Cuando no ves la película sino que la presentas

Dedicarse a montar eventos, sobre todo eventos alternativos, es como preparar todo el rato tu fiesta de cumpleaños: se lo dices a todo el mundo, nunca sabes cuánta gente va a venir y siempre más de uno te llega con excusas cuando le apetece quedarse en casa o emborracharse en Yongkang (perfectamente comprensible, por otra parte). El caso es que el miedo a quedarte con cara de gilipollas al lado de una tarta imaginaria está ahí.

En cualquier caso, como nos gusta más un sarao que otra cosa, a un amigo y a mí se nos ocurrió organizar juntos una maratón de terror aderezada con conciertos, canciones del RHPS y cortometrajes. Ver El Fantasma de la Ópera desde el palco de arriba de un teatro antiguo construido sobre un aún más antiguo templo budista fue sencillamente alucinante, y escuchar a una buena amiga cantar “I put a spell on you” antes de ver La noche de los muertos vivientes ponía la piel de gallina. Pero en fin, a la mayor parte de la ciudad, enfebrecida con el Mundial aunque los partidos se retransmitan a partir de medianoche, no le gustó tanto nuestra maravillosa idea. Incluidos los traidores de mis amigos. 

Estar trabajando en estas cosas, poniendo mi tiempo, mi esfuerzo y hasta algo de mi pasta por primera vez, me hace darme cuenta de lo difícil que es dar cabida a lo alternativo, especialmente en una ciudad como esta, y lo fácil que es convertirse en un amargado que echa pestes de la falta de movimiento de la ciudad, de la falta de iniciativa, de la falta de energía, de lo vaga que es la gente y de cincuenta millones de cosas más, cuando realmente nadie tiene la culpa: nadie te ha pedido que lo hagas. A nadie le importa si lo haces. A ti te parece que puede estar bien, y por eso te dedicas a ello. No puedes obligar a nadie a que venga a ver cómo destruyes tus horas de ocio del fin de semana. Y punto. Aunque luego te emociones cuando les ves aparecer y tienes a alguien a quien sonreír mientras presentas a nosecuál director iraní hecha un flan de vainilla pero menos. 

Pasar horas decorando un teatro o subiendo y bajando escaleras en plan Looney Tunes me hace apreciar aún más a la gente que, aquí o allá en España, apuesta tiempo, esfuerzo y horas de sueño para poner en pie sus propios proyectos. Por no hablar de esas ganas, como organizador, de salir corriendo del puto teatro o del puto café en cuanto se acabe la mierda que en buena hora se te ocurrió montar. Ah, no, que luego tienes que recoger. Porque sí, los asistentes llegan, ven la película o los cortos y se van, mientras tú llevas ahí más horas de las que se consideran adecuadas para una buena salud mental, y lo divertido es que nadie te ha obligado a nada de esto. 

En resumen: que a veces sale bien, a veces sale mal, a veces sale fatal. A veces vienen cuatro gatos y otras se te llena la sala y otras el sonido empieza a fallar y entonces te llevas la manita al corazón esperando el inminente infarto. 

Lo que está claro es que los hay que, pese a todo, no podemos dejar de hacerlo. Y qué quieren, hoy tendré cara de muerta viviente, pero hasta estoy un poco orgullosa de lo que estamos al menos empezando por aquí. 

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Actos inexplicables (de postpunk y de post-trash)

Si alguien me llega a decir, cuando me pasaba el día bailando los casetes de mi padre sin haber visto en mi vida una coctelera, que algún día pagaría por ver redivivos aquellos temas de mi infancia más loca de lamé y sombra negra, no me lo hubiera creído. Ahora mato por un buen Tom Collins, quién me ha visto y quién me ve, pero sigo prefiriendo a la punki oscura antes que a la bajita del pelo naranja aunque parece que las dos han hecho un pacto con el diablo.

Cuando yo escuchaba aquello de quiero ser santa no había probado jamás el whisky con soda y eso de quiero ser tu perro me sonaba a juego. Hoy me sigue sonando a juego, pero a juego cómplice de dos personas metidas en una habitación que fuman y follan y beben y se meten juntos y el uno con el otro y se creen los más poderosos de un mundo que ahí fuera se desmorona y que se los llevará imparable por delante como cuando se derrumba una pared de glaciar. Ana Curra sobrevivió, aunque no indemne, a todo aquello. No canta como si hubiera vuelto a tener veinte años. Canta como si le devolviera a alguien esos veinte años truncados en el asfalto. Lo lúdico se matiza de nostalgia, especialmente al final con ese réquiem al teclado con que emociona a una sala a rebosar. Eso sí, a pesar de los años que han pasado, sigue manteniendo una figura a la altura de su espíritu: y son prodigiosos ambos. Y la primera va envuelta en un body de rejilla que quita el hipo, oigan. 

impresionada me tiene. Qué cuerpo.

Tampoco me imaginé  nunca que haría cola para desguazar en masa una película de ciencia ficción muy chunga. Ni que me reiría tanto con hora y pico de piedras. Eso sí, fui con la lección aprendida tras la experiencia del anterior trash entre amigos y me casqué el copazo antes de entrar a los Callao. No voy a contar nada de lo que salió allí. Solo que NADIE se llevó el micro a mear esta vez y que desde el viernes no puedo dejar de canturrear Anthony & the Jonhsons. Daños colaterales. Eso y las copas completamente necesarias y más justificadas que los desnudos de Medem que vinieron tras el Apocaelipsis. Luego quitarán El caballo de Turin de las carteleras y yo seguiré viendo canela de la buena, pero es lo que hay. 

Así pasa, que es lunes y no he ido a clase. Es que there’s someone.

Feliz semana.