Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.

Ocho comidas de China que no probaría ni borracha

Ahora ya no. Pero hasta hace no mucho yo era esa amiga estúpida de los cumpleaños a la que las madres de las amigas odiaban muy fuerte. Cómo que la niña no come pizza. Entonces la pasta de la niña sin tomate. Ah, pero que la niña. Y así hasta que a  la niña se le quitó tontería y descubrió el maravilloso mundo de las verduras ya pasaditos los diecinueve años.  Y no, nunca me llevaron a un comedor escolar porque mi madre temía que me muriera de inanición. Sigo comiendo pasta sin tomate, por cierto.

El caso es que como casi de todo, no soy alérgica más que a las gilipolleces y aquí, en China, estoy bastante bien. No solamente porque puedo cocinar  sino también porque puedo probar cualquier cosa imaginable salida de la plancha más inmunda y que, encima, estará rico.

Dentro de ciertos límites, me la suda el glutamato monosódico, el aceite de trinchera y que me den rata por liebre. Pero hay ciertas cosas que me acobardan. Estas son algunas.

  1. Huevos al agua de charco. En las convenience store y en algunas tiendas callejeras tienen esa especie de cubeta llena de un líquido oscuro en el que flotan huevos resquebrajados que parece que llevan ahí décadas. La leyenda milenaria dice que uno de ellos es de un dragón y que si un laowai se lo come vivirá mil años, pero no hay laowai que tenga ídem a comerse uno.
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  2. Albondiguillas en salsa. En esas mismas tiendas también venden algas cocidas, surimi, tofu procesado y otros materiales no identificados ensartados en palitos como de helado y macerados en una salsa más o menos de la época de la de los huevos al té, solo que esta es rojiza. Eliges los palitos que quieres y te los echan a un vaso de papel con una buena cucharada de salsita y… voilá. Ya tienes perfume para la ropa y los dedos durante un mes.Image
  3. Cuellos de pato. Más o menos populares incluso aquí en Shanghai, hay por todas partes franquicias y cadenas de tiendas con un patito feliz en el letrero que venden casi cuá-lquier parte del pato, pero la estrella es el pescuezo. Debe de estar delicioso, pero entre la pinta y que no soy tampoco muy fan del animalejo me echan bastante para atrás.
  4. Choudofu o “tofu apestoso”. No hay nada que quite más el apetito como salir del metro envuelto en ese olor picante, áspero y profundamente desagradable que se pega a la pituitaria como un tío pesado un sábado noche. Lo probé una vez. La textura no es desagradable, pero la sensación de que te estás comiendo un pedo rebozado no te la quita nadie.
  5. Patas de pollo. Esto ya es más personal, aunque me juran y perjuran que están buenísimos. Es que me recuerdan a los dedos artríticos de una abuelita de ochenta años, y bueno, como que no.
  6. Polvo de carne (meat floss —肉松). Es un snack muy popular, sobre todo para los niños. Lo venden en bolsas y también espolvoreado sobre bollería (¡). El aspecto es el de las pelusas de debajo del sofá de un piso de perroflautas pero teñidas de rubio intenso mezcladas con cera de orejas.Image 
  7. Huevo negro. No sé si es la textura, el olor o la sensación de que te estás comiendo un testículo de marciano, pero me resulta pelín desagradable tenerlos cerca.
  8. Snacks de pescado seco. Quizá me esté perdiendo todo un mundo de sabores y sensaciones. Creo que viviré con ello hasta mi próxima reencarnación en tortuga.

Por supuesto, hay mil cosas más que me gustan y que a casi todos los laowais con los que comparto exilio espiritual y etílico les hacen arrugar la nariz, como los pasteles de luna, que son una mezcla entre mazapán y polvorón y que solo puedo comer una vez al año para no sentirme un orondo Buda; o, esto ya más común, cualquier cosa que lleve pasta de soja roja (napolitanas, helados, dorayakis, baozi); por no hablar de los deliciosos tallarines fritos de los puestos de la calle.

Seguramente algún día termine venciendo mis prejuicios, los mismos por los que no pruebo los callos, las criadillas, cualquier tipo de chorizo o morcilla o la ración de oreja. O, como aquella vez en Oporto que me metí entre pecho y espalda unas reconfortantes papas de serrabulho porque olían de maravilla a comino y yo juraba que sabía como a legumbre calentita, ojos que no ven…

Lo que dan de sí los meses: Resumen

Así, resumiendo, en el poco más de un año que llevo viviendo en Shanghai….

He participado en un videoclip;

He impartido una asignatura de redacción que transformé en clases de escritura creativa, con diferentes (y a veces sorprendentes) resultados;

He podido permitirme comer o cenar sushi al menos una vez por semana;

Casi no llego a fin de mes en un par de ocasiones (y con eso quiero decir que me quedaban diez euros en la cuenta) y he sobrevivido;

He aprendido una buena cantidad de palabras coloquiales en mandarín y algunas sueltas en shanghainés;

Se me ha pegado el acento de aquí;

Ha dejado de sorprenderme ver despiezar una tortuga viva en la calle;

He conocido a gente maravillosa por aún más maravillosas casualidades;

He visto tocar, entre otros, a Gang of Four, a Nouvelle Vague, a Godspeed you! Black Emperor, a The Tiger Lillies y a The Mary Onettes y he descubierto bastantes bandas locales;

Me he metido en la organización de un club de cine;

He sabido lo que es estar sin dinero o sin Internet cuando más los necesitas;

He podido salir del paso cuando una de las dos anteriores me faltaba, gracias sobre todo a la ayuda de amigos;

He desarrollado mi capacidad de improvisación y adivinación en cuanto al funcionamiento interno de la universidad y de la burocracia china en general;

He llorado más veces por frustración y desconcierto que por tristeza;

He salido airosa y sin pagar ni un yuan del intento del famoso timo del té;

He hecho de luna en un musical sobre la famosa canción de Mecano que dirigieron los alumnos en la función de Navidad;

No he dejado de aprender algo nuevo (bueno o malo) prácticamente cada día;

 

Y he descubierto que no quiero volver, o ir, a España. O quizá eso ya lo sabía. 

 

No todo el monte es materia de HSK

Llevo estudiando chino desde hace tanto tiempo que ya me da vergüenza, y hasta hace bien poco no sabía cómo se decía “joder” o “eh, eso de ahí es mi pie”. O menos me había atrevido a escribir un mail informal a mis amigos de Pekín o a mis antiguos profesores.  Porque el estudio del chino está enfocado, si no a eso de los negocios y hacernos de oro (porque los que nos dejamos las cejas estudiando mandarín lo hacemos porque es el futuro y nos va a hacer ricos a nosotros y a nuestras familias, o eso nos dice todo el mundpppfffhhmmpphja), a pasar los famosos HSK o a los textos de los libros.

Y qué libros. Gensanta. Conversaciones sobre contaminación mientras hacen eso tan chino que mis alumnos llaman “escalar montañas” (más bien pasear tranquilamente por ellas, pero no les quito la ilusión). Textos áridos sin fotografías o, peor aún,  acompañados de ilustraciones hechas por los pacientes de un frenopático. Y mejor no hablo del contenido que me da la risa. Sin contar con que hasta el examen HSK 5 (el penúltimo nivel) no te hacen escribir tus propias composiciones…

Vale que hay que memorizar. Está claro que para aprender chino o memorizas o estás perdido. Hay que saberse al dedillo cada trazo, cada radical, cada carácter, cada puto refrancito de cuatro caracteres, y puedes pasarte tranquilamente un año entero hasta que pillas el tranquillo a eso de escribir. Pero también hay formas divertidas de practicarlo, o al menos de eso intento convencerme para no cortarme las venas cada vez que no me acuerdo de cómo se escribe “gel de baño”.

No pretendo hacer una guía de nada, pero, aparte de mi manual del HSK y mi flamante libro de insultos y slang, yo intento usar esto cada día un rato para mejorar el nivel de lectura y escritura:

Wechat. La aplicación reina, para el móvil o el Ipad. Usada sobre todo por chinos y una mezcla entre Whatsapp, Facebook y Grinder (sí, Grinder), es una buena forma (sin ironías) de conocer a gente a la que seguramente no vas a ver la cara en la vida, pero que se comunican de forma totalmente natural y claro, en mandarín. ¿Que por qué se dedican a hablar con desconocidos? Pues por la misma razón que tú: porque en la oficina se aburren un huevo. Prueba a “mirar alrededor” y a soltar alegremente 你好。Vale igual para QQ.

Aplicaciones para leer cómics. La mayoría son gratuitas, y te permiten descargar revistas de mangas variados, o tiras cómicas, o lo que sea. Son bastante divertidos y aunque el dibujo deje bastante que desear, no hay nada como ver que estás siguiendo la historia y que además, vas aprendiendo expresiones y usos de estructuras gramaticales. Con poner en el buscador de la Appstore “漫画” (Cómic) hay sopotocientas mil para dar y tomar. Me hizo mucha gracia 宅男宅女上班趣, algo así como “Los frikis de la oficina”, que son tiras cómicas y se leen de una sentada.

 Weibo, en su aplicación para móvil, también tiene acceso a cómics, por la cara también.

ChaojiShengnü, 超级剩女. La “supersoltera”. Webcómic dedicado a todas las mujeres de más de veinticinco años que sufren presiones de sus familias o de otras mujeres para que se busquen un novio que en la mayor parte de los casos no vale para tomar por culo. En chino con pie de foto en inglés.  Tiene página en Facebook que va informando de las actualizaciones.

Telenovelas. Hay equivalentes chinos a Amar en tiempos revueltos, 7 vidas o Cuéntame, e igual de infumables o peores, todos colgados en Youku y con más anuncios que Telecinco. La única que ha logrado engancharme hasta ahora después de muchos intentos fallidos es Miss Puff (泡芙小姐), que ya lleva como cuatro o cinco temporadas contando las aventuras de una ligona pequinesa que se pasa el día bebiendo vino tinto y retando a los hombres con su delicadísima mirada manga.

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Revistas en papel. De lo que sea. Manualidades. Cocina. Música. Cine. Cosas de chicas. Son relativamente baratas (alrededor de dos-tres euros) y con una puedes tener para largo. Geniales para aprender frases hechas y vocabulario actual. La putada es que a España llegan pocas, por lo que casi mejor hacerse con las versiones para tablet, casi siempre gratis.

Stalkear. Parece una tontería. Pero desde que espío a mis alumnos en los muro de QQ/Weibo/Wechat estoy empezando hasta a captarles cuando dicen palabrotas…

Esto es todo. 加油!

Haciendo radio

Entre las muchas cosas que hice este verano, una fue ir con Pedro Toro a SER Henares para hablar sobre cosas chinas. Sólo teníamos veinte minutos así que nos liamos bastante y escupimos muchos nombres por minuto, pero creo que más o menos se nos entiende.

Yo no los he escuchado porque mi voz grabada me pone nerviosa, pero podéis descargar aquí los podcasts:

Rock en China*:

Donde nos pisamos hablando de bandas (expats y locales) que intentan hacerse un hueco, del sello Genjing Records y de la aún escasa escena independiente china.

http://www.ivoox.com/dtup-el-rock-chino-ese-gran-desconocido_md_2257657_1.mp3″ Ir a descargar

Cine en China: 

Donde desisto de convencer a Pedro Toro de lo guay que es Wong Kar-wai y mencionamos un par de títulos curiosones.

http://www.ivoox.com/dtup-cine-china_md_2334141_1.mp3″ Ir a descargar

 

¡Disfruten!

* Confieso que me colé (nerviosa, el directo, mi voz tiembla, cacareo, digo cosas sin sentido, babeo el micro, podría haber sido peor). Dear Eloise (亲爱的艾洛伊丝), el grupo pekinés del que hablo, sí que hacen conciertos… aunque no he tenido la oportunidad de verlos nunca. Y rabia que me da.

Tipología del laowai

El experto. También conocido como “el cuñao” o el cantamañanas de tipo I. Lo sabe todo de China y de Asia en general, ya lleve aquí dos semanas o dos años, gracias a sus viajes y a su inmensa colección de chascarrillos. Cisne entre patos durante mucho tiempo en su país de origen, no se da cuenta de que la mayor parte de las veces acaba haciendo el ganso. No tiene ningún reparo en indicarte cómo se cogen los palillos o lo que son los pasteles de luna. Sus frases favoritas son “los chinos + sentencia genérica”, aunque sólo se relacione con los taxistas cuando les tiende la dirección del sitio que lleva en caracteres en su smartphone.

El todomal. También conocido como “el quejica” o cantamañanas de tipo II. No soporta la ciudad en la que vive y todo le parece mal, menos el espresso o el gintonic que se toma después del trabajo. Se queja de la contaminación, de la basura en las calles, de la cantidad de gente y de los chinos en general. Trabaja normalmente en alguna empresa extranjera, compra por Internet o en los supermercados internacionales y no soporta que las patatas sean más dulces que en su país de origen porque “así no hay quien haga una buena tortilla” (sic). Suele cobrar un sueldo astronómico e irse de brunch casi todas las semanas mientras se lamenta de que aquí la comida no sepa igual y que como en su país, en ningún lado.

El Asiasmus. Suele ser la primera o la segunda vez que salen al extranjero. Viene a hacer un año de intercambio o de prácticas y pronto descubre lo árido que es el chino, lo baratos que son los taxis y lo adictivo que es el alcohol infame pero económico en los bares de estudiantes. Sus días se dividen entre las noches sin fin y las resacas interminables. Al Asiasmus le gusta China, al menos, de lo que se acuerda.

El chino-friendly. También conocido como el currante. Sabía a lo que se metía. Ha venido aquí a trabajar o a estudiar y ya se conoce un poco el país y  la cultura. Intenta de forma intermitente ponerse “a tope con el chino”, con diferentes grados de éxito, y de vez en cuando entra a los karaokes o come con los chinos de su empresa/escuela, que le intentan emborrachar a base de brindis.

El huevo. Vino aquí a probar todos los tipos de té y a hacer caligrafía en un parque. Dedica su tiempo a estudiar para algún HSK, a quedar con chinos para practicar y a petarlo en los karaokes. Suele tener poco tiempo libre porque no considera que salir con otros extranjeros sea útil. Ya se ha hecho un par de camisas Mao a medida y se conoce cuatrocientos chengyu. Tiene cuenta en weibo y sabe cómo usarla.

El recién llegado. También conocido como “el caído del guindo”. Llora de emoción cuando oye su lengua materna en un Carrefour o un bar e intenta hacerse amigo de todo el mundo. Pregunta absolutamente por todo y necesita ir acompañado hasta al baño público. Todo le fascina, todo le parece maravillosamente raro y saca fotos hasta a los chinos que se sacan fotos. Este es un estado transitorio que suele superarse en los primeros meses. O no.

Cualquier expatriado es susceptible de pasar de una a otra de las categorías anteriores o convertirse en una mezcla explosiva de las mismas.

Yo ya no sé si voy o vengo

Sigo sin acostumbrarme a las despedidas. A las visitas fugaces. A los “entonces, ¿vuelves a irte?” y a los “hasta el verano que viene” que han sido la banda sonora de este mes y pico que he pasado en España entre amigos con la amarga sensación de que me faltaba el tiempo.

Sigo sin acostumbrarme a pensar que sólo podré celebrar los cumpleaños de los que nacieron en julio o agosto, que no podré asistir más que virtualmente a lo que les pase este año y al hecho de que, para ellos, me he convertido en una especie de visitante ocasional de sus vidas y de la que saben algo, cuando saben, por esas fotos en las que pocas veces se ve el cielo.

El caso es que ya estoy aquí y, como cuando vas de visita a casa de tus padres, ya sé dónde está todo. Cuando llegué, hace dos semanas, el campus hormigueaba de estudiantes uniformados. Pensaba que lo habían tomado una especie de fuerzas cuquis cuando descubrí gracias a las fotos de Dave, un compañero del departamento de inglés, que se trata de unos ejercicios militares que los pobres estudiantes tienen que hacer a pleno sol (y humedad) de agosto.

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Después de una de esas reuniones de departamento diseñadas especialmente para presionarnos, hemos comenzado el curso. Me han asignado dos clases, también de tercer curso, y no me libro del manual bautizado por un antiguo alumno como Coñazo 4 ni a tiros. Los chicos ya me conocen de vista (así me ahorro los “oohh” y “ahhh” que causé el año pasado en mi primer día), y ya empiezo a aprenderme sus nombres, aunque cada vez que miro a Rayo (sí, se llama Rayo) le visualizo travestido de señora shanghainesa en la función de Navidad del año pasado…

Ahora, después de alguna que otra despedida más (porque aquí una constante son los amigos que se van), toca reencontrarse con los que se quedan. Reencontrarse con esta ciudad que me sigue sorprendiendo cada día, para bien o para mal. Seguir hablando con mi profesora de chino de curiosidades y chorradas mientras repasamos gramática. Ponerme el culo de hierro en clase de Pilates. Y conseguir que un crío de nueve años aprenda español. Conmigo.

Socorro.