Ocho comidas de China que no probaría ni borracha

Ahora ya no. Pero hasta hace no mucho yo era esa amiga estúpida de los cumpleaños a la que las madres de las amigas odiaban muy fuerte. Cómo que la niña no come pizza. Entonces la pasta de la niña sin tomate. Ah, pero que la niña. Y así hasta que a  la niña se le quitó tontería y descubrió el maravilloso mundo de las verduras ya pasaditos los diecinueve años.  Y no, nunca me llevaron a un comedor escolar porque mi madre temía que me muriera de inanición. Sigo comiendo pasta sin tomate, por cierto.

El caso es que como casi de todo, no soy alérgica más que a las gilipolleces y aquí, en China, estoy bastante bien. No solamente porque puedo cocinar  sino también porque puedo probar cualquier cosa imaginable salida de la plancha más inmunda y que, encima, estará rico.

Dentro de ciertos límites, me la suda el glutamato monosódico, el aceite de trinchera y que me den rata por liebre. Pero hay ciertas cosas que me acobardan. Estas son algunas.

  1. Huevos al agua de charco. En las convenience store y en algunas tiendas callejeras tienen esa especie de cubeta llena de un líquido oscuro en el que flotan huevos resquebrajados que parece que llevan ahí décadas. La leyenda milenaria dice que uno de ellos es de un dragón y que si un laowai se lo come vivirá mil años, pero no hay laowai que tenga ídem a comerse uno.
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  2. Albondiguillas en salsa. En esas mismas tiendas también venden algas cocidas, surimi, tofu procesado y otros materiales no identificados ensartados en palitos como de helado y macerados en una salsa más o menos de la época de la de los huevos al té, solo que esta es rojiza. Eliges los palitos que quieres y te los echan a un vaso de papel con una buena cucharada de salsita y… voilá. Ya tienes perfume para la ropa y los dedos durante un mes.Image
  3. Cuellos de pato. Más o menos populares incluso aquí en Shanghai, hay por todas partes franquicias y cadenas de tiendas con un patito feliz en el letrero que venden casi cuá-lquier parte del pato, pero la estrella es el pescuezo. Debe de estar delicioso, pero entre la pinta y que no soy tampoco muy fan del animalejo me echan bastante para atrás.
  4. Choudofu o “tofu apestoso”. No hay nada que quite más el apetito como salir del metro envuelto en ese olor picante, áspero y profundamente desagradable que se pega a la pituitaria como un tío pesado un sábado noche. Lo probé una vez. La textura no es desagradable, pero la sensación de que te estás comiendo un pedo rebozado no te la quita nadie.
  5. Patas de pollo. Esto ya es más personal, aunque me juran y perjuran que están buenísimos. Es que me recuerdan a los dedos artríticos de una abuelita de ochenta años, y bueno, como que no.
  6. Polvo de carne (meat floss —肉松). Es un snack muy popular, sobre todo para los niños. Lo venden en bolsas y también espolvoreado sobre bollería (¡). El aspecto es el de las pelusas de debajo del sofá de un piso de perroflautas pero teñidas de rubio intenso mezcladas con cera de orejas.Image 
  7. Huevo negro. No sé si es la textura, el olor o la sensación de que te estás comiendo un testículo de marciano, pero me resulta pelín desagradable tenerlos cerca.
  8. Snacks de pescado seco. Quizá me esté perdiendo todo un mundo de sabores y sensaciones. Creo que viviré con ello hasta mi próxima reencarnación en tortuga.

Por supuesto, hay mil cosas más que me gustan y que a casi todos los laowais con los que comparto exilio espiritual y etílico les hacen arrugar la nariz, como los pasteles de luna, que son una mezcla entre mazapán y polvorón y que solo puedo comer una vez al año para no sentirme un orondo Buda; o, esto ya más común, cualquier cosa que lleve pasta de soja roja (napolitanas, helados, dorayakis, baozi); por no hablar de los deliciosos tallarines fritos de los puestos de la calle.

Seguramente algún día termine venciendo mis prejuicios, los mismos por los que no pruebo los callos, las criadillas, cualquier tipo de chorizo o morcilla o la ración de oreja. O, como aquella vez en Oporto que me metí entre pecho y espalda unas reconfortantes papas de serrabulho porque olían de maravilla a comino y yo juraba que sabía como a legumbre calentita, ojos que no ven…

Lo de los churros

Parecía que no había otra cosa que comer en Shanghai que los churros de la chocolatería San Ginés. El orgullo nacional. Los empresarios más emprendedores y más locos de todos, figúrese, traer churros a una tierra que lleva desde tiempos inmemoriales comiendo porras y mojándolas en leche de soja.

Amigos y familiares diversos me envían y reenvían la noticia de la apertura de un local en mi ciudad de acogida. Al cabo de dos meses, cuando me la mandan otra vez y pienso que se están repitiendo un poco, resulta que no, que es que han abierto otro local. Qué emoción. Yo me vine a China a comer churros, croquetas y tortilla de patatas y a decir que no saben igual que en España, claro que sí. Bueno, no, que cuatro croquetas de jamón cuestan diez euros, casi que me espero a las de mi madre.

Según la prensa española, además de lo necesarios que somos los profesores de español en una tierra que cree que el inglés es lengua oficial en toda Europa, los churros se van a comer el mercado chino. Los chinos adorarán esos lacitos empapuzados en aceite que tantas resacas patrias han curado a lo largo de su existencia y que cuestan diez veces más que cualquier snack a pie de calle. Claro que sí.

El susodicho segundo local se encuentra donde suelen encontrarse los establecimientos de hostelería que pasan más satisfactoriamente los controles de calidad: en un centro comercial. Concretamente, en una esquina minúscula de una de las plantas sótano, concretamente la dedicada a la pastelería, la repostería y la guarrada en forma de dónut de bonito seco o de pastel con hilitos de polvo de carne. Suena el típico hilo musical de ascensores. Suelo impoluto. Los churros tras un cristal, calentitos, recién hechos, cortados impecablemente y a nuestra vista, en forma de palitos y no de lazos. Ponte unos jeringos, niño.

Los sirven en unos recipientes de cartón verde y blanco con motivos típicamente hispánicos, a saber: flamenca, banderillas, toro simpático (cito de memoria). Además del típico chocolate, los churros se pueden acompañar de helado, chocolate blanco, chocolate a la fresa, crema de té matcha o queso cheddar. Adaptándose al paladar chino, tradicionalmente un país comedor de chocolate rosa y queso. Igual que los españoles, tradicionalmente, nos hemos adaptado muy bien al arroz tres delicias y a las galletas de la suerte. En fin.

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Churros con chocolate blanco en San Ginés (Super Brand Mall, Lujiazui, Pudong)

Que están buenos, sí. Que lo del queso es una blasfemia, también. Que los hemos probado, como para no hacerlo. Pero a la vez me hace gracia cómo venden a la prensa la llegada de un supuesto emblema de la cultura española transformado en una especie de Sundae raro con tropezones. Y es una sensación muy rara ver cómo en esta ciudad cualquier cosa, excepto los imbatibles puestos y carricoches de tallarines fritos, de brochetas, de sopa de wantun o de batatas asadas, se convierte  en un establecimiento aséptico de un mastodóntico centro comercial.

Dicen que es el futuro. ¿No?

Horror en el hipermercado o Cómo se come aquí (I)

Llegado el punto en que me regalan cebollino en el mercado, creo que ya puedo empezar a decir cosas sobre la comida de aquí.

Casi lo primero que hice cuando llegué a mi nuevo barrio fue lo que hace todo el mundo: buscar un hipermercado cercano para comprar, al menos, el desayuno. Porque lo siento, chicos, pero yo no puedo comer baozi a las siete de la mañana. Ni báozi (masa al vapor relleno de carne o verduras), ni saquitos de arroz semidulce, ni mantòu (bollo al vapor), ni digamos ya esa especie de MacPollo en brochetas que veo deglutir a los alumnos camino a clase. Pero ya si eso hablamos otro día de la comida de la calle, de la fruta fresca y del pescado agonizante en barreños.

Aunque en esta tierra no conozcan la canción del Mercadona, tenemos varios hipermercados. Ni que decir tiene que son todos chinos. Sí que es cierto que como a diez minutos en autobús, en la agradable e internacional zona de Jinqiao, sí que hay un Carrefour y demás Tierras Prometidas de los expats, esos paraísos de pan, queso y cereales a precios de jarrón de la Dinastía Ming. Pero eso es para cobardes.

家乐福: “hogar/familia, felicidad y buena fortuna” o Tenéis un equipo de publicistas que ni los Mad Men.

Comprar aquí, en un supermercado local, es toda una experiencia. Las primeras veces, de hecho, se parece bastante a jugar a una mezcla entre Las siete diferencias, el Quién es Quién y la ruleta rusa.

¿Cuál de esos mataría más rápido a un dragón?

Guiarse es complicado. Salsa de soja, de ostras,  salsa Yuxiang. Vinagres de arroz. Licores extraños. Algas secas. Snacks de patas de pollo, de algas nori, de tiras de pescado seco o de algo que se parece al beef jerky pero sólo se parece. Albóndigas de pescado, empanadillas y masa wantun en la sección de congelados. Leche en bolsas. Castillos de envases de fideos instantáneos. Refrescos de té que saben a puro y fresco ambientador. Mirinda (sí, en serio). Versiones tróspidas de las Oreo y de las Chips Ahoy.

Tú ponle color a eso, Zhang, que vamos a petarlo.

Faltan de pronto los espárragos, el tomate en lata, el atún claro, el vinagre de Módena o (por razones obvias) germinados de bote.

Otras veces hay que intentar imaginarse qué es cada cosa, porque la inmensa mayoría de las etiquetas están solamente en chino. Intento acordarme de cuándo he visto en España una etiqueta de yogur en caracteres y me rindo al karma. Suerte que existe el lenguaje universal.

Te amamos, cero azul.

Aquí, además de galletas y dulces que parecen salidos de la imaginación de un demente, también tienen sección de Hínchese luego a empanadillas sin culpa. Los signos a reconocer son la actriz guapa de turno, una esbelta silueta femenina o un apacible campo de trigo. Hablando de campos apacibles, también tienen avena.

Aquí dice que lo mejor es echarle una jarra de algo, y unos huevos y bayas del Goji.

Es verdad que he tenido que ir al Carrefour/ JiaLeFu a comprar vinagre para las ensaladas. Que pagué un dineral por una lata de lentejas antes de descubrir que aquí venden soja a granel de todos los colores y que, para lo que la uso, con una botella de aceite también de soja no voy a dejar que me atraquen con el de oliva. Porque todo lo occidental es caro. Escandalosamente caro. Y no me da la gana dejarme el sueldo en comida como la de casa cuando puedo simplemente sustituirla, ahorrándome una fortuna y de paso echándome unas risas cuando descubro que las galletas contienen trocitos de alga nori.

Mientras tacho los días que me quedan para ir de excursión a IKEA y comprarme una cafetera, o hago cábalas de cuándo me saldría a cuenta comprar una botella de vino bueno cuando venga visita, me las apaño. No tendrán vinagre de manzana ni queso de tetilla. Pero tienen todo lo demás.

Y no sé si lo he dicho ya, pero los makis, los onigiris y los california roll están en la sección de refrigerados.

El segundo que es un primero

Tiene gracia: he pasado la carrera viviendo en casa de mis padres, con la universidad a cinco minutos caminando, y hasta que no me he venido aquí no he sabido lo que es un campus.

Aunque vistas las diferencias con lo que entendemos nosotros por campus y lo que entienden ellos, no me gustaría vivir aquí como una estudiante local. Primero, porque compartiría habitación con otras tres muchachas. De acuerdo, no es un drama. El drama viene cuando te cortan Internet, ese Internet amurallado, a medianoche o incluso antes, cuando no tienes aire acondicionado ni calefacción en el cuarto o cuando para ir a ducharte tienes que desplazarte a otro edificio con la toalla y la cestita de los champús. En invierno creo que juegan a ver a quién se le queda más escarcha en el pelo. 

Dormitorio de los muchachos, separado por un riachuelo y un puentecito del de las muchachas.

Por suerte, este no es mi caso. Pero saber todo esto me ayuda a apreciar lo que tengo.

Yo vivo en el edificio de los profesores, en lo que aquí es un tercer piso pero que en realidad es un segundo: la planta baja viene a ser la primera. Me di cuenta cuando, por inercia y sin mirar el número de habitación, intenté durante diez minutos abrir una puerta que no era la mía. Y eso que tengo un distintivo maravilloso que me ayuda a distinguir mi hogar del de cualquiera, incluso con la mayor melopea de la Historia:

Les presento al cerdo-percha.

Un cuarto igual de grande que el mío lo comparten mis dos colegas chinas, Olivia y Elena. Yo tengo ese mismo espacio para mí sola.

Detalles que no pesan y que hacen hogar.

Y un baño occidental, con algo remotamente parecido a un plato de ducha y calentador de agua.

Pequeños detalles chapuza que me hacen sentir como en casa.

Cuento con nevera, dispensador de agua para hacerme café soluble y tés (aún no me atrevo a seguir la costumbre local y beber pura agua caliente), televisión que ya yace en el suelo apagada y mustia, y todo el Internet que quiera, por cable y sin censura. En mi mismo piso, hay unas cuantas lavadoras de las que me fío de dos, y una fila de secadoras que en la primera semana confundí con lavadoras.

Nevera (detalle) con pegatinas monas, noguerazo y tarjeta de telesushi.

Te elijo a ti, lavadora más pequeña y con menos botones.

Otros lujos son las cintas de correr y la bici estática en que me machaco todos los días en el primer piso(ya he dicho a qué planta equivale, ya está bien), y los bidones de agua mineral para los dispensadores. Aquí, el agua del grifo es puro heavy metal.

Al fondo, las máquinas.

En el quinto, o sea en el cuarto, tenemos una cocina compartida, y ya estoy pensando en las cacerolas y sartenes que voy a comprarme con mi primer sueldo. Echo de menos hacerme mis propias sopas y salteados asquerosamente sanos e inocuos libres de glutamato monosódico, aunque aquí, la verdad, la comida es muy barata, sabrosa y variada, ya hablaremos de eso. Puedo comprar comida en la calle y también me han dado una tarjeta que puedo usar en cualquier comedor  y en las tiendas de suministros del campus. La universidad pone el dinero equivalente a una comida al día. Y yo se lo agradezco, en serio. Me gustan los brotes de soja, los muslitos de pato, el arroz, el tomate con huevo, la berenjena al estilo Yuxiang. Lo que no me gusta es comerlos todos los días. Y me voy a pasar aquí el tiempo suficiente como para no querer aborrecer la comida china tan pronto.

Aunque aquí también tengo el equivalente a un abuelo preocupado. Sí, esos que te presionan y te echan dos cazos de sopa porque sí. Mi director Ignacio Chen  me ha recomendado hoy amable pero tajante que me acostumbre a almorzar en el comedor a la hora convenida porque es gratis y cortesía de la universidad, todo muy sonriente y muy ceremonioso. No he sabido cómo responder a ese venerable académico que para mí, las once de la mañana son horas de tomar, como mucho, un café.

Pero usos y costumbres deben ser contados en otra ocasión. De momento, ayer me encontré con un cuarto lleno de trastos pertenecientes a antiguos profesores, a disposición de quien los encontrara.

Nunca pensé que me haría tanta ilusión una plancha. Quizá porque no se puede confundir con ninguna otra cosa.