Reunión en la cumbre o los anuncios coreanos

Dicen que es la auténtica Muralla. Yo, que llevo aquí casi tres meses, os digo que es una putada. Estoy hablando de eso que el gobierno chino llama “armonía” y los internautas bromistas, con un juego fonético que sólo entienden ellos, “cangrejo de río: la censura en Internet.

Facebook (cuya desafortunada aproximación fonética y sus respectivas ideas semánticas dan una idea de lo mucho que le gusta al Gobierno), Twitter, Youtube, WordPress y un sinnúmero de páginas bloqueadas o de un acceso tan lento que desespera. Como si las estuvieran traduciendo simultáneamente tres o cuatro chinos con anteojos, tan parecidos a los censores franquistas, intentando saber si dicen algo malo de Hu Jintao.

Que nadie se asuste. En este país se compra y se vende todo. La libertad, al menos la privada, no iba a ser menos. Antes de mudarnos a China y casi antes que los trámites del visado, todos los extranjeros aprendemos cómo hacernos con una VPN que, por alrededor de cuatro euros al mes, o incluso menos, permite que sigamos enganchados a la mayor droga contemporánea: la hipercomunicación.

El síndrome de abstinencia se dispara cuando el Gobierno, como los padres del protagonista de Trainspotting, se ponen serios y deciden que es hora de que temblemos un poco, por nuestro bien. Es lo que ocurrió hace una semana que se hizo eterna, cuando la cúpula del Partido Comunista Chino se reunió en Pekín para, entre otras cosas, hacer que nos lleváramos las manos a la cabeza mientras Twitter se nos caía encima una y otra vez y el icono del Skype giraba sobre sí mismo teñido de un desesperado color gris.

La cumbre, por lo que creo, ya concluyó. Les agradezco su intento de que todos los extranjeros nos interesemos en el futuro de la política china. Por mi parte, y después de varios días en que, para colmo, la conexión de mi edificio también se fue a hacer gárgaras, me quedo con mi pequeño reducto de libertad.  Aún no sé muy bien cómo funciona esto que parece casi una mezcla entre magia, fe y picaresca universal. Pero sé que, desde que puedo elegir el país desde el que conectarme, me encanta ver los anuncios coreanos en Youtube.

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Miedo a las tarjetas de crédito o Pánico en el banco chino

Huy, pues esto no va… llame aquí.

Recapitulemos. Han pasado los primeros días. Te estás adaptando. Te están adaptando. Has descubierto que en el cuarto cabe muchísima mierda y que además puedes generarla tú. Has empezado el periplo para avituallarte de artículos de limpieza, protococina (las ollas llegarán luego) y básicos de supervivencia del tipo café de sobre y chocolate del malo (no es que me gusten, es que no hay otro), avena para el desayuno y alguna lata de cerveza de piña más que nada por probar.

Aunque la universidad tenga el detalle de ponerte toallas en el baño, nadie regala nada. No cuesta tanto como en otros países, de acuerdo, pero Shanghai es la ciudad más cara de China. Y no voy a adelantar lo del truco del té, pero aquí también son del club del sablazo al extranjero.

Desde España te llevas un poco, lo que calculas suficiente. No te preocupas. Tienes tu flamante VISA de uso internacional, válida en cualquier cajero de…

De todo el mundo menos de Shanghai un martes a principios de septiembre, a dos días examen médico del que tienes que adelantar el importe. Y te encuentras con que, después de tu primera semana, tu tarjeta no sirve, que tienes menos de treinta euros  hasta que te paguen el sudor de tu flequillo a finales de mes y que de repente hasta comprar unas mandarinas puede convertirse en un lujo. Y no digamos el tinte L’OREAL  en el que has caído como una perra consumista. Y qué pasa si ocurre algo de repente, piensas en un arrebato de Bad China Day. Lo que sea. Qué pasa. Eh. Eh. Doxa Grey, alimentándose de arroz sin sal y baozi de cerdo de a yuan la pieza. Doxa Grey, lavando la ropa en el Huangpu. Doxa Grey confinada en el culo de Shanghai sin dinero para el autobús. Doxa Grey sin desodorante…

La bendita familia intenta enviarte dinero para que te quedes tranquila y mientras, pides un adelanto a la encargada de los extranjeros en la universidad. Sí, la misma que ha hecho que dos alumnas tuyas se recorran media ciudad en metro para llevarte al examen médico a un hospital que ni ellas conocen. La misma que te indica dónde están los sitios con un sucinto y ante todo vago “over there”. El adelanto lo suplicas un viernes. El lunes no la encuentras. El martes te pregunta sonriente ante tu cara desencajada de estar en tiempo de clase y sin dormir más de dos horas que si puedes sobrevivir (sí, con retintín) un día más. El conflicto diplomático internacional te lo ahorras con un suspiro porque al final te lo dan, claro. El resto ya te lo ingresarán en la cuenta recién abierta. El banco también está over there. Menos mal que los otros profesores, que ya la conocen, deciden adoptarte y te llevan con ellos para que veas lo bien que pronuncian “firme aquí” los empleados de banco chinos.

Me ahorro los detalles, los formularios, los números de control que no parecen funcionar en el ordenador de una jovencísima empleada con pin del Partido Comunista que sólo sabe decir “passport” y que suda tinta cada vez que te ve aparecer. Me ahorro las semanas de espera, la incertidumbre, la impotencia y la preocupación de la oficina de Correos en Alcalá en que le pidieron a mi madre que por favor les dijera algo en cuanto “suhijaenChina” hubiera recibido el dinero.

Y si Mrs. Overthere no mueve un dedo, por suerte, el resto sí. Los alumnos se desviven. Gracias a uno de ellos escribo esto y tengo acceso a redes sociales. Gracias a otra, y después de dos horas de gestión, llamadas, firmas y traducciones a vuelapluma, todo está bien. 

Al menos, mientras ahorro para futuros viajes, puedo comprarme las mandarinas que quiera.

Mientras tanto, en la ciudad

Es un domingo por la tarde. Los obreros que te han despertado a las seis de la mañana siguen ahí, dando unos golpes infernales mientras convierten el camino de acceso a tu edificio en un pedregal de cemento.

Resumamos.

Los primeros días en un país nuevo son pura euforia. Una vez superado el choque de la diferencia horaria, la temperatura y la gente, todo es la hostia. Todo es precioso, alucinante, increíble. No paras de sacar fotos hasta a la última mierda seca.

Luego toca armarse de paciencia. Las cosas aquí llevan su ritmo y no siempre es el que nos gustaría. Ir a un banco y explicarle a la señorita que te habla inglés con voz de robot que quieres abrir una cuenta. O decirle a esa misma señorita que  el número de control que te han dado tus padres para que recibas dinero no le funciona en su ordenador porque es tonta. O llegar a un hospital de la otra punta de la ciudad para que te hagan un examen médico en el que ves sudar a mares a las dos enfermeras, DOS, que no saben cómo pincharte en ese brazo de alfeñique que tienes. O pasarte una hora esperando para que tíos vestidos de policía de Playmobil te hagan una foto con una webcam y se lleven tu pasaporte hasta nueva orden. Son trámites. Son aburridos, son tediosos, y minan el ánimo cuando las cosas, por lo que sea, se tuercen.

Las primeras semanas son para habituarse a las rutinas. Para ver cómo funcionan o dejan de funcionar las cosas aquí (más lo segundo que lo primero). Y es fácil desfallecer. Es fácil porque las rutinas engullen. Porque de pronto necesitas urgentemente cocinar tú y no encuentras vinagre de vino para aliñar ensaladas en ningún lugar cercano o porque de repente todo el mundo parece tener muchísimo trabajo que efectivamente no te incluye. Porque te gustaría enseñar tantas cosas a esos sesenta y pocos alumnos que cuando el proyector decide no funcionar te dan ganas de emprenderla a patadas con él, con los libros y con el dispensador de agua del pasillo.

Y luego empieza a llover.

Normalmente llueve poco.

Excepto el día en que se te ocurre ir a hacer la compra a la Tierra Prometida del producto Occidental (en adelante, Carrefour) y cuando sales bien contenta con tu preciado vinagre descubres que sigue lloviendo a cántaros, que el autobús no se decide a venir y que darías lo que fuera por teletransportarte hasta un lugar donde el café no sea un lujo ni un robo y cascarte un cuenco sopero con una mantita en los pies y un buen libro entre las manos. En vez de eso, sigues tiritando bajo la marquesina con tus latas de lentejas italianas y tus vinagres caros mientras a tu lado una madre intenta sostener y consolar al bebé más gordo que has visto en tu vida.

Después de semanas así, llega el domingo y te encuentras cansada, harta, sin pasaporte porque te están tramitando el permiso de residencia, con un ojo en la tarea pendiente y otro en los libros de clase y sin saber qué hacer mientras los obreros te machacan. Y te das cuenta de que como sigas así vas a tener que aprender de forma muy drástica cómo se dice en chino Ibuprofeno, Lexatin y Valium.

Eso, por suerte, son sólo algunos días.

Y también por suerte, terminan bien.

Sólo hace falta tomar el metro para llegar a otro mundo.

Y esto no ha hecho más que empezar.