Feo como un dinosaurio y bella como un hada

Hace unos meses, en la asignatura de redacción que imparto, se me ocurrió dedicar una clase a las comparaciones y metáforas más comunes en español. Pelo de oro, dientes como perlas, más feo que Picio, esas cosas. Lo gracioso vino cuando les pregunté yo con qué compararían, por ejemplo, el pelo negro. Con el sésamo, dijo uno. Pero si el sésamo es color arena claro, pensé yo (sí, yo digo color arena claro, salmón salvaje y moco verdoso). Y los ojos azules, pregunté. Ojos azules como el mar, me respondieron. Y yo pensando que a ver cómo les explicaba a estos muchachos que la mayor parte de los poetas o simples nativos ligones comparan el mar con esos ojos verdes relativamente raros entre nuestros tíos buenos meridionales…

Así que pasamos un buen rato comentando esas pequeñas diferencias culturales e idiomáticas que se traducen en calcos gramaticales imposibles o en divertidísimas metáforas. Porque provenimos de culturas tan diferentes que algo tan simple como este diálogo típicamente veraniego:

-Tía, estoy como la leche.

-¡Qué va, si estás negra!

Para mis admiradoras de las baifumei puede resultar completamente insultante.

Aunque eche pestes a veces de la enseñanza, de las horas que paso corrigiendo redacciones o de este horario infame que nos obliga a personarnos en el aula a las siete cincuenta de la mañana, luego con estas cosas me lo paso pipa. Les pedí que me enumeraran algunas metáforas y comparaciones que usan normalmente y los resultados son bastante curiosos:

La piel, indiscutiblemente bella cuando es blanca, se compara con la nieve o con la leche; mientras que cuando la piel es negra “no se distingue en la noche” (黑得晚上都看不见) .

No sé si es positivo o negativo, pero desde luego que te comparen tus sensuales y gruesos labios con una salchicha es un tanto peculiar: 香肠般的嘴唇。

Nuestro “más bonico que un San Luis” tiene su equivalente en Pan An, una especie de sex symbol de época antigua a la que las mujeres arrojaban fruta cuando pasaba  貌若潘安; mientras que  al típico vivalavirgen mantenido por alguna mujer rica prendada de su belleza se le llama “carita blanca”: 小白脸。

Los ojos castaños se comparan con nueces o lichis, y los pequeños con hilos: 眼晴小得跟条线一样。

Por supuesto, estos son solo algunos ejemplos. Con el español, coincidimos en el pelo de oro (de hecho, rubio en chino se puede decir 金发,literalmente, “pelo de oro”), en la cara de caballo, en ser fuerte como un oso o un toro o en las miles de comparaciones de ojos con piedras preciosas que tanto han ayudado en todo el mundo a llevarse a alguien al huerto .

Mis favoritas, sin duda, son las negativas: ser plana ·como un aeropuerto· me parece tan cruel como maravillosa. Y no sé qué habrán pensado los prehistóricos reptiles de los chinos, pero desde luego que estos no piensan muy bien de aquellos cuando dicen que alguien es feo como un dinosaurio. Aunque viendo lo que tienen en los museos de Ciencias Naturales, quizá no les falte razón…

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No todo el monte es materia de HSK

Llevo estudiando chino desde hace tanto tiempo que ya me da vergüenza, y hasta hace bien poco no sabía cómo se decía “joder” o “eh, eso de ahí es mi pie”. O menos me había atrevido a escribir un mail informal a mis amigos de Pekín o a mis antiguos profesores.  Porque el estudio del chino está enfocado, si no a eso de los negocios y hacernos de oro (porque los que nos dejamos las cejas estudiando mandarín lo hacemos porque es el futuro y nos va a hacer ricos a nosotros y a nuestras familias, o eso nos dice todo el mundpppfffhhmmpphja), a pasar los famosos HSK o a los textos de los libros.

Y qué libros. Gensanta. Conversaciones sobre contaminación mientras hacen eso tan chino que mis alumnos llaman “escalar montañas” (más bien pasear tranquilamente por ellas, pero no les quito la ilusión). Textos áridos sin fotografías o, peor aún,  acompañados de ilustraciones hechas por los pacientes de un frenopático. Y mejor no hablo del contenido que me da la risa. Sin contar con que hasta el examen HSK 5 (el penúltimo nivel) no te hacen escribir tus propias composiciones…

Vale que hay que memorizar. Está claro que para aprender chino o memorizas o estás perdido. Hay que saberse al dedillo cada trazo, cada radical, cada carácter, cada puto refrancito de cuatro caracteres, y puedes pasarte tranquilamente un año entero hasta que pillas el tranquillo a eso de escribir. Pero también hay formas divertidas de practicarlo, o al menos de eso intento convencerme para no cortarme las venas cada vez que no me acuerdo de cómo se escribe “gel de baño”.

No pretendo hacer una guía de nada, pero, aparte de mi manual del HSK y mi flamante libro de insultos y slang, yo intento usar esto cada día un rato para mejorar el nivel de lectura y escritura:

Wechat. La aplicación reina, para el móvil o el Ipad. Usada sobre todo por chinos y una mezcla entre Whatsapp, Facebook y Grinder (sí, Grinder), es una buena forma (sin ironías) de conocer a gente a la que seguramente no vas a ver la cara en la vida, pero que se comunican de forma totalmente natural y claro, en mandarín. ¿Que por qué se dedican a hablar con desconocidos? Pues por la misma razón que tú: porque en la oficina se aburren un huevo. Prueba a “mirar alrededor” y a soltar alegremente 你好。Vale igual para QQ.

Aplicaciones para leer cómics. La mayoría son gratuitas, y te permiten descargar revistas de mangas variados, o tiras cómicas, o lo que sea. Son bastante divertidos y aunque el dibujo deje bastante que desear, no hay nada como ver que estás siguiendo la historia y que además, vas aprendiendo expresiones y usos de estructuras gramaticales. Con poner en el buscador de la Appstore “漫画” (Cómic) hay sopotocientas mil para dar y tomar. Me hizo mucha gracia 宅男宅女上班趣, algo así como “Los frikis de la oficina”, que son tiras cómicas y se leen de una sentada.

 Weibo, en su aplicación para móvil, también tiene acceso a cómics, por la cara también.

ChaojiShengnü, 超级剩女. La “supersoltera”. Webcómic dedicado a todas las mujeres de más de veinticinco años que sufren presiones de sus familias o de otras mujeres para que se busquen un novio que en la mayor parte de los casos no vale para tomar por culo. En chino con pie de foto en inglés.  Tiene página en Facebook que va informando de las actualizaciones.

Telenovelas. Hay equivalentes chinos a Amar en tiempos revueltos, 7 vidas o Cuéntame, e igual de infumables o peores, todos colgados en Youku y con más anuncios que Telecinco. La única que ha logrado engancharme hasta ahora después de muchos intentos fallidos es Miss Puff (泡芙小姐), que ya lleva como cuatro o cinco temporadas contando las aventuras de una ligona pequinesa que se pasa el día bebiendo vino tinto y retando a los hombres con su delicadísima mirada manga.

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Revistas en papel. De lo que sea. Manualidades. Cocina. Música. Cine. Cosas de chicas. Son relativamente baratas (alrededor de dos-tres euros) y con una puedes tener para largo. Geniales para aprender frases hechas y vocabulario actual. La putada es que a España llegan pocas, por lo que casi mejor hacerse con las versiones para tablet, casi siempre gratis.

Stalkear. Parece una tontería. Pero desde que espío a mis alumnos en los muro de QQ/Weibo/Wechat estoy empezando hasta a captarles cuando dicen palabrotas…

Esto es todo. 加油!

Blanca palidez y sustos

Miércoles, 8:30 de la mañana.

-Chicos, no me encuentro bien.

Analizo mentalmente el cacho de eufemismo que acabo de soltar: no es que no me encuentre bien: es que me estoy mareando un huevo. Y se me ocurre de repente que no tengo ni idea de cómo se dice mareo en chino, aunque algo me dice que lo voy a aprender ésa y otras palabras a marchas forzadas. Se me ocurre de repente también que no tengo ni idea de cómo funciona el sistema sanitario aquí y que lo voy a saber de la peor de las maneras. Y tengo reunión con mi jefe a mediodía.

Salgo de clase en una especie de nube tambaleante dejando a mis treinta y pocos esforzados chavales preocupados y contritos. Leo, el delegado de clase, me acompaña a la enfermería y además, me lleva el bolso. Dentro de lo que desde fuera parece una casita de muñecas, una amable señora con cofia y bata me toma la tensión, carraspea y dice muchas cosas a Leo entre las que capto una de las primeras palabras que se aprenden en El Chino de Hoy I.

-Profesora, vamos al hospital. Ah, genial. Si no estuviera tan jodida, esto parecería una excursión extraescolar con vocabulario específico.  Margarita, otra de mis alumnas más adelantadas, me toma del codo, por si acaso;  Leo me sigue llevando el bolso, y tomamos uno de esos autobuses a tope de gente y en el que hasta que no han pasado quince minutos no nos hacemos con un asiento. El hospital está en mi barrio, en Pudong, lo que significa que no está tan lejos como todo en Shanghai, pero aun así, no tardamos menos de media hora. Comienzo a entender lo de las siestas en el transporte público y hago lo propio hasta que el sonido de mi móvil despierta: mis alumnos, tan hipercomunicativos como cualquier adolescente con whatsapp, me desean vía sms que me mejore pronto.

10:00 de la mañana. 

El hospital no  parece un hospital. Primero, por las escaleras mecánicas. Más bien parece una mezcla entre estación de autobuses y centro comercial y no lo digo sólo por las plantas de plástico. La gente se agolpa ante las ventanillas del dispensario para comprar medicinas y nadie parece tener muy claro para qué sirven esos letreros luminosos que parecen haber robado del departamento de llegadas de un aeropuerto. De vez en cuando, huele a infusiones, imagino que de alguna medicina china, pero yo ya no presupongo nada no vaya a ser que me pinchen.

Me hacen rellenar un papel y pagar diez yuanes por el guahao, me dan una tarjeta (aquí todo funciona por tarjetas) y me mandan con un numerito a medicina interna. Se me ha olvidado decir que sí, que aquí, la sanidad se paga. Mis alumnos me preguntan que si quiero un médico que hable inglés. Y cuando me dicen el precio les pregunto que si no les importa traducirme si tengo algún problema, que ya he aprendido cómo se dice mareo y quiero aprovechar para practicar mi mandarín.

En la consulta, una señora parece confesarse con un médico que parece tomárselo todo a guasa. Una anciana blande unas recetas escritas en algo que no parece chino y que es, efectivamente, ese idioma infernal en que escriben los facultativos de todo el mundo. El caso es que me estoy sintiendo mucho mejor. Intercambiamos unas palabras e incorporo muy orgullosa la palabra mareo malestar general a mi vocabulario. Me llevan a una máquina para que me tome la tensión. Huy, huy, qué baja la tiene, dice la señora que espera detrás su turno y que cotillea mis resultados sin ningún tipo de pudor. Que coma algo, ¿ha desayunado? les pregunta a mis alumnos. Y yo ya aquí me empiezo a reír.

Después de proponerme sin éxito que me haga un ¡escáner! (¿he dicho ya que aquí todo es de pago?), el doctor me prescribe unas cápsulas de medicina china que por sesenta yuanes se presentan milagrosas. Luego nos vamos a comer. Delante de mi cuenco de fideos con pollo y setas, esas setas que mis alumnos aborrecen de tanto como las ha comido a lo largo de sus vidas y que yo es la primera vez que puedo comer frescas, empiezo a sentir algo parecido al alivio.

Han pasado varios días. No sé si ha sido por las pastillas milagrosas, por el caldo de fideos o porque he empezado a descansar en serio, pero estoy bien. Hasta he conseguido entregar a tiempo para mi sección Libro de Notas y ponerme con lo que andamos preparando en 9th. Sólo ha sido un susto.

El viernes, eso sí, volví a sentir cierto mareo. Por diferentes y placenteros motivos.

Desde lo alto de ese edificio en forma de aguja con bolitas rosas.

Razones para sonreír al sotacómitre o por qué decidí estudiar chino

Les voy a contar una cosa.

Yo me metí en esto de pura coña.

Verán, yo era más de japonés, como todo el mundo. Me gustaba el manga, lo kawaii sin pasarse, el anime, el sushi y hasta el cosplay. Sabía lo que quería decir arigato, moshi-moshi, itadakimasu e itaiii  y lo repetía con una voz susurrante tomada de mis series preferidas. Me gustaban Murasaki Shikibu y Ryu Murakami y una vez probé a hacer un haiku que me salió espantoso, como cualquier haiku que no hace un japonés (¿han visto alguna vez a un coreano hacer un soneto? Pues eso). Cine, moda, maneras. Muñequitos para la estantería.

Pero en segundo de carrera me metí a estudiar chino. Así porque sí. Aún no sé por qué lo hice. Si mi cineasta preferido de entonces rodaba en cantonés. Era japonófila aunque fuera porque habían sabido venderse mejor, y que me gustara más un qipao que un kimono era pura culpa de In the mood for love. Aquello de que el mandarín era el idioma del futuro, sinceramente, me la soplaba, como me la ha soplado absolutamente todo lo que me decían que daba dinero. Estudié Filología, por Dios.

Gracias precisamemte a lo que estudié no he desistido. No es una lengua fácil. No es tan difícil como te dice que es toda esa gente que llama simbolitos a los caracteres o te dice que el hijo de fulanita fue y no le gustó y tal. Simplemente es otra lengua que tiene su propio sistema de escritura, una fonética que difiere de la nuestra como difieren la del francés, la del vietnamita o la del suajili y una gramática que va pareja con una mentalidad que, por supuesto, también es distinta de la nuestra.

Y a veces, como en la gramática española, preguntas ¿por qué? y la respuesta suele ser “porque sí”. Y a veces solamente con cosas claras de tu propia gramática puedes intentar comprender la suya. Por cierto, un saludo a los que editan ciertos libros para el aprendizaje del chino, que lo están haciendo de puta madre para que la gente lo deje el primer año. Por las explicaciones y por los dibujos.

Quiero conocer al ilustrador de esto. Para pegarle dos hostias.

Después de un año de estudiar chino me fui a Pekín un septiembre. Pasé cinco semanas allí. Prometí que volvería, aunque sólo pudiera un mes y poco.

Lo cumplí un año después. Lloré tanto cuando el taxi me llevaba al aeropuerto que el amigo que me acompañaba, con un español pedestre, consiguió decirme “te dejas en China medio corazón”. Hace dos años de aquella última vez en Pekín.

Nunca lo he dejado.  Tanto en España como en China he tenido profesores incompetentes, libros malos, ambiente de clase de macramé más que de idiomas. Y nunca he tirado la toalla. O al menos, no la he tirado tan lejos como para no volver a por ella. También, por el camino, he conocido a verdaderos amigos. A gente que sí me ha iluminado un poco entre textos anticuados, libros horrorosos y explicaciones caóticas.

Llevo unos años en esto para poder decir que vale, que no puedo explicar aún en mandarín cómo se me dan las vacaciones, pero me gusta intentarlo. Y escribir. Y  leer. Me gusta su método para formar palabras, su forma de expresar un pensamiento sin descubrirlo del todo. Me gusta adivinar qué radicales tiene un caracter, y por qué, y con qué otros los comparte. Me gustan los poemas. Me gustan los putos carteles del metro. Cada vez  más, me gusta escuchar, e intentar entender, y bromear. Escribir como si dibujara aunque no tenga paciencia para la caligrafía ni la tendré nunca.

A veces me hago la pedante y digo que es que el chino era lengua de cultura en la corte japonesa del periodo Heian, el equivalente a un Versailles nipón, y me pongo a divagar sobre que soy una dibujante frustrada, o que si las metáforas, o que si los sentidos y los signos. Son gilipolleces.

Estudio esto porque sí.

No se me ocurre ninguna razón mejor.

Mañana vuelvo a las clases.

补充生词

缘分: yuán fèn (N): suerte, destino que hace que dos personas que junten.