Cerrado en días de tifón

La mayoría venimos solos a Hong Kong. Venimos por visado, por trabajo, por vacaciones, porque sí. Paseamos por la ciudad que huele a sal, a plástico húmedo, a vapor y a comida hindú y que suena suave, a canción monótona de hoteles, metros y semáforos en verde y en rojo a los que todo el mundo hace caso. Esquivamos los fogonazos rojos de los taxis, los autobuses de dos pisos, los tranvías. Nos colamos en las azoteas y bebemos y hablamos y buscamos el calor de nuestros cuerpos en la penumbra fresca de los cuartos compartidos, entre ronquidos, toses y alguna que otra queja envidiosa adormilada, y compartimos historias que nos pasaron hace tiempo o que pasaron a otros pero hicimos nuestras con el tiempo, y lanzamos nuestras fotos al vacío, una cerveza demasiado cara frente a los rascacielos, breves compañeros de viaje, diez cuerdas enlazadas en el muelle que varios valientes cruzan a brincos y a pasos vacilantes, música a la brisa salada del puerto; y seguimos buscando en caminos poco transitados, en playas desiertas, en las escaleras mecánicas más largas del mundo o en ventanales a cien pisos sobre el agua esa historia que, algún día, contaremos a otros extraños mientras adivinamos cartas al azar y bebemos latas de birra extranjera, sabes, pues a mí una vez, en Hong Kong, me pasó que.

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Estación de resbalones

Camino ya sin el peso de una mochila con media vida y el portátil. Ahora comparto espacio con un gato blanco y negro que se cree el dueño de este nuevo piso a veintiocho plantas por encima de la ciudad que tampoco es mío del todo, porque siempre hago las cosas a medias: me medio meto en proyectos, me medio mudo a la parte divertida y bulliciosa de la ciudad y nunca termino los regalos que me prometo a mí misma que haré a los amigos que ya se marchan, y mientras pasa todo esto, mi amigo Chachy se ha ido dos meses de gira a Estados Unidos con su banda de rock dejándose la ropa tendida, el gato y la casa que le ocupo.

Se van o están a punto de irse personas a las que aprecio. No de vacaciones sino para siempre o para a saber hasta cuándo, y los que sabemos que al menos aguantamos unos meses o unos años más miramos el cielo gris con cara de pocos amigos, o nos resbalamos maldiciendo el pavimento mojado, o brindamos con la desidia de un verano que de momento sólo tiene lo peor de un otoño sucio que huele a lluvia y a plástico.

Estas semanas, corrijo exámenes ignorando los maullidos de Jackson. Hablo del tiempo con la ayi mientras ella curiosea lo que cocino. Me acostumbro al rumor del tráfico y a los muelles de la cama. Atravieso el parque de Xujiahui camino al trabajo en la academia donde mis estudiantes ya saben decir lo que les gusta y lo que no les gusta nada. Me como la cabeza y el corazón. Localizo las fruterías y los mercados del barrio. Monto la slackline junto al río y camino y pego saltitos ridículos sobre la cuerda con mucha dignidad. Echo de menos a mi familia. Organizo proyecciones sin poder hacer lo que me gustaría. Voy conociendo a los vecinos. Me prometo que escribiré e iré a exposiciones y estudiaré chino y no volveré a enamoriscarme y hago la quiniela de cuál de todas fallaré primero.

Algún día de estos agarraré las dos estanterías, las dos mesas, los cuadros de Miguel Ángel Martín y toda mi ropa de invierno, atravesaré otra vez la ciudad entera me mudaré del todo. Y a lo mejor hasta me compro una bici.

Es temporada de lluvias en Shanghai y ya me han devorado los mosquitos.

 

Dosmilcatorce

Al 2014 le pido un trabajo de verdad, un piso en el centro y unas cortinas bonitas.

Le pido conservar a mis amigos, que no sustituyan mis bares favoritos por restaurantes de estilo industrial y un festival de música en Japón o en Corea. Le pido aprobar con nota el HSK 5 y ese título de inglés que siempre dejo para pasado mañana. Le pido que no se separen mis grupos preferidos, que no se muera ninguna figura más de la juventud musical de mi padre, que mis amigas chinas se dejen de mandangas con eso de encontrar novio o marido, que Arcade Fire pasen por Asia, una cámara de fotos nueva y un par de vestidos y sombreros de otras épocas. Le pido aprender el dialecto local, más libros y cómics, seguir teniendo a Beijing como a un colega al que visitar siempre y que a mis alumnos les quede claro que España no es sólo toros, flamenco y paella. Le pido seguir con el KanKan Filmforum y con los proyectos para Inkside. Al 2014 le pido viajar muchas veces y sólo unas pocas sola. Al 2014 le pido estar viva, estar bien y poder dejar de pedirles dinero a mis padres. Le pido más ganas de retomar el piano, una cuerda floja, cumplir mis sueños y una primavera temprana.

Al 2014 le pido Shanghai.

Ya veremos. Feliz año nuevo.

Lo que dan de sí los meses: Resumen

Así, resumiendo, en el poco más de un año que llevo viviendo en Shanghai….

He participado en un videoclip;

He impartido una asignatura de redacción que transformé en clases de escritura creativa, con diferentes (y a veces sorprendentes) resultados;

He podido permitirme comer o cenar sushi al menos una vez por semana;

Casi no llego a fin de mes en un par de ocasiones (y con eso quiero decir que me quedaban diez euros en la cuenta) y he sobrevivido;

He aprendido una buena cantidad de palabras coloquiales en mandarín y algunas sueltas en shanghainés;

Se me ha pegado el acento de aquí;

Ha dejado de sorprenderme ver despiezar una tortuga viva en la calle;

He conocido a gente maravillosa por aún más maravillosas casualidades;

He visto tocar, entre otros, a Gang of Four, a Nouvelle Vague, a Godspeed you! Black Emperor, a The Tiger Lillies y a The Mary Onettes y he descubierto bastantes bandas locales;

Me he metido en la organización de un club de cine;

He sabido lo que es estar sin dinero o sin Internet cuando más los necesitas;

He podido salir del paso cuando una de las dos anteriores me faltaba, gracias sobre todo a la ayuda de amigos;

He desarrollado mi capacidad de improvisación y adivinación en cuanto al funcionamiento interno de la universidad y de la burocracia china en general;

He llorado más veces por frustración y desconcierto que por tristeza;

He salido airosa y sin pagar ni un yuan del intento del famoso timo del té;

He hecho de luna en un musical sobre la famosa canción de Mecano que dirigieron los alumnos en la función de Navidad;

No he dejado de aprender algo nuevo (bueno o malo) prácticamente cada día;

 

Y he descubierto que no quiero volver, o ir, a España. O quizá eso ya lo sabía. 

 

Mirada de alambre

Desde hace muchos años, casi desde que tienes memoria, no te miras en los espejos. Te vigilas. Vigilas cómo te queda la ropa, si te aprieta más o menos la cintura de la falda, y celebras la holgura de unos pantalones como si te hubieran dado un premio a la excelencia. Has aprendido, después de un tiempo, a manejar esa sensación de hambre, a valorarla, a domarla hasta que solamente la sentías cuando era la hora de una de las cuatro frugales comidas que hacías más como una necesidad que como un disfrute. Porque nunca lo has disfrutado.

Nunca te ha gustado comer, desde niña. Nunca te han gustado tus mejillas ni tus muslos ni la forma de tu cara y siempre has pensado en la forma de cambiarlos. Sabes que nunca has estado ni mucho menos gorda. Sabes que no hay ningún problema en comerse un trozo de pastel de vez en cuando. El problema es cuando al día siguiente, o hasta dos semanas después, sigues pensando en ese trozo de pastel y dudando de si te lo tenías que haber comido o no. Y esa es la historia de tu vida. O cuando alguien, una abuela, una tía, te dice con esa sabiduría popular y esa alegría campechana que te ve más rellenita y entonces la mirada en el espejo se vuelve un alambre de espino que te rodea la figura y te hiere como un cepo. El problema no son los cumplidos de las tías abuelas. El problema es lo mucho que te afectan.

Están las tardes en que comes tres galletas y las vomitas porque te sientes terriblemente culpable. Cuando eso lo conviertes en una rutina y notas la piel de los nudillos blanda y lacerada de tus propios dientes. Cuando con los más íntimos (una pareja, una madre) no sabes hablar de otra cosa que de si habrás engordado, mucho o poco. Y eso no hay quien lo aguante.

Y resulta que paulatinamente has ido reduciendo las raciones a la mínima expresión y con la excusa de que todo te sienta mal tu cuerpo se va encogiendo y encima de los huesos hay poco más que piel y todo el mundo se da cuenta pero tú clamas a los cuatro vientos que nunca has estado mejor que ahora mismo. Porque es verdad. Te sientes de puta madre. Te sientes superior al resto porque has conseguido, piensas, lo que muchas mujeres intentan y no consiguen.  Pero no eres capaz de cenar en grupo porque, aunque no lo quieras admitir, preferirías irte con Drácula antes que compartir ese postre. Al menos, piensas, Drácula no come. Y no puedes dormir. Y tu cuello y tu espalda sin masa muscular que la sostenga hacen crac y de repente no puedes llevar el peso de tu propia mochila. Y en la última clase te tienes que tomar un caramelo de regaliz (sin azúcar) porque tienes miedo de desmayarte. Y es invierno y llegas a casa, comes tu crema de calabaza caliente y tienes que descansar tapada con varias mantas y darte friegas en la contractura que parece que nunca se irá.

Un viaje, un evento o un festival que alteren lo más mínimo tu rutina de las comidas es una tortura que te tendrá días dilucidando los efectos que pueda haber tenido en tu cuerpo. Cuando te dicen que estás muy delgada llegas a enfadarte, “estoy perfectamente, estoy sana”. Pero sabes que si no tomaras anticonceptivos hormonales ya haría tiempo que se te habría retirado la regla. Y que puedes hacer yoga durante hora y media pero en aquel curso de acrobacia no fuiste capaz de subirte a las telas (nadie pudo, realmente) o de (eso ya es más grave) sostener tu propio cuerpo haciendo el pino más de dos veces. Y ahí ya te empiezas a preocupar aunque se te olvida cuando ves en el espejo el reflejo perfecto de tus costillas. Cuando te sientes ingrávida, vacía, limpia, pura. Como si flotaras. Como si te disolvieras en el aire.

Una de tus mejores amigas se asusta cuando pasas una noche acurrucada frente al radiador porque no puedes hacer frente al frío de un piso sin calefacción central aunque lleves dos jerseys. Y todo el mundo te dice lo bien que te sentarían unos kilos más y eso te aterra casi más que el que le pase algo a tu familia. Pero todo es tan perfectamente normal, está tan perfectamente integrado en tu vida que ni piensas que puedas cambiarlo, porque siempre ha estado ahí. Eso y el pegarte alguna que otra hostia contra la pared cuando ese cepo que se activa cuando te miras en los espejos te dice que te has portado mal, muy mal.

Luego empiezas a trabajar y te das cuenta de que o te mantienes en pie o van a empezar a pedir cuentas. Que ya ha pasado un tiempo desde aquellos días en que caías dormida unos minutos a las ocho de la tarde porque no habías comido más que aquella crema de calabaza a mediodía.  Aunque ya habías empezado, poco a poco y con mucho apoyo de los que lo saben de tu boca (porque todos lo intuyen, aunque no lo digan) a disfrutar de la comida, te sientes culpable y mides el aliño de las ensaladas y el tamaño de las raciones con la precisión de un químico. Oscilas entre el deseo de relajarte y ese viejo sentimiento de culpa que ya reconoces tan bien como la voz de tu madre. A él y a la sensación de ser una bomba de relojería en expansión lenta, latente, constante.

Y ahora, con unos kilos más y mejor cara, parece que todo está bien. Aún te asustas cuando la gente te hace notar gozosa que has engordado por fin. Sabes que eres afortunada porque ése sea el mayor de tus problemas, pero es tuyo y aún te queda bastante camino para no tenerle miedo a la báscula, ni al espejo, ni a aquel vestido que te hiciste a medida. Que aún queda para aceptar la forma de tu cara o tu cuerpo desnudo y sano ante el espejo. Porque sabes que tu cuerpo está sano pero tu cabeza no. Que probablemente nunca lo estará. Pero al menos, ya lo admites y puedes empezar a ganarle terreno a al espejo deformante y severo que habita dentro de tus ojos.

Y te alegras un poco porque ahora, por fin, cuando ves aquellas fotos de hace un par de años y ves aquellas piernas como de pájaro y la jaula que te formaban las costillas en el pecho, no puedes evitar estremecerte.

Beijing me mata (I)

Día 1

Cuando, después de hora y pico de metro en Shanghai (hora valle), cinco horas en un vagón de tren corrigiendo exámenes y cincuenta minutos de metro pekinés con tres cambios de línea y mucha gente, emerjo de la salida B de la estación de Liangmaqiao, respiro al fin ese aire seco, caliente, agobiado de polución. Hay un tío vendiendo sushi que mantiene en una nevera de porexpán. Una rickshaw espera a ver si alguien quiere ahorrarse el taxi a cuenta de un regateo. Baratijas en un mercadillo improvisado. Torres y más torres. Estoy en el lugar correcto.

Antonio llega a los cinco minutos. Nos arreamos un abrazo. Le conozco desde hace como cinco años, empezamos a estudiar chino a la vez y le veo siempre de Pascuas a Ramos porque, como a mí, China le picó pronto y nunca sabes si vuelve, si viene,  si visita o si se va a quedar alguna vez aquí o allí. La vez que más tiempo le he visto seguido fue cuando compartimos un vuelo Madrid-Pekín de doce horas que sólo era su primera parada antes de llegar a la fría Harbin, donde se pasó un año helándose el culo mientras se sacaba un nivel de chino que me hace tenerle mucho asco y mucha envidia. Ahora vuelve a estar en la capital y me invita a cenar brochetas de corazón de pollo regadas con cerveza. Mola.

Me quedo en su casa estos días: voy a unas jornadas de profesores de español (luego me enteraré de que son las sextas y que aquí todo el mundo se conoce) y, de paso, me reconcilio un poco con la ciudad, que, como Shanghai, tiene esos momentos y días en que lo mandarías todo a freír viento. Pero a pesar de todo, Pekín es como un viejo amigo: cuando ya le conoces, le perdonas todos sus defectos. Y para cuatro días, no voy a quejarme. Ni del aire.

Día 2.

Me despierto y no veo el sol aunque hace rato que ha amanecido. Parece que va a llover.  De camino, puestos de crepes grasientas y leche de soja con una pinta increíble. Me gustan las ciudades chinas porque todos los días parece una verbena. Me meto en un autobús atestado que me lleva a un metro aún más atestado. Ratifico mi teoría: aquí hay menos escaleras mecánicas. Llego a la Beijing Daxue después de dos cambios de metro y dos amables voluntarias que hablan español me acompañan al edificio de las jornadas. Todo es enorme, todo es gris, hace un calor del copón y no son ni las ocho y media.

Busco la hoja de firmas y la cuerdecita con la acreditación y avanzo en medio de un pasillo que parece un primer día de clase en el que tres cuartos de la gente ya se conocía antes del instituto: todos se saludan, todos se conocen. Qué tal, Mengano, te acuerdas de Hong Kong. Dónde estabas, Fulano, Suzhou o Hangzhou. Ratifico otra teoría: las profesoras de ELE se parecen casi todas entre sí. Una especie de rasgo común. No sé qué es. Me preocupa. Me repinto los labios. Será el pelo.

Las charlas no están mal. La gente habla de cómo da sus clases y yo soy muy impresionable, así que (casi) todo me parece bien. Nos dan café de sobre y pastitas. Las primeras horas apenas sé ni situar en el mapa las ciudades de China cuando hablamos de dónde damos clase, qué asignaturas tenemos y demás. Me recuerda a algunas conversaciones en Shanghai, esas en las que nunca sabes qué más decir cuando ya te has intercambiado la información básica de y-tú-de-quién-eres.

Luego aparece el gremio comiquero y todo mejora un poco. El próximo curso explicaré en clase el refrán de Dios los cría y ellos se juntan. Llega la última charla y nos vamos a un bar con futbolín y cerveza a diez yuanes la jarra. Compruebo que Pekín sigue siendo más barato que Shanghai.

Y nada, que cerramos el bar.

花样年花

Han sido unas semanas locas. La primavera ha llegado de repente, vaporizando agua o dejando caer el sol a plomo sobre el asfalto: es época de paraguas y parasoles, de comprar ropa nueva, sombreros frescos y sandalias altas.

Se va acabando el curso y todos lo notamos. Hay más confianza: con el buen tiempo, se me revolucionan, y ya todos saben lo que es un follamigo. Y como esto es un acuerdo bilateral, a mí también me confían entre risitas la palabra en chino, mientras juramos guardar silencio no vaya a ser que me echen por estas cosas. De momento, todos han aprobado el examen de Medio Semestre, se preparan para el final y el otro día el estómago me dio un revés cuando el delegado de clase me dijo que uno de los alumnos no iba a volver este semestre porque se había muerto su padre.

Me preocupan sus futuros y me emociono un poco cuando me encuentro con alguno de ellos  repasando en los pasillos de una universidad que no es la suya antes de enfrentarse al DELE, el examen oficial de español, mientras en el bando contrario yo voy repartiendo hojas y materiales o recordándoles que les quedan diez minutos. Y del DELE tengo que decir, después de haber visto a la chiquita de veinte añitos en un C1, que cada vez se presentan más jóvenes, y con un nivel que me hace avergonzarme del mío de chino.

Pero sólo un poco. Voy a clases y las damos en una terraza en el corazón de un jardín. Por primera vez en mucho tiempo, durante el tiempo de clase (y antes y después) sólo se oye mandarín. Bromeamos, sí, y nos contamos cotilleos, pero me tiene tiesa como una vara. Uno de estos días haré el HSK 5 y entonces podré decir que me va bien. De momento lo voy preparando y disfruto en el proceso mientras stalkeo a mis chicos en Weibo o leo mis cómics o mis revistas de chorraditas kawaii que me compro porque a mi madre le encantan y así me siento cerca de ella, también.

Sigo sin saber qué voy a hacer con mi vida, pero mientras lo decido me he metido en la organización de un cineclub en el que proyectamos películas y las destripamos después mientras bebemos vino y escuchamos música. Está bien: se conoce gente, es divertido y siempre viene bien saber cómo funciona un proyector. Y lo de conocer gente siempre está bien, sobre todo cuando no se quejan de lo que escupen los chinos o de lo poco que les gusta la comida o de lo mucho que han viajado por China.

Voy a conciertos, a festivales, a ferias, a todo lo que se me ponga por delante del newsletter en esta ciudad que siempre bulle y a la que nunca se llega tarde a nada y empiezo, aunque aún me sorprende, a encontrarme a conocidos y amigos que hacen la ciudad más pequeña, más cálida y más cómplice.

Puedo comunicarme. Puedo defenderme. Vivo sola y me gusta. Empiezan a brotar en mi cabeza, como flores raras, ideas que uno de estos días me tendrán una noche o dos despierta hasta que estén sobre el papel.

No se está mal aquí cuando la ciudad florece.

Y creo que no quiero marcharme todavía.