Crónica de una Brincadeira

Ha llegado el verano. Por los escenarios desmontables de toda España han ido desfilando, muertos de sed y hasta arriba de cualquier cosa, los componentes de los grupos indies más importantes de…

Espera, espera. Para. No, esto no iba así. A ver. La cuestión es que estamos hartos. Hartos de Pulp, de Placebo (sí, se puede estar harto de Placebo) y del revival del revival que provocará que dentro de veinte años no seamos capaces de recordar nada que sea plenamente nuestro. Hartos de que absolutamente todas las bandas nacionales que han presentado disco este año coincidan en prácticamente todos los festivales de la Península y que las bandas internacionales que se prestan a pisar el páramo patrio parezca que llevan once años sin una canción nueva. Y el caso es que puede que sea verdad.

Quien escribe esto es, ante todo,  carne de ciudad. Urbanita que pasea sandalias aerodinámicas por calles donde la única posibilidad de mancha es cerveza derramada o polvillo que se desprende de todo lo que hace arder el solazo de Madrid en pleno agosto. Quien suscribe es carne de verbenas de modernos, de saraos al aire libre y de festivales sobre asfalto. Es de esa clase de persona que tiene condenado al FIB y a los festivales playeros por una razón de nombre compuesto que se llama Golpe de Calor y prefiere apurar curro para llegar al SOS 4.8 en mayo sólo porque es primavera y porque el suelo, bendito sea, no levanta polvo. Aunque de eso ya hablaremos.

Se manejan varios criterios a la hora de elegir un festival. El principal es el cartel. Y después de barajar veinte carteles con nombres en mayúscula repetidos hasta el infinito, vi el cartel del Brincadeira. Y ya no miré más porque me quedé completamente noqueada. El iluminado que había reunido en un cartel a Status Quo con Cañita Brava elevado a la categoría de genio. Sí, todos tenemos un lado hortera y verbenero aunque sólo lo saquemos cuando toca De la Purissima en el Matadero, que nos conocemos.

En fin, la cosa es que no es para tanto. No es para tanto porque se lleva haciendo desde que existen las orquestillas, los artistas retirados y las máquinas de algodón de azúcar. El Rock in Cambre, que se venía celebrando desde hacía unos años, de carácter gratuito y que reunía grupos de, evidente y obvio, rock nacional etcétera y el Brincadeira, en Ordes, del mismo palo, se fusionan. Y el resultado es uno de los carteles más locos del año, sin contar con que en pasadas ediciones han llevado a Europe y a Locomía. Para allá que fuimos, acreditados por SER Henares, con una tienda Quechua 2’’ adquirida esa misma tarde en el centro comercial más monstruoso de España, además de una empanada de mejillones, un par de botellas de ginebra y una rata de peluche.

Esto fue lo que nos pasó.

Y pueden leerlo aquí (I) y aquí (II).

Fai un sol de carallo (y la maleta sin hacer)


Tras una escapada de menos de setenta y dos horas a Oporto (benditas noches a veinte grados), vuelvo a marcharme.

Durante estos días de canícula en Madrid, me ha dado tiempo a conocer muchos funcionarios, a hacer muchos transbordos de tren y a cagarme en la puta madre que parió a las obras en verano y a la burocracia internacional. Mientras cruzo los dedos y espero que todo el papeleo vaya bien (porque falta otro viaje, el grande, el que me trae de cabeza) preparo una maleta de cabina tamaño avión de Playmobil para pasar dos semanas en tierra consorte.

Digo tierra consorte porque yo no soy de allí. Aunque se me pegue el acento a los dos días, aún me hacen gracia las gaviotas, el albariño me pega demasiado a la cabeza y mejor no hablamos de lo que me pasa con el licor café.

Nunca apuesto por nada ni por nadie pero lloré como una imbécil cuando en Galicia llovió ceniza. Cuando vi caerse casi ante mí un árbol envuelto en llamas y supe que aquel paraíso de andar por casa no iba a volver a ser el mismo.

Pronto me mudo a un maremágnum de rascacielos, cemento y cristal, pero de momento, al menos estas dos semanas, nadie va a quitarme el aire húmedo de los veranos de mi infancia. Nadie va a quitarme el triunfo de nadar a mariposa en las playas reservadas a valientes, ni las vistas, ni el viento, ni la lluvia de la que sólo me quejo en Madrid.

Santiago. Vigo. Cambados. A Coruña y el Viñetas con saraos y amigos varios.

Ah, y la acampada.

Porque me voy de acampada sin tienda ni saco pero con muchas ganas de ver a Tito & Tarantula, Mad Sin, Calle 13 (sí, me han leído bien), y no pongo que voy a ver a Las Grecas o a Cañita Brava porque todavía no me creo que hayan reunido ese cartel.

Qué quieren que les diga. A los grupos de modernos es mucho más fácil reunirles. Esto, como alguna que otra playa del Atlántico, es para valientes. Brincadeira here we go.

Con suerte todo se habrá arreglado cuando aterrice maltrecha en Madrid, pero entre medias quedan unos días de remojarse los pies. Aunque luego pida que me los amputen a la altura del tobillo. Benditas aguas de valientes.

Hasta la vuelta.