisa nerviosa.

Pues, pedimos un par de platos y luego subimos, me dice el colega.

Subimos, a dónde, le respondo, lo siguiente a mosqueada, aunque aquí ya hasta cuando me mosqueo sonrío.

Y me señala al techo como si ahora yo fuera la alumna y hubiera que explicármelo todo. Claro, a tu cuarto.
Aquí yo ya me parto de risa.

O sea, que mi querido y avispado alumno se estaba autoinvitando a mi cuarto a beber vino en lo que ya pasa de ser una muestra de cortesía a una especie de cita que yo, a saber por que clase de subterfugio mental, estaría obligada a aceptar igual que he aceptado pasteles de luna o dulces típicos de la ciudad natal de Fulanito Chen. Lo dicho, para partirse.

Le digo que no bebo en mi cuarto. Que si quiere, la abrimos en el comedor, y que si no, naranjitas de la China. Y claro, se me cortocircuita. A quién se le ocurre, beber vino en el comedor, qué dice esta loca, con lo bien que estaríamos en su habitación a la luz de sus velas del IKEA, imagino que piensa.

Pues mira, pipiolo, por ahí no paso. Como nadie te ha pedido que compres Rioja por Internet, o hacemos lo que digo o te lo bebes tú solo. Porque la única persona que puede traspasar el umbral de mi cuarto con motivos etílicos es mi novio, que por cierto, viene en enero y es el doble de grande que tú . Y no se si te has dado cuenta de que no paro de hablar de él a ver si todos os coscáis de que, por ese y otras razones, todo lo que os voy a enseñar en profundidad  va a ser el uso adecuado de los pronombres demostrativos.

Esto último, claro,  me lo callo. Me callo porque yo también he tenido veinte años, porque soy una mujer educada y porque no sé si comprendería la palabra pipiolo.

Lo dicho. Angelitos. Menos mal que la cobra, por suerte, no es especie autóctona.