Mirada de alambre

Desde hace muchos años, casi desde que tienes memoria, no te miras en los espejos. Te vigilas. Vigilas cómo te queda la ropa, si te aprieta más o menos la cintura de la falda, y celebras la holgura de unos pantalones como si te hubieran dado un premio a la excelencia. Has aprendido, después de un tiempo, a manejar esa sensación de hambre, a valorarla, a domarla hasta que solamente la sentías cuando era la hora de una de las cuatro frugales comidas que hacías más como una necesidad que como un disfrute. Porque nunca lo has disfrutado.

Nunca te ha gustado comer, desde niña. Nunca te han gustado tus mejillas ni tus muslos ni la forma de tu cara y siempre has pensado en la forma de cambiarlos. Sabes que nunca has estado ni mucho menos gorda. Sabes que no hay ningún problema en comerse un trozo de pastel de vez en cuando. El problema es cuando al día siguiente, o hasta dos semanas después, sigues pensando en ese trozo de pastel y dudando de si te lo tenías que haber comido o no. Y esa es la historia de tu vida. O cuando alguien, una abuela, una tía, te dice con esa sabiduría popular y esa alegría campechana que te ve más rellenita y entonces la mirada en el espejo se vuelve un alambre de espino que te rodea la figura y te hiere como un cepo. El problema no son los cumplidos de las tías abuelas. El problema es lo mucho que te afectan.

Están las tardes en que comes tres galletas y las vomitas porque te sientes terriblemente culpable. Cuando eso lo conviertes en una rutina y notas la piel de los nudillos blanda y lacerada de tus propios dientes. Cuando con los más íntimos (una pareja, una madre) no sabes hablar de otra cosa que de si habrás engordado, mucho o poco. Y eso no hay quien lo aguante.

Y resulta que paulatinamente has ido reduciendo las raciones a la mínima expresión y con la excusa de que todo te sienta mal tu cuerpo se va encogiendo y encima de los huesos hay poco más que piel y todo el mundo se da cuenta pero tú clamas a los cuatro vientos que nunca has estado mejor que ahora mismo. Porque es verdad. Te sientes de puta madre. Te sientes superior al resto porque has conseguido, piensas, lo que muchas mujeres intentan y no consiguen.  Pero no eres capaz de cenar en grupo porque, aunque no lo quieras admitir, preferirías irte con Drácula antes que compartir ese postre. Al menos, piensas, Drácula no come. Y no puedes dormir. Y tu cuello y tu espalda sin masa muscular que la sostenga hacen crac y de repente no puedes llevar el peso de tu propia mochila. Y en la última clase te tienes que tomar un caramelo de regaliz (sin azúcar) porque tienes miedo de desmayarte. Y es invierno y llegas a casa, comes tu crema de calabaza caliente y tienes que descansar tapada con varias mantas y darte friegas en la contractura que parece que nunca se irá.

Un viaje, un evento o un festival que alteren lo más mínimo tu rutina de las comidas es una tortura que te tendrá días dilucidando los efectos que pueda haber tenido en tu cuerpo. Cuando te dicen que estás muy delgada llegas a enfadarte, “estoy perfectamente, estoy sana”. Pero sabes que si no tomaras anticonceptivos hormonales ya haría tiempo que se te habría retirado la regla. Y que puedes hacer yoga durante hora y media pero en aquel curso de acrobacia no fuiste capaz de subirte a las telas (nadie pudo, realmente) o de (eso ya es más grave) sostener tu propio cuerpo haciendo el pino más de dos veces. Y ahí ya te empiezas a preocupar aunque se te olvida cuando ves en el espejo el reflejo perfecto de tus costillas. Cuando te sientes ingrávida, vacía, limpia, pura. Como si flotaras. Como si te disolvieras en el aire.

Una de tus mejores amigas se asusta cuando pasas una noche acurrucada frente al radiador porque no puedes hacer frente al frío de un piso sin calefacción central aunque lleves dos jerseys. Y todo el mundo te dice lo bien que te sentarían unos kilos más y eso te aterra casi más que el que le pase algo a tu familia. Pero todo es tan perfectamente normal, está tan perfectamente integrado en tu vida que ni piensas que puedas cambiarlo, porque siempre ha estado ahí. Eso y el pegarte alguna que otra hostia contra la pared cuando ese cepo que se activa cuando te miras en los espejos te dice que te has portado mal, muy mal.

Luego empiezas a trabajar y te das cuenta de que o te mantienes en pie o van a empezar a pedir cuentas. Que ya ha pasado un tiempo desde aquellos días en que caías dormida unos minutos a las ocho de la tarde porque no habías comido más que aquella crema de calabaza a mediodía.  Aunque ya habías empezado, poco a poco y con mucho apoyo de los que lo saben de tu boca (porque todos lo intuyen, aunque no lo digan) a disfrutar de la comida, te sientes culpable y mides el aliño de las ensaladas y el tamaño de las raciones con la precisión de un químico. Oscilas entre el deseo de relajarte y ese viejo sentimiento de culpa que ya reconoces tan bien como la voz de tu madre. A él y a la sensación de ser una bomba de relojería en expansión lenta, latente, constante.

Y ahora, con unos kilos más y mejor cara, parece que todo está bien. Aún te asustas cuando la gente te hace notar gozosa que has engordado por fin. Sabes que eres afortunada porque ése sea el mayor de tus problemas, pero es tuyo y aún te queda bastante camino para no tenerle miedo a la báscula, ni al espejo, ni a aquel vestido que te hiciste a medida. Que aún queda para aceptar la forma de tu cara o tu cuerpo desnudo y sano ante el espejo. Porque sabes que tu cuerpo está sano pero tu cabeza no. Que probablemente nunca lo estará. Pero al menos, ya lo admites y puedes empezar a ganarle terreno a al espejo deformante y severo que habita dentro de tus ojos.

Y te alegras un poco porque ahora, por fin, cuando ves aquellas fotos de hace un par de años y ves aquellas piernas como de pájaro y la jaula que te formaban las costillas en el pecho, no puedes evitar estremecerte.

Todo es muy raro

He vuelto a Madrid y todo me parece a la vez extraño y a la vez amigo. Llegando a París desde Shanghai me sorprendió que a las ocho de la tarde aún hubiera luz. Ahora aquí, a saber por qué, me fijo más en las narices de la gente. Los vagones del metro me parecen más estrechos y gasto bastante más dinero del que tengo.

Ya he abrazado a un puñado de amigos, me he pasado una semana y media celebrando y dos tardes enteras tendida en mi cama sin hacer absolutamente nada de provecho. Ahora, después de un par de semanas, sigo sin poder dormir por las noches.

La gente dice que me ve distinta y todos bromean con lo de haberme vuelto china aunque lo de llevar sombrilla ya lo hacía antes de irme. Como demasiadas veces se me cae la casa encima, paso más tiempo en las ajenas, y me sigue gustando que esta ciudad albergue casi un bar por habitante.

No tengo que hacer ningún examen, pero siento que dejo miles de cosas a medias. No estoy ni aquí ni allí. Me encuentro extrañando las luces, los ruidos, los olores y esa lengua que empezaba a comprender, y a menudo me sorprendo preguntándome si ya vuelvo mañana con el primer vuelo aunque me dejen, como en el de vuelta a Madrid, seis horas dentro del avión antes de despegar. 

Imagino que se me pasará. Que si todo va como espero, tengo poco más de un mes para atesorar imágenes que después me servirán cuando caiga la noche y me pille a solas en ese Shanghai que ya es un poco mío, o un poco demasiado. Mientras, sólo me queda esperar la carta. Y de paso, disfrutar un poco. Que tampoco está mal.

Beijing me mata (II)

A Pekín le perdono todos sus defectos. Le perdono el bochorno, el traficazo, ese deporte nacional que es el sablazo al laowai, el acento y hasta su desprecio por las monedas en favor de los billetes.

Ya se han clausurado las jornadas. Me llevo un diploma, un par de amigos, un buen recuerdo, muchas risas, dos manuales y dos resacas monumentales de cerveza. Aprovecho el fin de semana para ver a más amigos que, cómo no, se empeñan en quedar en el Heaven, el garito de moda de la tarde y noche pekinesa; un antrazo con paredes forradas en madera y en donde puedes comprar el alcohol por botellas, bolsas de hielo y vasos de plástico. Es como volver a la adolescencia pero con mesas y más burradas cuando juegas al yo nunca he.

En algún momento del sábado, antes de conocer al hombre detrás de ZaiChina, aunque no nos acordemos ninguno, me tomo un par de mojitos baratos con Oriol, de Chinalati (haciendo negocios). Estamos apurándolo, junto al puesto que los sirve ahí en medio de Sanlitun, cuando veo (!) una cara conocida. Coño, Peter. Y Fadel. Y Besjian. Un americano, un marroquí y un albanés. Parece un chiste pero es la realidad y son las tres personas con las que cené la primera vez que pisé la ciudad, hace casi cuatro años.

Al día siguiente, Oriol me acompaña a agujerearme el cartílago de la oreja derecha. Es mi recuerdo de una ciudad que llevo hincada en el corazón. Decido quedarme un día más. Paseamos por Wudaokou, la zona universitaria. Por alguna razón, en Pekín la gente lleva más piercings y tatuajes que en Shanghai. Son del norte, dicen mis alumnos cuando se lo comento, unos días después.

No he pisado un monumento, pero he vivido, como siempre que voy, una ciudad distinta de la que conocía. Y creo que aún tengo que volver un par de veces.

Beijing me mata (I)

Día 1

Cuando, después de hora y pico de metro en Shanghai (hora valle), cinco horas en un vagón de tren corrigiendo exámenes y cincuenta minutos de metro pekinés con tres cambios de línea y mucha gente, emerjo de la salida B de la estación de Liangmaqiao, respiro al fin ese aire seco, caliente, agobiado de polución. Hay un tío vendiendo sushi que mantiene en una nevera de porexpán. Una rickshaw espera a ver si alguien quiere ahorrarse el taxi a cuenta de un regateo. Baratijas en un mercadillo improvisado. Torres y más torres. Estoy en el lugar correcto.

Antonio llega a los cinco minutos. Nos arreamos un abrazo. Le conozco desde hace como cinco años, empezamos a estudiar chino a la vez y le veo siempre de Pascuas a Ramos porque, como a mí, China le picó pronto y nunca sabes si vuelve, si viene,  si visita o si se va a quedar alguna vez aquí o allí. La vez que más tiempo le he visto seguido fue cuando compartimos un vuelo Madrid-Pekín de doce horas que sólo era su primera parada antes de llegar a la fría Harbin, donde se pasó un año helándose el culo mientras se sacaba un nivel de chino que me hace tenerle mucho asco y mucha envidia. Ahora vuelve a estar en la capital y me invita a cenar brochetas de corazón de pollo regadas con cerveza. Mola.

Me quedo en su casa estos días: voy a unas jornadas de profesores de español (luego me enteraré de que son las sextas y que aquí todo el mundo se conoce) y, de paso, me reconcilio un poco con la ciudad, que, como Shanghai, tiene esos momentos y días en que lo mandarías todo a freír viento. Pero a pesar de todo, Pekín es como un viejo amigo: cuando ya le conoces, le perdonas todos sus defectos. Y para cuatro días, no voy a quejarme. Ni del aire.

Día 2.

Me despierto y no veo el sol aunque hace rato que ha amanecido. Parece que va a llover.  De camino, puestos de crepes grasientas y leche de soja con una pinta increíble. Me gustan las ciudades chinas porque todos los días parece una verbena. Me meto en un autobús atestado que me lleva a un metro aún más atestado. Ratifico mi teoría: aquí hay menos escaleras mecánicas. Llego a la Beijing Daxue después de dos cambios de metro y dos amables voluntarias que hablan español me acompañan al edificio de las jornadas. Todo es enorme, todo es gris, hace un calor del copón y no son ni las ocho y media.

Busco la hoja de firmas y la cuerdecita con la acreditación y avanzo en medio de un pasillo que parece un primer día de clase en el que tres cuartos de la gente ya se conocía antes del instituto: todos se saludan, todos se conocen. Qué tal, Mengano, te acuerdas de Hong Kong. Dónde estabas, Fulano, Suzhou o Hangzhou. Ratifico otra teoría: las profesoras de ELE se parecen casi todas entre sí. Una especie de rasgo común. No sé qué es. Me preocupa. Me repinto los labios. Será el pelo.

Las charlas no están mal. La gente habla de cómo da sus clases y yo soy muy impresionable, así que (casi) todo me parece bien. Nos dan café de sobre y pastitas. Las primeras horas apenas sé ni situar en el mapa las ciudades de China cuando hablamos de dónde damos clase, qué asignaturas tenemos y demás. Me recuerda a algunas conversaciones en Shanghai, esas en las que nunca sabes qué más decir cuando ya te has intercambiado la información básica de y-tú-de-quién-eres.

Luego aparece el gremio comiquero y todo mejora un poco. El próximo curso explicaré en clase el refrán de Dios los cría y ellos se juntan. Llega la última charla y nos vamos a un bar con futbolín y cerveza a diez yuanes la jarra. Compruebo que Pekín sigue siendo más barato que Shanghai.

Y nada, que cerramos el bar.

Mi extraña afición a las montañas rusas

Tendría muchas otras cosas que contar sobre cómo es la vida aquí o sobre qué he hecho últimamente, pero no estoy de humor. No estoy de humor porque lo que realmente me gustaría hacer este martes por la mañana en que libro no es sentarme ante el ordenador sino quedarme tranquilamente en la cama ronroneando con mi pareja hasta que a uno de los dos se le ocurra levantarse a hacer el desayuno. Pero él no está. Está, claro, pero en España, a seis horas por detrás en el huso horario.

Bienvenidos al maravilloso mundo de las relaciones a distancia.

He estado sin pareja durante un tiempo, más tiempo del que las lenguas viperinas consideran decente, sin que me importara una mierda y con mis subidas y bajadas emocionales. Pero el año pasado, pocos meses antes de irme un curso entero, quizá dos, o tres, o los que fueran, a la China, se me ocurrió eso que dicen echarse novio. Llámenlo como les dé la gana, yo también puedo ser cínica cuando quiero y nuestra generación parece que vive en un “meh” constante en lo que se refiere a al amor. Nos hemos liberado de tantos términos considerados anticuados que cualquier palabra que no se refiera al hedonismo más salvaje nos hace enrojecer y negarla rápidamente como niños de colegio. Y me incluyo, eh.

Se nos ocurrió no dejarlo antes de que yo me fuera, ver qué pasaba, aunque sólo fuera para darle a él la oportunidad de hacer turismo (ven, yo también soy una cínica). Se nos ocurrió vivir durante unos meses en esa especie de realidad alternativa que es la de estar hipercomunicado sin estar, sin verse, sin olerse, sin tocarse, sin sentirse de verdad. La realidad de los mensajes cruzados, canciones y fotografías por cualquiera de las redes sociales a las que estamos enganchados. Sin poder llamar justo cuando quieres hablar de verdad, y ahora espera un rato, tengo lío ahora, luego te llamo, me voy a dormir, luego no estoy, ahora el sonido no va, esto es un rollo. Y sabes que no puedes exigir nada, pero el vacío en la Red es un recordatorio constante, como una herida que no termina de cerrarse, y duele. Joder que si duele.

Resulta que, afortunadamente, gracias a algunos ahorros y a las ventajas del freelancismo, ha podido venirse aquí conmigo el tiempo de un visado de turista. Hemos tenido suerte: no todo el mundo puede hacer eso. Conozco, y conocerán, casos peores, y todavía tendremos que dar gracias a que Skype haya democratizado los tequieros a miles de kilómetros de distancia.

Hemos estado tres meses conviviendo en un espacio pequeño, con China bullendo fuera y sin posibilidad para él de escaparse en caso de que quisiéramos matarnos de repente. Todo esto, que parecía un suicidio, ha terminado resultando mejor de lo que esperábamos. Y eso también es una putada. Porque yo vuelvo en julio a España. Pero a lo mejor, si todo va bien, me quedo otro año más aquí. Es decisión mía, dirán. Haberlo dejado, dirán. Haberte ido a Portugal, dirán.

Claro que es decisión mía. Pero porque si me vuelvo a España, seguramente me esperen unos meses, o unos años, de vivir con mis padres, otra vez. De buscar trabajo, seguramente sin éxito. De arreglar el mundo en un bar con una caña en la mano mientras los amigos van emigrando y todo se derrumba a nuestro alrededor con la parsimonia de las ciudades viejas. Y eso tampoco es vida.

Y duele pensar que volver a España por más tiempo de un mes es el último de mis deseos ahora mismo. Duele porque eso supone dejar atrás muchas cosas o plantearse otras. No todo el mundo tiene el dinero para traerse a los que quiere al otro lado del mundo y yo no soy una empresaria, ni una gestora cultural de éxito, ni nada por el estilo. Solamente soy una recién graduada que quiere buscarse las castañas en el extranjero antes de pudrirse en casa de sus padres durante los mejores años de su vida.

Es curioso cómo han cambiado las cosas. Antes, lo que aprendíamos a través de las películas que acababa con una pareja eran las rutinas, el aburrimiento, cada uno leyendo en su lado de la cama. Aquí, las rutinas consisten en el trozo de pared que se ve a través de una webcam.

Lo peor es la incertidumbre. No saber qué va a pasar en los próximos meses con mi vida en general, ni la laboral (porque encontrar trabajo aquí tampoco es fácil) ni la sentimental. No poder hacer planes de ningún tipo más que a corto, cortísimo plazo.

Mientras cruzo los dedos para que el menor de nuestros problemas sigan siendo las conexiones de Skype, pienso que ya veremos, que ya pensaremos en algo, que ya sobreviviremos. Hasta julio, mientras, tendremos que seguir despertándonos solos.

Apuntes sobre la universidad china

Ayer terminé de preparar los papeles para el Examen de Medio Semestre, lo que indica que mi estancia aquí se va acercando al final. O a la mitad. El caso es que me dio para pensar un poco, y comparar, con la enseñanza universitaria que he recibido yo, y aquí van algunos contrastes y diferencias que he notado en la universidad privada china donde enseño. La mayoría de ellas, por no decir todas, no me las ha explicado nadie.

  • La enseñanza se divide en semestres, no en cuatrimestres como la nuestra. Vale, esto no es especialmente raro, ya lo sé.
  • Las clases comienzan un 3 de septiembre y terminan un veintitantos de junio. Los exámenes se prolongan hasta principios de julio. Ni que decir tiene que empiezo a explicarme por qué en las clases no hay sistema de calefacción pero sí ventiladores.
  • El horario es mucho más temprano que el de España: las clases comienzan a las ocho de la mañana, y terminan a las cuatro de la tarde, con una pausa de ¡10:50! a 13:00 para comer. Hay clases por la tarde, y a los de primero, por lo que deduzco al verles de noche en las clases, les obligan a estudiar.
  • Por lo que sospecho,  los alumnos de primero están obligados a tomar parte en algún club deportivo (taekwondo, ping-pong, kárate, lo que sea). Además, tienen horas de deporte obligatorias como parte del programa de su carrera, sea la que sea, durante los dos primeros años.
  • Las clases duran ochenta minutos. Además, cada clase no se considera una clase, sino dos. El otro día, mi colega la profesora china decía que estaba muy cansada porque había dado “seis clases”. En el mismo tiempo que yo, que consideraba que había dado tres. No sabía si considerarla una superwoman o una esquizofrénica hasta que me lo explicaron.
  • Es perfectamente lícito desayunar en clase. Eso incluye baozis, huevos cocidos (que llevan dentro de una bolsa y pelan durante la clase), yogures para beber, tés, cafés, refrescos o una especie de bolas de tofu metidas en salsas variadas. Y no comen fideos porque eso ya es para la hora del almuerzo.
  • Los alumnos ven perfectamente normal sacar fotos con el móvil a la pizarra. Como todos llevan fundas de móvil muy chistosas, me lo paso divinamente cuando de pronto me saluda un Bob Esponja, un conejito o un oso gigantesco.
  • La mayoría ve perfectamente normal poner animaciones kawaii en los powerpoint de los trabajos de clase. Así, uno se puede encontrar con Batman bailando el Gangnam Style, ositos amorosos o cualquier cosa imaginable en una presentación sobre la Guerra Civil.
  • Los alumnos tienen que sentarse donde les está encomendado y no pueden cambiarse de sitio. Si les pido que se levanten, me van a mirar como si les hubiera pedido un doctorado.
  • Los alumnos tienen que pedir permiso para ir al baño. Cuando salen o entran, lo hacen muy deprisa, de puntillas y agachando la cabeza, como si eso les hiciera invisibles.
  • Clase que se pierde por puentes o fiestas nacionales, clase que se recupera. Eso significa que, para tener cuatro días de fiesta durante la semana, deberé trabajar sábado y domingo de esta semana y el domingo de la siguiente. Estamos todos con-ten-tí-si-mos.
  • Los alumnos deben tomar parte en todo sarao o actividad cultural que se organice, ya sea cantar, presentar una gala o hacer ver que son felices. Esto último puntúa más.
  • En cada semestre hay dos períodos de examen, el “medio” y el “final”. Ambos son tan oficiales y solemnes que semejan más  un examen de Selectividad: se realizan en las aulas más grandes, y deben dejar TODOS los abrigos, mochilas, etcétera, atrás. Y algunos se ponen tremendamente nerviosos, como si no llevaran tres años haciendo lo mismo.
  • Cada examen debe tener un equivalente de recuperación, llamado “papel C”, que será, por ley (os juro que me obligan) más fácil.
  • Los exámenes son sábanas pliegos tamaño A3, lo que los hace tremendamente difíciles de acarrear, corregir o simplemente pasar las páginas.
  • La calidad del papel es ideal para que se rompan con una mirada.
  • Se puntúa sobre 100 y la nota mínima para aprobar es 60. Adiós al cinco raspado.
  • Los alumnos suelen vegetar medio dormidos hasta que de pronto ven las orejas al lobo y entonces se muestran interesadísimos y solícitos.
  • Los alumnos pueden escribir cartas al profesor en las que le ruegan que le aprueben porque “nunca he suspendido” “si suspendo tengo que pagar la asignatura y no tengo dinero” (sic).

Con todo esto, ¿es verdad eso de que los chinos trabajan más? Pues no sé. Los habrá, claro, y tengo a algunos en clase que son un vivo ejemplo. Pero yo creo que a la mayoría más bien les obligan. Aunque mis alumnos de buena gana se pasarían el día viendo series, comprando por Internet o echándose siestas (en lo que ocupan gran parte de su tiempo libre los fines de semana), no les dejan hacerlo. Su sistema de enseñanza, y por tanto de concepción de la vida, es mucho menos flexible que el español, donde cualquier momento es bueno para el noble arte del escaqueo o para irse de puente en puente. Ojo, no digo que lo nuestro sea lo mejor. Solamente digo que, en aras de la eficiencia y las causas comunes, a veces todo me parece un tanto impostado, y cuesta sacar la personalidad y la creatividad de cada uno detrás de esa masa que es el grupo. Por no hablar de los exámenes, que parecen muy difíciles, pero al final resultan estar hechos para que absolutamente todos aprueben.

Como me dijo un profesor de inglés, “aquí no les gusta que los críos suspendan”. Los críos. Los críos están en edad universitaria, que para Europa y Estados Unidos es la edad mínima para todo lo que se considera adulto, ya sea conducir, beber o quedarte dormido un día de clase. Pero aquí parece que no. Que no les tratan como a adultos. Y ellos no están acostumbrados a que se les trate como tales. Si no les pides tarea no toman nota. Si no les pones nota numérica en las tareas, se la pasan por el forro. Dan grititos de sorpresa y paverío cuando aparece un desnudo aunque sea la Maja de Goya. Y me pregunto cuántos de ellos quieren realmente estudiar español, aunque yo vaya a cobrar igual. No sé cómo será en las universidades públicas chinas, si será igual o peor, pero si hay algo que me fastidia de la enseñanza universitaria, es ese control paternalista que todos sufrimos, desde los alumnos a los profesores, que todos toleramos y del que ellos parecen pensar que es perfectamente normal. Y eso es con diferencia lo que más me asusta.

Job [un]fair

Este fin de semana fui a una feria de trabajo para extranjeros que hicieron en Jing’an, uno de los barrios céntricos y de solera de Shanghai en la parte oeste del río (o sea, donde voy a vivir yo cuando tenga dinero).

Y fui no  porque no esté bien en la universidad, que aunque me paguen una mierda muy poco, ahorro un montón en alojamiento y hasta en comida para gastármelo luego en taxis; y no tengo intención de cambiarme, de momento. No hasta que pueda contarles a mis chicos chistes de vascos y que me entiendan.

Fui allí para curiosear, para conocer gente, para ver qué expectativas de trabajo tendría una filóloga  española en Shanghai y, bueno, también porque hacía muy buen día y me apetecía salir de casa.

El caso es que me planté en el salón del hotel cinco estrellas donde se celebraba la feria y, con los CV de Pierre Patán y el mío en la mochila, me di una vuelta por las cuatro filas de stands, a ver cuáles son los puestos más demandados en Shanghai por empresas, universidades y escuelas.

Ingeniero. Profesor de inglés nativo. Ingeniero. Profesor de inglés nativo. Realizador para la CCTV. Profesor de instituto bilingüe de inglés, preferentemente nativo. Profesor de guardería de inglés. Ingeniero. Profesor de… sí, lo han adivinado.

De aquí saco dos conclusiones. Una es que no me apetece cambiarme de nacionalidad o aprenderme las canciones de Magic English.  La otra es que esa noticia en la prensa que proclamaba a los cuatro vientos lo necesitados que están los profesores nativos de español en el mundo y sobre todo en China (ahora que es potencia, claro) me suena a una mentira tan grande como cualquiera de las que nos cuentan.  Y estoy por sacar una tercera conclusión, que es la de que los que hemos hecho una carrera de Humanidades no nos comemos una mierda en absolutamente ninguno de los países del mundo. Pero es que ya sabíamos todos dónde nos metíamos.

Con vistas a visitar otra feria de trabajo que se celebra en dos semanas, me consuela que una chica china con la que estuve hablando (ella intentando venderme un curso de HSK, yo intentando practicar mi pobre mandarín) me haya pedido el teléfono porque “hablo un poco español, quiero aprender más.”

Y yo juro y rejuro que nunca me había planteado el trabajo que tengo ahora, pero desde luego, me suena mejor que hacer cucamonas a niños en una lengua que no es la mía. Y creo que muchos angloparlantes nativos que he conocido aquí, graduados en Filosofía o Historia , están también un poco hasta las narices de Magic English. Pero a lo mejor es impresión mía.