Cuando seáis profesores

Yo nunca quise dedicarme a esto. Yo me metí a filología porque me gustaba leer novelas y porque quería escribir novelas, y punto. Pero a aquellos señores catedráticos, a casi todos los que he tenido, se les parecía haber metido en la cabeza que todos íbamos a acabar metidos en la enseñanza.Tuviéramos o no vocación docente.

Y es curioso, porque en esos cinco años, ninguno se molestó en enseñarnos absolutamente ninguna habilidad comunicativa de cara al aula. Ningún recurso que pudiéramos usar a la hora de transmitir los conocimientos que supuestamente estábamos absorbiendo. Me metí en una carrera buscando el conocimiento de la lengua que, decían, no se enseñaba en Periodismo o en Comunicación Audiovisual, pero a nosotros, poco a poco y por obra y gracia de la formación de nuestro profesorado, nos estaban convirtiendo en invisibles. En sabios distraídos. O aún peor. En aburridos.

Estábamos abocados a lo que lo estuvieron muchos de los que pasaron antes por esas aulas: a convertirnos en profesores sin vocación que enseñarían a futuros profesores sin vocación. Y, seguramente, repitiéndonos a nosotros mismos que era algo temporal y que pronto podríamos volver en exclusiva a publicar artículos sobre las úlceras de Alonso Quijano.

El problema es que el sistema ya no puede absorbernos. Son, somos, demasiados. Demasiados para tan pocos puestos de trabajo. Y en la mayoría de los casos, un puesto de trabajo que ni siquiera nos había apetecido nunca.

Estoy al otro lado del mundo haciendo eso de lo que siempre renegué: enseñando. Y ha sido por pura suerte. Dispongo de un tiempo prudencial para decidir si me gusta o no. Dispongo de un tiempo para decidir si, finalmente y pese a todo, tengo vocación o realmente necesito plantearme otra cosa. Pero lo repito, he tenido suerte. Luego leo las noticias, hablo con los compañeros, con la gente de allá, cuando me cuentan lo que vale el pase a unas oposiciones, el tipo de clases que reciben y el tiempo que pierden, me echo a temblar.

Y no sé. A mí todo esto de profesores sin vocación, profesores quemados, clases tediosas y métodos anticuados me da un poco de pena.

Pero lo de esos másteres de enseñanza, hipertrofiados para justificar sus costes, que se han erigido en casi el único medio para un licenciado de optar a un puesto de trabajo que quizá ni siquiera se había planteado nunca, pues qué quieren, me da hasta miedo.